A solas ante el Universo

Una manchega dejando de sobrevivir y empezando a vivir en el lejano oeste

Aquellos días llovió a mares en el desierto. Había cumplido ya una semana sobreviviendo, que no viviendo, en Tucson. Al menos, ya había empezado a sentirme algo más cómoda en general: las picaduras de los chinches habían empezado a mejorar bastante con la medicación que me había dado la doctora, mis piernas ya tenían un tamaño casi normal, aunque aún seguía teniendo las varias decenas de señales moradas de las picaduras por las piernas. Al menos ya no me picaban, lo cuál era un gran alivio. El hotel en que me estaba quedando era muy cómodo, y además tenía todo lo que necesitaba para lavar toda mi ropa y secarla, para asegurarme que ninguno de esos chinches quedaba vivo por ninguna parte. Aun así, nadie puede asegurarte al 100% que no quede ninguno vivo… he llegado a leer que los puñeteros son capaces de vivir sin comer hasta ¡¡1 año!! Así que nunca me quedé tranquila del todo…

Durante esos días, aprovechando la lluvia, hice una lista de apartamentos que visitar por todo Tucson. Los consejos que me dieron para seleccionar a los candidatos fueron los siguientes: no busques apartamento más al sur de la calle 22, hay mucha criminalidad ^, mejor busca en la parte norte, a las afueras de la ciudad, aunque vas a tener que comprarte un coche antes que los muebles de la casa (visto lo visto, JAMÁS se me ocurrirá irme a vivir a una casa amueblada de alguiler). Cerca de la universidad mejor ni busques, está todo lleno de estudiantes§ y en general todo es más caro y de peor calidad. Yo al principio no entendía cuál era el problema de que hubiera estudiantes de la Universidad viviendo cerca. Luego ya entendí que el concepto que tienen en este país de “ir a la Universidad” es totalmente diferente del que tenemos en Europa en general. En Europa la gente que va a la Universidad va realmente a estudiar, con sus excepciones claro. Además, prácticamente todo el mundo tiene acceso a la Universidad. Aquí el concepto es totalmente diferente. La Universidad es privada y la matrícula cuesta varias decenas de miles de dólares. Además, debido a que todo el mundo paga un dineral, se da por supuesto que todo el mundo tiene que, no sólo aprobar, sino que además sacar buenas notas. Sobre todo si el/la estudiante en concreto está jugando para el equipo de fútbol americano/basket/softball/natación/hockey/tenis, etc, etc, de la Universidad. En ese caso, hasta se les “ayuda” porque los “pobres” están muy “ocupados” con sus respectivos deportes. Y es que, la mayor fuente de dinero para las universidades en EE.UU. son los deportes. Todo el mundo está loco por ver los deportes de la universidad y pagan bastante dinero para ir a los partidos. Esto significa que en EE.UU. las universidades están para: venir a hacer deporte,  venir a buscar futuros contactos/amigos para hacer negocios en el futuro a través de las fiestas universitarias, venir a buscar novio/novia en tu fraternidad, y luego, a estudiar. ¿Y cuáles son las vías de entrada a las universidades de EE.UU si las matrículas son tan caras? 1/ eres un genio y te dan beca, 2/ te apuntas al equipo de tenis/basket/fútbol americano o el deporte que sea y se te perdona la matrícula 3/ te apuntas a las “cheerleaders”, 4/ te endeudas con el banco hasta las cejas para los próximos 20 años, 5/ papi paga.

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Cheer Leaders de la Universidad de Arizona

Total, sabiendo todo esto, me alquilé un “coche”§ y me dispuse a buscar apartamento por el norte de Tucson. Visto lo visto, cualquiera no seguía los consejos que me habían dado… Así que agarré mi ranchera y durante ese fin de semana me dispuse a visitar todos los apartamentos que pudiera, previa consulta de todos los reviews que me encontrara de esos apartamentos por internet. La búsqueda fue en verdad una odisea: todo el mundo era “super simpático”&, pero en general casi todos sitios tenían unos reviews penosos: o habían robado coches, o había ratas, o había cucarachas, o escorpiones… lo menos grave que la gente escribía es que la piscina de los apartamentos estaba sucia o que el jacuzzi no tenía burbujas… Y si no había malos reviews te pedían 1000$ al menos por un apartamento de una habitación… Después de varios días buscando, me decidí por uno… estaba en un sitio maravilloso, donde creo que se concentran el 10% de los árboles que hay en todo Tucson… me decidí por un apartamento en un segundo piso, pero luego me dijeron que “no iba a estar disponible hasta dentro de 2 semanas” y que  me ofrecían otro por sólo casi 100$ más al mes. ¡Siempre alguna excusa para hacerte pagar más por algo que saben que quieres! Pero como no podía quedarme eternamente en mi hotel lujoso, acepté. El apartamento que me dieron era un bajo, con unos ventanales muy bonitos, pero sin barrotes. Eso como española me chirriaba un poco, porque me imaginaba a cualquier ladrón tirando una piedra y entrando a robar a mi casa… pero bueno, ya se sabe que en EE.UU. la ley es la opuesta a Europa: si alguien entra en tu propiedad, prevalece tu derecho a “protegerla”, con lo cual, puedes darle un tiro, matarlo, y todo el mundo te aplaudirá, porque estás “defendiendo tu propiedad”. Eso como europea no me dejaba nada pero que nada tranquila, ya que comprarme un rifle de asalto no estaba entre mis planes más inmediatos, ¡lo que me faltaba! Las señoras que me enseñaron el apartamento me juraron y perjuraron que ahí nunca pasaba nada, y que después de las 9 de la noche, los únicos que merodean por el conjunto son los coyotes.

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Nueva casa en Tucson

Unos días más tarde me mudé a mi nueva casa. Estaba totalmente vacía, con excepción de los muebles de cocina. Había eco. Pero el apartamento tenía muy buen aspecto. Los siguientes días, aunque dormí en un colchón inflable durante al menos 2 semanas, los disfruté bastante, más por el día que por la noche: por el día pasaban delante de mi ventana todo tipo de animales, pajaritos, palomas, conejos, alguna mofeta… por la noche sólo oía pasos… pasos de jabalíes, alguna lechuza, y a ratos gritos y voces… al principio me pareció (honestamente), gente de fiesta, y luego me dijeron que eran coyotes. Daba algo de miedo… sólo se oía el silencio de la noche, y de vez en cuando los coyotes aullando en la soledad de la noche… *

^ Estadísticas de criminalidad de Tucson: https://www.tucsonaz.gov/police/statistics

 § El “coche” más pequeño que tenían era una ranchera Nissan gigante en la que cabían 2 vacas porque el resto de coches los habían alquilado para el fin de semana…

& Ese “super-simpático” que gasta la gente en este país cuando quiere venderte cualquier cosa, pero en verdad, una vez que compres “si te he visto no me acuerdo”.

* Aullido del coyote: https://www.youtube.com/watch?v=2RMGGV32raE

A solas ante el Universo

Una manchega como niña y mujer en la ciencia

 

En los años 90, cuando yo hacía mis cursos de primaria, nadie me enseñó la palabra feminismo. Sería porque aún no era una palabra común en el vocabulario de aquel lugar de La Mancha de cuyo nombre, hoy en día, me acuerdo demasiadas veces.

La primavera en la que descubrí la existencia de la astronomía como ciencia  (corría el año 1996) nunca me planteé si esa mi nueva inquietud era “algo de hombres” o “de mujeres”. Sí que recuerdo, sin embargo, que la portada de aquel tema de Conocimiento del Medio en el que por primera vez oí hablar de los planetas, del Sistema Solar y del Universo tenía el dibujo de un astrónomo (hombre), mayor, con canas y pelo a lo Einstein que trabajaba en la soledad de la noche con su telescopio. Obviamente, no era consciente del mensaje subliminar que aquel libro que pretendía educarme me estaba enviando. No fue hasta mi pre-adolescencia que empecé a darme cuenta de que a los chicos y a las chicas se nos exigía y se esperaba de nosotros cosas diferentes, simplemente porque “así había sido toda la vida”. Las diferencias empezaban en mi casa: mi padre trabajaba en el campo durante todo el año, y cuando llegaba a casa por la tarde se daba una ducha y se iba a tomar algo con los amigos. Mi madre era ama de casa, todo el día preparando comidas, haciendo lavadoras y limpiando. Vamos, al servicio de la familia sin cobrar un duro. Durante el verano, mi madre también trabajaba en el campo, pero a diferencia de mi padre, al llegar a casa de trabajar, además le tocaba hacer las tareas domésticas básicas para que al menos hubiera algo que comer al día siguiente y tuviéramos ropa limpia. A mi hermana y a mí, a partir de cierta edad, también se nos empezó a exigir ayudar en las tareas domésticas de la casa, para “ser mujeres apañadas cuando fuéramos mayores”. No hay cosa peor vista en un pueblo, incluso hoy, que una mujer que no sepa hacer como dios manda las tareas del hogar… o no sepa cocinar. Eso tampoco nos libraba de tener que ayudar también en el campo durante los veranos… mientras, en el colegio, los niños y las niñas empezaban a mostrar sus tendencias en cuanto a gustos por sus trabajos futuros: las niñas, cantantes, modelos, bailarinas… los niños, futbolistas, camioneros, alguno quería dedicarse al campo como su padre… y luego estábamos las raras:  había una compañera que quería dedicarse a la política, y yo, que quería dedicarme a la astronomía. Éramos las empollonas. También había uno o dos chicos que sacaban muy buenas notas, pero ellos eran los inteligentes, no los empollones.

Durante el instituto, empecé a darme cuenta de que las chicas que como yo querían estudiar algo de ciencias en la Universidad eran bastante pocas, cada vez menos, conforme avanzábamos en los cursos de la secundaria. Los dos últimos años, durante el bachillerato, yo por supuesto estaba en la clase de ciencias, en la que éramos probablemente un 30% de chicas, ¡ni tan mal! Pero siempre existía el mismo prejuicio: los chicos que sacaban buenas notas eran inteligentes, las chicas éramos empollonas. El mensaje obvio era que los brillantes son ellos, y si nosotras queremos estar a su nivel, teníamos que trabajar el doble.

En el 2005 empecé la licenciatura en físicas, como todo el mundo me decía, “una carrera de chicos”. “Vas a estar rodeada de tíos muy inteligentes y muy frikis todo el rato”. La realidad que me encontré durante mi primer año en la facultad de C.C. Físicas de la Complutense de Madrid, era más o menos esa: efectivamente la mayoría hombres, como 70%, casi siempre, la mayor nota de la clase la sacaba un hombre. Pero también observé que aquellos que se pasaban más de 8 o 9 años estudiando la carrera (oficialmente de 5 años) también eran hombres. Más adelante, cuando empecé la especialidad de astrofísica, la cantidad de chicas aumentó, ¡éramos el 40%! Eso, por cierto, le encantaba al catedrático que nos “enseñaba” Astrofísica Extragaláctica y Cosmología: le encantaba hacer preguntas en clase, intentando un poco asustar y a veces ridiculizar a su audiencia, sobre todo a las mujeres. Incluso un día llegó a contar en clase como “historia divertida”, como a su mujer, también astrofísica, le quitaron una beca en Inglaterra porque acababa de dar a luz a su primer hijo “¡JAJAJAJAJA!”. Se reía él sólo. Mientras, los demás lo mirábamos con cara de póker. A este hombre también le encantaba llamar a gente (de uno en uno) “para discutir los problemas de la asignatura” en su oficina…  yo no tenía problema en hacer eso en general, de hecho era algo que me gustaba hacer. El único problema, es que este hombre tenía dos denuncias por acoso sexual… Y años después de eso, ahí seguía dando clase. Pero, ¿qué opciones tenía? O iba a su oficina o tenía el suspenso garantizado… Recuerdo la primera vez que fui a “discutir” los problemas a su oficina. Llegué a su despacho, la puerta estaba abierta. Le dije, “hola profesor, vengo a discutir los problemas de la semana pasada…” El vino hacia la puerta, me dejó entrar, y cerró la puerta detrás de mí. Siendo sincera, tenía un susto de muerte en el cuerpo, y no era por los problemas de extragaláctica… Media hora más tarde, acabamos de hablar de los problemas. Yo le di las gracias deseando marcharme de allí. Llego a la puerta. Intento abrir… ¡no se abría! ¡estaba encerrada en aquella oficina con aquél hombre! Sudores fríos… al ver que no podía abrir, él se acercó hacía mí, agarró la puerta, y la abrió. Yo debía tener cara de pánico. Salí de allí dándole las gracias y a toda prisa… ¡menudo mal trago!

Un par de años más tarde, me fui a hacer mi doctorado al instituto Max Planck de astronomía a Heidelberg (Alemania). La proporción de mujeres era más bien pequeña, entre un 20 y 30%, de ellas la mayoría eran de fuera de Alemania. De ellas, la gran gran mayoría dejaron la ciencia después del doctorado. Y no las culpo. En una sociedad que desde pequeña te ha dicho por activa y por pasiva que lo que espera de ti es, sobre todo, que seas una buena madre, prometiéndote con ello la felicidad eterna, parece muy arriesgado decidirse a hacer en general varios postdocs, cambiando de país, ciudad, casa, amigos y compañeros cada 2 o 3 años, para luego quizá con suerte y mucho trabajo, algún día, conseguir una plaza fija en la Universidad del país donde Cristo perdió el gorro.

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Mi grupo de investigación en la Universidad de Arizona, hace 1 año.

Ahora que sigo avanzando en mi carrera, sigo estando rodeada de hombres. Aquí en Tucson, en mi grupo de investigación de unas 10-15 personas (dependiendo de la época del año), soy la única mujer haciendo ciencia. Hasta el año pasado éramos dos. El ambiente, y la vida que de alguna manera te impone el ser científico/a, no ayuda, a: 1/ a que las niñas/mujeres nos interesemos por la ciencia, y 2/ que una vez en ella, decidamos seguir adelante durante mucho más allá de un doctorado. Es verdad que la manera en que funciona la academia o la ciencia está muy mal hecho (en mi opinión): básicamente utiliza mucha mano de obra barata (doctorandos y postdocs), para hacer ciencia durante unos años, pero luego no hay suficientes plazas de profesores o investigadores para ellos. Conclusión, el 90% de las personas que hacen un doctorado dejan la investigación antes o después. Esto quizá sea lo mejor dentro de un sistema capitalista de ciencia, hipercompetitivo y que intenta maximizar el número de publicaciones a toda costa, aunque no sean extremadamente novedosas. Sin embargo, ¿de verdad para el avance de la ciencia lo mejor es maximizar el número de publicaciones a toda costa?

Aún así, no es únicamente la manera en que la academia está diseñada la culpable de la escasez de mujeres en ciencia, de hecho, la razón principal es la educación. Las niñas son educadas de una manera y los niños de otra. Las niñas son educadas para que sean sumisas, serviciales, buenas chicas y se preocupen por ser bonitas. Los chicos para que sean aventureros, competitivos y miren por ellos mismos. El día que la educación sea igual para niños y niñas, el día que tanto unos como otros jueguen con los mismos juguetes, y un color no identifique a unos sí y a otros no (entre muchas otras cosas), disminuiremos las brechas salariales entre hombres y mujeres, los malos tratos, acabaremos con el techo de cristal, las violaciones y tantas otras lacras sociales que las mujeres tenemos que aguantar en pleno siglo XXI por el mero hecho de haber nacido mujeres.

A solas ante el Universo

Cómo sobrevivir en el lejano oeste II

Siempre me había considerado a mí misma una persona persistente. De hecho siempre había pensado que si tenía alguna cualidad que humildemente me identificaba, esa era la persistencia. Persistencia para dar lo mejor de mí misma en el instituto y sacar buenas notas. Persistencia cuando con 16 años tuve la suerte de ir a la Ruta Quetzal· y sobrevivirla (un día hablaré de eso). Persistencia para que mi padre me permitiera ir a la Universidad. Persistencia para pasar mis veranos estudiando Y trabajando a tope para acabar la carrera de Física en 5 años. Persistencia para sacarme un doctorado en un país extranjero, con un supervisor que no ayudaba y otro que me desayudaba. Persistencia para aprender alemán mientras tanto. Persistencia para seguir haciendo investigación a pesar de las zancadillas de la vida… Sin embargo, no APREHENDÍ*, lo que realmente significante el verbo persistir hasta que me mudé a EE.UU.

Aquél mi primer día de trabajo comenzó desde luego con el pie izquierdo. Volví a levantarme comida en picaduras, en aquella cama que lo mínimo que me producía era repulsión, siendo escueta en palabras. Había quedado con mi nuevo jefe, D., así que me levanté, me pegué una buena ducha, y me fui hacia mi nuevo instituto dispuesta a contarle a mi jefe mis peripecias en este lugar en el que se me había ocurrido mudarme. Mi jefe fue muy comprensivo. Me recomendó que me largara ya mismo de ese lugar y que me marchara a un hotel (muy bonito) al lado del campus. Él iba a escribir una carta a la universidad para echarme una mano con los costes del hotel, a pesar de que, salvo excepciones, la universidad sólo cubre los moving costs hasta el momento que uno aterriza en Tucson. A partir de ahí, que Dios te ampare.

Esa misma mañana fui a Urgent Care, el médico de urgencia, para que me confirmara que esas picaduras eran de chinches y me diera algo para la terrible hinchazón de pies y quizá antibiótico, ya que esas picaduras se me habían puesto de un color morado-marrón muy extraño. Aunque la atención fue buena, me hicieron esperar más de 1h, y por supuesto antes de salir me pasaron la correspondiente factura, que ascendía a ¡170$! ¿170$? Todo porque la enfermera me invitó a entrar, me pesó y me tomó la tensión. La doctora SÓLO me miró las picaduras, ni me tocó, y me hizo la receta de las medicinas. Eso fue todo. Además, para comprar las medicinas, tenía que ir a una farmacia a las afueras del campus, la más cercana estaba a 2 millas (40 min a pie) ¿cómo narices iba a irme caminando hasta allí conforme tenía las piernas y con 40ºC afuera? El mundo se me venía encima sólo con la idea de caminar hasta allí… menos mal que estaba Theodora para salvarme… Esa tarde, ella misma me llevó en coche hasta la que ya era mi antigua “casa” para recoger mis bártulos y llevármelos al hotel, aún a riesgo de que los chinches se me hubieran pegado a las maletas y se le pudieran pegar al maletero. Afortunadamente, eso nunca ocurrió. Esa noche al fin, pude dormir en una cama grande y limpia… me sentía como en el paraíso… Aun así, por supuesto no podía bajar la guardia, y la idea de que todos esos chinches se me hubieran pegado a alguna parte me atormentaba, así que, decidí lavar TODA la ropa que tenía en las maletas a la temperatura más alta que diera la lavadora del hotel y secarla igualmente a altísima temperatura. Parece ser, que aun así, puede que los c@#∞÷¬∞∞ de los bichitos sobrevivieran. Tiré a la basura las maletas y me compré unas nuevas. Me dio muchísima pena, ya que una de ellas apenas la había estrenado en el viaje… pero no podía arriesgarme.

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Bonito anochecer de Tucson

Y ahora es donde entra el juego la persistencia. Por supuesto, ni a los adolescentes que atendían “la recepción” del apartamento de los chinches (así lo llamo desde entonces), ni por supuesto a su jefa, les hizo nada de gracia el hecho de que me hubiera largado del apartamento. De hecho me acusaron a mí de haber introducido los chinches y me recordaron, además, muy “amablemente” que el mes de septiembre se acercaba y que debía pagar el alquiler del mes. Por supuesto, esta gente estaba lejos de querer devolverme los 2000$ que ya les había pagado entre depósito y primer mes de alquiler. Les escribí varios emails insistiendo en que quería mi dinero de vuelta, pero se negaron en rotundo. Si me conocéis, y si no también, podéis haceros la idea de la mala uva, por decirlo de un modo suave, que se me puso cuando me dijeron todo esto. Hasta entonces, en todos los apartamentos en que había vivido en Europa, mis caseros habían sido de lo más razonables, y si algo no iba bien, bastaba con hablar con ellos para encontrar un punto razonable. En EE.UU. eso no funciona. Aquí se tira la piedra, se esconde la mano, y se jura por tus muertos que tú no lo hiciste. Da igual si es verdad o mentira. Total, tus muertos están muertos. Lo importante es maximizar la función “a ver cuánto dinero saco”.  Esa es la base de todo en este país. Así que, intentando solucionar todo sin ayuda, los siguientes días me dediqué a estudiarme todas las leyes de alquiler de viviendas en Arizona, nada divertido, sobre todo teniendo en cuenta que todo está escrito en “lenguaje de abogados” (en inglés, claro). Finalmente, después de varios días pensando en la mejor solución, decidí contactar un bufete de abogados. Por 35$ podías consultar tu problema con un abogado durante 30 min. Al menos con el abogado sí que tuve suerte. Hizo un esfuerzo titánico por entender lo que le estaba contando, por teléfono con mi acento español y bajo la situación de nerviosismo en la que me encontraba durante esos días. Además no me cobró nada del tiempo extra que hablamos. Pensé: “alguien con alma en este salvaje oeste, ¡por fin!”. Siguiendo los consejos del abogado, escribí una carta a la empresa que lleva la gestión de mi antiguo apartamento amenazándoles de que si no me devolvían hasta el último dólar que les pagué, les demandaría. Eso sí, el abogado me advirtió de que si aceptaban, aunque sólo fuera devolverme una parte de lo que yo había pagado, agarrara mi dinero y corriera. Demandarles implicaría pagar al menos otros 2000$ por mi parte en abogados, sin ninguna garantía de ganar el juicio. Esto es como jugar al póker. La buena noticia es que la táctica del abogado funcionó, y gané la partida de póker. Eso sí, el cheque con el dinero tardaría en llegarme 4 semanas más…. Mientras tanto, no podía quedarme descansando, en EE.UU. esa palabra no está en el diccionario, y tuve que ponerme además a la búsqueda intensiva de un nuevo apartamento y por supuesto de coche… otras dos odiseas, sobre todo la segunda, que se complica siendo mujer… porque claro está, que si eres mujer y vas buscando comprar un coche sin la compañía de un hombre eres presa fácil para aquellos que te quieren sacar el dinero…

* Aprehender: asimilar conocimientos sin necesidad de estudiar, interactuando con el ambiente.

A solas ante el Universo

Sobreviviendo en el lejano oeste

Abrí los ojos. Me picaban las innumerables picaduras de los pies y piernas. La luz cegadora entraba por la ventana estrecha de esa habitación hedionda en la que me encontraba. Hacía calor. El “aire acondicionado” de la habitación hacía un ruido insoportable, así que a mitad de la noche tuve que apagarlo. Miro el reloj: las 6 de la mañana. WTF pensé otra vez. En este sitio parece que hasta el sol sale a la hora que le da la gana. Pero lo peor era que ya me había gastado el primer bote de Afterbite. Las picaduras me picaban, y mucho, y el calor empeoraba la sensación. Llevar las sandalias era un suplicio, me rozaban en todas las picaduras, ¡tenía picaduras hasta en la planta de los pies!. Ahora tenía que encontrar algún sitio donde comprar más Afterbite y repelente para mosquitos. El más fuerte que tuvieran. Desayuné algo rápido y salí en busca de una farmacia, y a visitar el que sería mi nuevo grupo de investigación. Aunque hasta dentro de dos días no empezaba, siempre es bueno ir con antelación, con la esperanza de ganar algunos puntos.

Después de un paseo en el calor sofocante encontré la farmacia y me compré los repelentes de mosquitos más fuertes que pude encontrar, con la esperanza de que no me hiciera falta nada más. De ahí me fui a conocer a mi nuevo grupo. En principio me dio muy buena impresión, la mitad eran americanos, y la otra mitad de fuera: dos chinos, un indonesio y una griega, Theodora, que más tarde se convertiría en mi gran apoyo en mi nuevo grupo y ciudad. También conocí a mi nuevo jefe, D., que se mostró bastante servicial y me ayudó a encontrar algunas cosas que me harían falta después de la mudanza. Parecía muy entusiasmado en trabajar conmigo, lo cuál me hizo sentir muy afortunada por estar aquí. Comí con Theodora y Annalisa, otra postdoc italiana del instituto de enfrente, y las dos me parecieron maravillosas. En verdad estaba loca de contenta, ¡al final no había resultado tan difícil conocer a gente! Durante la comida les pregunté qué tal la experiencia en Tucson, y la verdad es que sus testimonios no fueron muy alentadores: el resumen es que las películas basadas en EE. UU. son verdad: aquí la desigualdad social es muy grande. Si eres pobre y no tienes seguro médico, no te atienden en el hospital, y si lo hacen, dependiendo de lo que necesites, puedes quedar endeudado de por vida, literalmente·. Es decir que te puedes morir si no tienes seguro médico y a nadie le importa un carajo. Lo mejor de todo es que aun teniendo seguro médico, en general te toca pagar cuando te hacen algún servicio. Mucho más de lo que muchos españoles podrían permitirse por una simple visita al médico. Y las condiciones laborales… ¡buf! Aquí lo de balance vida-trabajo no lo entienden. Uno vive para trabajar, ser exitoso y ganar dinero, ya está. Aquí se te requiere producir el doble y hay 10 días de vacaciones al año… La única ventaja: el sueldo es algo mayor que en Europa y bueno, trabajamos en lo que nos gusta… pero ya.

Al día siguiente Theodora celebraba su cumpleaños y me invitó a cenar con otro montón de astrónomos. La idea me entusiasmó demasiado: ¡qué animado parece este lugar! Sí, parece…

A las 9 de la noche no me tenía en pie, el día había sido emocionante, pero agotador, y además me seguían picando las picaduras muchísimo, ¿cómo era posible con la cantidad de Afterbite y repelente que me había puesto? Y aunque odiaba mi “nueva” habitación, no me quedó más remedio que irme a dormir, porque tanto calor y tantas cosas nuevas me tenían agotada…

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Alrededores de Tucson. Prefería poner esta imagen a la imagen de mis pies comidos por picaduras de chinches XD

Otra vez esa maldita luz entrando por la ventana a las 6 de la mañana… así no hay manera de dormir… otra vez hace calor. Y las picaduras del infierno me mataban… ¡pero si tenía aún más que ayer! ¿cómo era posible? Después de desayunar lo primero que hice fue ir a quejarme otra vez por el estado de la moqueta, que por supuesto nadie se había preocupado en limpiar aún… como siempre, la misma historia: apuntan en un post-it la queja (otra vez), y luego no hacen nada. Pero esta vez yo no estaba tan de buenas así que le dije: if I don’t get the carpet cleaned today I leave the place! (¡si no me limpian hoy la moqueta me voy de aquí!). Esos adolescentes que atendían la oficina de los apartamentos con cara de haber suspendido hasta el bocadillo en el colegio me miraron aterrados y contestadon: eh, OK, no worries, I will send someone right now! Y así fue… al rato llama un hombre con aspecto muy desgarbado y muy poco amable a la puerta que me dijo en inglés: Hola, ¿eres Elena? Me han dicho que te has quejado del estado de la moqueta… sorry, no puedo hacer nada. Tú alquilaste el apartamento “así como estaba”. Mi cara empezaba a ponerse de todos los colores… ¿cómo estaba? Contesté. ¡En mi contrato no ponía en ninguna parte que yo alquilaba un piso “como está”, y menos si eso significa que está como una pocilga! ¡Si no me limpian esta porquería de apartamento me largo! Entonces le cambió la cara al hombre desgarbado, y me ofreció amablemente dejarme una aspiradora para que lo hiciera yo misma. Estaba de unas malas pulgas que le hubiera cortado la cabeza a cualquiera que pasara por ahí, pero como no tenía ganas de discutir, acepté la aspiradora.

Por la noche, durante la cena del cumpleaños de Theodora las picaduras se me pusieron feísimas, y los pies se me hincharon, ¡casi no podía abrocharme las sandalias! Le enseñe a Theodora unas picaduras que tenía en el brazo y me dice asustada: ¡eso no son picaduras de mosquitos, son  chinches! Entonces mi cara se puso pálida. ¡Pero si yo pensaba que los chinches eran bichos que sólo existían en las películas de la guerra civil cuando la gente dormía con las mulas! ¡jamás había oído hablar de ellos en estos tiempos! Total, que cuando volví al apartamento me dispuse a buscarlos por entre las sábanas y el colchón… y, ¡eureka! Ahí estaban los desgraciados bichitos, ¡bien gordos! ¿y ahora cómo iba yo a dormir en semejante colchón? Pero no me quedaba otra… así que me puse repelente por todos lados, esperando que ayudara en algo, e intenté no pensar mucho en que estaba durmiendo con esos parásitos de humanos… esta vez, el cansancio jugó a mi favor, y no pude evitar quedarme dormida, a pesar de que sabía que al día siguiente era mi primer día de trabajo y que no estaba sola en esa cama…

  • Relacionada con el tema os recomiendo la película John Q.

A solas ante el Universo

Una manchega llega al salvaje oeste americano

 

     Empezar desde cero. Eso es sin duda lo que más debemos aprender los científicos, incluso por encima de nuestra ciencia y por encima de los idiomas. Más aún siendo español/a (o del sur de Europa) y si además te empeñas en seguir en investigación. Con más pena que gloria, aunque aún con muchas ilusiones y esperanzas de dar un empujón a mi carrera, un día de finales de agosto de 2016, después de múltiples despedidas de amigos y familiares, me embarco desde la T2 de Madrid-Barajas en un Boing 747 de  Delta. En él cruzaría el océano y gran parte del continente norteamericano con destino a Tucson (Arizona), en busca del famoso sueño americano. Me esperaban más de 10 h de vuelo hasta Atlanta, y ahí tendría que tomar otro avión que me llevaría finalmente a Tucson, después de otro vuelo de más de 4 h. Recuerdo perfectamente aquella corazonada que me atormentaba cuando sobrevolaba el océano Atlántico: “Elena, me da que esta etapa va a ser chunga, pero estoy dispuesta a echarle dos ovarios”. Así que en busca de inspiración, busqué en el repertorio de películas de Delta alguna que me pudiera servir como tal. Finalmente, después de descartar la mayoría de películas comerciales con nulo mensaje de Hollywood, encuentro Joy, el nombre del éxito, y pensé: ¡ÉSTA! Ciertamente inspiradora, pero también retrata la crueldad con la que la sociedad capitalista en la que me disponía a vivir podía tratar la vida y los sueños de las personas de bien. En fin, al final decidí quedarme con el final feliz, soñando con que mi historia también lo tuviera algún día.

     En Atlanta subí a un avión más pequeño que me llevaría a Tucson. Este vuelo sí que se me hizo eterno: después del estrés físico y sentimental de los días anteriores, después de aquel larguísimo vuelo de 10 h y la larga espera en Atlanta, donde cené (o algo así) un sándwich típico americano de capacidades nutritivas dudosas, ahora me encontraba en aquel avión pequeño, en aquél vuelo eterno, cansadísima y con algo de frío. De lo que no me daba cuenta en aquel momento es de que debía aprovechar, ya que no volvería a pasar frío en más tiempo de lo que a mí me hubiera gustado…

    Finalmente llego a Tucson. El aeropuerto era bastante pequeño, por supuesto con el suelo de moqueta por todas partes, lo que no me facilita la tarea de tirar de las tres maletas en las que llevaba empaquetada mi vida. Afuera era ya de noche. Nada más salir por la puerta automática, ¡PLOF! ¡golpe de calor! Y yo pensando: “pero si son las 9 de la noche….” Sin darle muchas más vueltas, busqué un taxi para que me llevara al hotel. El taxista no parecía muy feliz, porque mi hotel quedaba a 5 min del aeropuerto. Pero yo necesitaba llegar ya y descansar…. Finalmente el taxista accedió a llevarme, y por fin llego a mi hotel con mis 3 maletones. Después del check-in, agarro mis maletas y las arrastro por la moqueta del hotel hasta que por fin llego a mi habitación con desayuno incluído. Dios mío, ¡estaba deseando llegar a una cama normal! De alguna manera, deseaba que quizá al día siguiente, al despertarme, estuviera aún en España, en mi cama…

      Pero no, no sucedió así… me despierto, miro el móvil nerviosa pensando que ya debería ser la hora de dejar el hotel, pero no, son las 6:30 de la mañana…puto jetlag, pensé… intenté seguir durmiendo, pero fue imposible. Estaba inquieta por ver realmente dónde estaba, por ver mi futuro apartamento, que lo había reservado desde España, y por ver qué pinta tenía la nueva ciudad donde iba a vivir. Así que después de un rato de dar vueltas en la cama, me levanté a desayunar. Estando en el comedor del hotel, oí cómo una cocinera y una limpiadora hablaban español, eran mexicanas. Siempre reconforta oír que hay gente tan lejos de casa que habla tu mismo idioma… pero el hecho de que fueran las pobres empleadas de aquel hotel me hacía pensar que quizá la comunidad mexicana en Tucson no tenía una vida tan ideal. “Me pregunto qué pensaran ellas del sueño americano”, pensé.

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Primer pateo en las montañas de Tucson con tres colegas y mejores amigos hacia las «Seven Falls»

    Después del desayuno, me duché, recogí despacio mis pertenencias y mis tres maletones, y me dispuse a ir a conocer mi nueva casa. En la página web del sitio todo tenía un aspecto maravilloso, habitaciones luminosas, limpias y parecía que tenían bastantes eventos para todos los vecinos (típico americano). Así que pedí un taxi. Por la mañana otra vez un calor desesperante, probablemente 40 grados o más·. Mientras iba de camino a mi nueva casa, observaba las calles de Tucson, pero tenía la extraña sensación de estar siempre a las afueras: calles anchas, con casas de una planta, sólo coches, nadie caminaba por la calle… bueno, sí, algunas personas, pero generalmente gente de color, con no muy buenas pintas, algunos cojos tirando de carritos de la compra… yo seguía pensando que debía estar a las afueras de la ciudad, pero para mi sorpresa, más antes que después, llegamos a mi futura casa. Igualmente, una calle ancha, con árboles típicos del desierto, casas bajas rodeadas de jardines minimalistas, normalmente llenos de cáctus y de malas hierbas… “yo pensaba que esto estaba al lado del campus”, pensé, y lo estaba, lo estaba. Al entrar en la oficina de los apartamentos de este supuesto sitio tan serio, la primera sensación que me dio fue un poco de que me estaban tomando el pelo: la oficina era diminuta, y atendida por dos casi adolescentes muy típicos americanos que me dieron poca sensación de seriedad, aunque intentaban ser serviciales… por fin me dan mis llaves y entro a buscar mi apartamento con mis tres maletones. Nada más atravesar la puerta de la oficina para entrar al pasillo, lo primero que siento es un escalofrío por la espalda… malas vibraciones. Los pasillos sucios, llenos de insectos muertos, las paredes llevaban sin pintar años, todas llenas de roces, pintura caída, algunas bicicletas aparcadas a las que le faltaban partes, o simplemente ruedas abandonadas… Por fin abro la puerta de mi apartamento… y curioso, lo último que quería era entrar. Por supuesto tenía moqueta, que yo tanto odiaba, pero es que además estaba MUY pero que MUY sucia…. Había bolas de pelusas por todos lados, trozos de dulces, chinchetas, y hasta alfileres… los muebles, y el baño estaban más o menos bien. Aún así, lo primero que hago es ir a quejarme por el estado de la moqueta. Los adolescentes de la oficina, muy “serviciales”, apuntan la queja en un post-it para que “mañana” entren a limpiar…

    Después de esta primera decepción, me decido a salir en busca de comida (¡con 40 grados!). Supuestamente el campus está a 10 min caminando, y allí hay sitios donde comer. Me armo de valor, con mi botella de agua pero sin sombrero (cuánto me arrepentí de eso), y me voy a explorar. La primera sensación que tuve, es la de estar en uno de estos típicos pueblos del oeste, como los que salen en las películas de vaqueros, en las que no hay casi nadie por la calle… bueno, sí, sólo coches… al entrar al campus, lo primero que veo era un cartel que decía: “This campus is a weapon free zone”, lo que viene significando “este campus es una zona libre de armas”. En ese momento, algo dentro de mí pegó un salto y pensó en el mismo idioma en que había leído el cartel “WHAT THE FUCK….?”

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Cartel a la entrada de la Universidad de Arizona indicando que el campus es una zona libre de armas…

    El Campus de la Universidad de Arizona estaba bien, muy estilo americano, pero con ese calor, en cuanto comí me volví a mi “casa” para intentar encontrar internet con el que comunicarme con mi familia y mis amigos, y contarles mis últimas andanzas. En Tucson en agosto la noche llega pronto, o mucho antes de lo que yo me esperaba, así que pronto intenté irme a dormir en esa mi nueva cama… la habitación, y la cama en particular no me gustaban, pequeñas, no muy limpias, hacía calor, se oía un tren misterioso de fondo que no paró de pitar en toda la noche… pero al final me dormí, pensando, ojalá mañana tenga suerte… pero lo que no sabía, es que aquello no había hecho más que comenzar y me había dejado olvidada la suerte en España, quizá dentro de esa cama que me vio crecer con tantas ilusiones durante mi adolescencia….

  • La temperatura media en Tucson en agosto es de 36º, la máxima de 44º C.

A solas ante el Universo

Una manchega en el paraíso

 

Hoy escribo desde la ciudad de San Diego (California), que de alguna manera me recuerda a la versión americanizada, masificada y pija de mis amadas islas Canarias, el siguiente destino donde me llevó el viento de la vida. A pesar de que me rompía el corazón dejar atrás mi querida Alemania, tenía ganas de volver a España y también, de alguna manera, hacer algo por la ciencia de mi país. Mi país fue el que al fin y al cabo me dio la oportunidad, con becas, de poder formarme en la Universidad y conseguir lo que había sido el sueño de mi infancia.

Venir de Heidelberg a Tenerife fue para mí en muchos aspectos como pasar de la noche al día: en Heidelberg hay bastantes pocos días de sol, incluso en verano, y en Tenerife me encontré con ese clima primaveral que dura todo el año·, pero lo que más me impresionó fue la amabilidad y la buena onda de la gente. Esa era sin duda la mayor diferencia entre alemanes y canarios.

Un par de días más tarde empecé a trabajar en el IAC, que tanto me había encantado como lugar de trabajo cuando unos años antes fui becaria de verano. Lo que más me llamó atención fue desde luego la gran simpatía de la gente, desde el señor de seguridad o la señora de la limpieza hasta el director, y eso naturalmente incluía a mi jefe, un gaditano con el salero propio de tal (resumiendo de manera muy pobre).

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Vista del volcán de El Teide, en la isla de Tenerife.

 

Fijándome un poco más, lo segundo que más me llamó la atención fue la cantidad de mujeres, ¡casi 50%! Eso se cumplía en el grupo de instrumentación en el que entré a trabajar, pero no tanto (para nada) en el grupo de investigación con el que colaboraba “en mis ratos libres”. En las reuniones de grupo de este último, más bien me encontraba yo solita, o a veces con otra estudiante más, rodeada de un montón de hombres cuya edad media estaba cerca de duplicar la mía. Cierto es que todos encantadores, pero a la hora de discutir artículos nuevos o noticias nuevas de ciencia, a una como que no le dejaban meter baza, oye.

Además, me llamó también la atención que las mujeres de mi grupo de instrumentación no tenían ningún problema en aparecer por el laboratorio con tacones y falda, y nadie cuestionaba su trabajo por ello. Dentro de mi pensaba: “esto en Alemania es inconcebible”. Y es que otra de las de decepciones del Max-Planck fue enterarme de que a ciertos compañeros míos no les parecía apropiado que yo apareciera por la oficina en tacones, o en pantalones cortos los tres días del verano que había en Heidelberg.

A pesar de haber dejado tanto atrás en Heidelberg, sobre todo pareja y buenísimos amigos, al poco, poquísimo tiempo, estaba encantada de nuevo en Tenerife: amaba mi trabajo, el ambiente de investigación era genial, y me sentía en general más valorada que en Alemania. Además encontré un grupo de chicas encantadoras y motivadísimas con las que practicar mi hobbie favorito: la danza del vientre. Mi vida parecía casi de ensueño, con la sola amenaza de que sabía que me iba a durar poco, porque claro, en España no sólo es que paguen poco por hacer investigación, es que además, los contratos son cortísimos, y el mío era para un año escaso.

Pero como siempre, la vida no te da tregua, ni te deja que te acomodes, así que en medio de este pequeño ensueño rutinario, durante las navidades de ese año, la vida nos dio un zarpazo: nos arrebató a mi padre. Visto y no visto. Sin previo aviso. Sin posibilidad de despedida. Ciao. Es curioso cómo las personas se acomodan cuando todo en la vida lo tienen completo, aunque sea por corto tiempo. Pero cuando la vida te da un golpe así, despiertas, vaya si despiertas. Como cuando tienes una pesadilla terrible y de repente te levantas jadeando en mitad de la noche. Lo pasas mal, pero te hace plantearte si lo que estás haciendo con tu vida es lo que realmente quieres, o si estás siguiendo la corriente o la inercia con la que la sociedad, o tu empresa o tu familia te empuja. Así que en esos momentos tan duros me pregunté: si el mundo se acabara mañana, ¿qué querría que me pillara a mí haciendo? En última instancia, eso fue lo que me empujó a continuar trabajando en investigación, y me trajo hasta Tucson, donde vivo hoy en día (no sé por cuánto tiempo más).

Después de las peores navidades de mi vida en mi pueblo, finalmente me marché a continuar con mi trabajo en Tenerife. No sin antes pasar por las críticas de paisanos/vecinos/familiares míos que opinaban que mi hermana y yo debíamos dejar nuestros trabajos para hacerle compañía a mi madre en el pueblo. Porque cuando se trata de la vida de una mujer, todo el mundo se cree con potestad para opinar sobre lo que debería o no debería hacer.

Cuando volví a mi querida isla, retomé de la mejor manera que pude mi trabajo, mis hobbies y mi vida anterior. En verdad mi vida diaria era de lo más ocupada: habitualmente trabajaba de 10 de la manñana a 6 o 7 de la tarde, y a la salida, lunes y jueves iba a natación con el grupo de triatlón, y miércoles y viernes iba a bailar. Los fines de semana nunca me faltaban planes: playa, comidas, cenas, cañas, ver fútbol (sí, ¡también me gusta el fútbol!). Un domingo un compañero me invitó a una comida en su casa para celebrar su cumpleaños. En verdad yo estaba un poco cansada (y resacosa) porque había salido la noche anterior, pero al final me animé y fui. Entro al portal de su casa… mi sorpresa fue oír que no se oía nada… llamo a su puerta… y al abrir ¡sorpresa! Era la única invitada… aunque la excusa que me dio es que el resto de sus amigos “estaban fuera de la isla”… En ese momento el vello de la espalda se me puso como escarpias… me entró miedito, para ser honesta. Y, ¿qué hacía? ¿entraba y me arriesgaba a, llegado el momento, tenerme que defender o me daba media vuelta? Lo primero me daba miedito, claro está…y lo segundo, me hacía quedar muy mal con un compañero…. En ese momento me arrepentí de no haber dicho antes que no podía ir… En fin, al final me armé de valor y me quedé… He de decir que al final todo fue “en plan amigos”, pero, ¡joder, eso no son formas de invitar a nadie a tu casa!

Un par de meses después, tras atravesar tres periodos de comisionado (o prueba) del nuevo instrumento para el telescopio GTC en el que había estado trabajando todo el año, mi contrato se acabó·. Y con ella mi aventura en el paraíso…

  • En Tenerife el clima es primaveral todo el año, exceptuando La Laguna que tiene aproximadamente unos 5º menos que cualquier localidad de costa, un viento alto y mucha humedad.
  • Los tres comisionados del instrumento consistieron en 24 días y noches trabajando en el telescopio GTC de la isla de La Palma (menos escasas 7-8 h para dormir).

A solas ante el Universo

Una manchega en el país de los grandes físicos

Amor y odio. Ese es el tipo de relación que desde hace unos años tengo con la astronomía. Antes de empezar oficialmente en esto del negocio, y digo bien, negocio, de la astronomía, con poco más de 23 añitos me lo imaginaba como un trabajo ideal, en el que iba a pasar largas noches observando en los mejores telescopios, y con esos datos maravillosos yo iba a descubrir los secretos del Universo. Era, en definitiva mi sueño.

Heidelberg
Foto de Heidelberg desde el Philosophenweg

Cuando empecé a hacer ciencia en el IAC (Instituto de Astrofísica de Canarias, Tenerife), como becaria de verano, fue algo más o menos parecido, sólo que yo observaba con un telescopio pequeño de los años 80, pero, ¡qué más da! ¡estaba observando! Mi primera jefa, Orlagh, una irlandesa encantadora en la cual yo me proyecté mucho durante ese tiempo, era brillante pero humilde (una característica que no abunda entre muchos de los astrónomos, sobre todo astrónomOs senior). Además, y más importante aún, supo cómo hacer para mantenerme motivada de tal manera que yo quise hacer el doctorado en el tema en que trabajé con ella: las estrellas variables delta Scuti.

Después de ese verano, volví a Madrid, para hacer el máster de Astrofísica, y seguí trabajando en el tema de las delta Scuti con Jose, mi supervisor de tesis de máster. Jose me ayudó a dar ese triple salto mortal (o así lo sentí en ese momento), que me llevaría a comenzar mi doctorado en enanas marrones (las hermanas gordas de los planetas gaseosos), mi tema actual de investigación, en el instituto Max Planck de Heidelberg.

¡Madre mía! ¡yo en Alemania! Y sin hablar ni papa de alemán…. Y con el inglés… bueno, más o menos, pensaba yo… cuando llegué allí, me di cuenta de que aún lo tenía justito… ¡recuerdo que al principio no entendía a mi supervisor cuando me hablaba! ¡TERROR! ¿cómo voy a hacer yo así una tesis…? Pero a la fuerza ahorcan… a los 3 meses ya entendía a todo el mundo en inglés, bueno, menos a un escocés un poco raro del departamento, al que le entendía un cuarto de lo que me decía. Y el alemán…. ¡buf, eso sí que fue un acto de fuerza de voluntad! Después de unos meses intentando absorber el alemán “por los poros”, sin hacer grandes esfuerzos, me di cuenta de que o me ponía en serio, o no iba a aprender en toda mi vida… así que después de un largo día en la oficina con la (bendita) tesis, lunes y miércoles me iba una hora y media a clase de alemán. Eso durante los casi 4 años que estuve en Heidelberg. Además de eso, todos los martes a la Stammtisch, a hablar alemán con alemanes del trabajo. Lo mejor de todo, fue cuando un día llegué a mi oficina, que compartía con 3 alemanes, y les dije: ¡quiero hablar alemán! y cómo me habléis en inglés, ¡no contesto! Creerme que lo hice más de dos y tres veces… si hay algo que les gusta a los alemanes, es NO hablar alemán con los extranjeros…

Con todo ese esfuerzo, en apenas 2 añitos y medio de nada, por fin fui capaz de mantener una conversación en alemán sin parecer retrasada. Al final de esos casi 4 años que estuve en Heidelberg, por fin fui capaz de hablar como dios manda, bueno, ¡más o menos!

Como hasta ahora habréis deducido, si hay algo que aprendí durante mis tiempos en Heidelberg, eso fueron idiomas, y de enanas marrones… bueno, sí, acabé mi tesis en el tiempo que la tenía que acabar, pero he de decir, que lo que descubrí de cómo funcionaba el negocio de la astronomía, y la ciencia en general, no me gustó tanto… ¡y lo que me quedaba por ver!

Yo tenía dos supervisores: digamos, B  y T. B era el que trabajaba conmigo codo con codo (por decirlo de alguna manera, vaya), y T era el que dirigía el hilo general de la tesis. Era, además, un astrónomO senior muy importante (y no digo más). Al principio me dediqué a aprender los conceptos básicos sobre mi tema, a leer artículos recientes del campo para aprender qué era lo que hasta entonces se sabía, (auto)aprendí a programar, a manejar otras herramientas básicas que me harían falta… en todo esto me ayudó mucho B. Sin embargo, hacia el final de mi tesis, cuando ya me acercaba al momento de parir aquel monstruo, fue cuando empecé a notar ciertos comportamientos inquietantes en la actitud de mi supervisor T. Más que notar un comportamiento inquietante hacia mí particularmente, noté la diferencia de comportamiento hacia mí (y hacia otras  astrónomAs del departamento) y hacia mis compañeros varones. Con ellos todo era compadreo: ¿qué tal te estás adaptando a Heidelberg? ¿estás contento con tu tema de tesis? ¡aceptamos tus sugerencias! ¿necesitas algo en particular? ¡no te preocupes por el dinero! ¿qué te pareció el partido Alemania-España de anoche? Sin embargo, el trato con la vertiente femenina del departamento no tenía nada que ver con eso… había que dar gracias si te saludaba por el pasillo. A alguna compañera le llegó a decir mientras preparaba unos aperitivos para después de la defensa de tesis de un compañero algo así como: bueno, si no te va bien en astronomía, al menos serás buena ama de casa. Y es que Alemania, es, sí señor, un país muy machista, me atrevería a decir que más que España, y ya es decir… En los años 60, las alemanas tuvieron lo que en alemán se llama Emanzipierung der Frauen, es decir, que no necesitaban de la aprobación de un hombre, véase el padre o el marido, para hacer ciertas cosas. Esa emancipación quedó limitada al papel, pero no hubo un cambio de mentalidad real en la sociedad (opinión personal), y ¿por qué? Porque hoy en día, en toda Alemania, sólo hay UNA profesora de astronomía. Obviamente, con un CV gigante con el que podría empapelar la Tierra, porque si no, ¿cuál es la razón para contratar a una mujer? Además, durante el doctorado, una fracción muy pequeña de mis compañeras era alemana, quizá un 10 o 15% del total, y la mayoría abandonaron la cienca una vez que tuvieron su título de Dr. rer. nat. bajo el brazo (y no las culpo, visto lo visto). Y es que, como otro trabajador del Max Planck me dejó entrever una vez después de haber acabado mi doctorado, la ciencia no es cosa de mujeres, y por eso me dijo: ¿por qué no te dejas de buscar postdocs para continuar investigando por sitios raros y te casas y tienes hijos? ¡No me quedaba otra! 10 años formándome para sacarme el doctorado, y ahora me iba a dedicar a ser mujer florero…! aunque en algo el hombre sí que llevaba razón, y es que es difícil formar una familia, incluso tener pareja y amigos estables cuando te dedicas a mudarte cada 2 años de postdoc en postdoc sólo por hacer investigación. Además, nada te garantiza que un día conseguirás una plaza fija, y menos en un sitio que te guste, porque para eso, te tiene que ir muy bien. No muy bien como a la media o un poco mejor, sino BIEN en mayúsculas, y a ser posible, publicar algún artículo Nature de añadidura. Y si no, pues en algún momento el sistema te dirá eso de Tchüss!!, como dicen los alemanes. Y para entonces, puede que la mejor compañía que tengas sea tu ordenador portátil, que nunca te falla (¡esperemos!).

Con todo, y a pesar de que me tiraba para atrás eso de sentirme un poco discriminada por ser mujer, un día dejé Heidelberg, amigos y pareja, y me fui a hacer mi primer postdoc al IAC, que tanto me había gustado durante mi primer contacto con la investigación varios años atrás….

A solas ante el Universo

Blog de una manchega, astrónoma, pero sobre todo aventurera

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre me acuerdo demasiadas veces, nací hace algo más de 30 años en el seno de una familia bastante tradicional. Ni mi padre ni mi madre tuvieron la oportunidad de estudiar más allá de lo básico de la época, como ellos me decían muchas veces: “antes, todos éramos tontos”.

IMG-20161227-WA0021Mis primeros recuerdos transcurren por supuesto en el pueblo, en el colegio público al que iba, no había más opciones, jugando en el patio de mi abuela con la primera cosa que me encontraba, en las numerosas eras que había cerca de mi casa que entonces estaba “a las afueras” del pueblo, jugando con montones de arena, construyendo casas con tejas o con ladrillos que robábamos de las obras de casas nuevas que se construían por el barrio… en definitiva, como niña, la palabra aburrimiento muy pocas veces formaba parte de mi vocabulario.

Los veranos solía pasarlos en casa de la abuela Isidra, mi abuela materna. Ahí aprovechaba para jugar a mis anchas con los amigos del verano e ir a la piscina del pueblo, mientras mis padres se deslomaban a trabajar aprovechando la temporada alta de trabajo en los ajos (ya lo sufriría en carnes propias unos años más tarde).

Desde muy pequeña, me recuerdo a mí misma como una niña curiosa, curiosa sobre todo por entender las cosas que pasaban a mi alrededor, tanto sociales, como de la naturaleza. Mi abuela Isidra solía decirme que si salía a jugar, no tenía que hablar con gente desconocida, porque el mundo estaba lleno de “tíos malos”, a lo que yo solía preguntarle, “abuela, ¿y por qué hay tíos malos?”. Pobre abuela.

No fue hasta lo que debió ser la primavera del año 1995, con apenas 8 años, que encontré algo en la naturaleza que SÍ que me impresionaba y despertaba mi curiosidad hasta límites insospechados. Aún recuerdo perfectamente el dibujo que había en las dos primeras páginas de ese libro de Conocimiento del Medio. Era el observatorio de un astrónomo\, un hombre mayor calvo, entrado en canas, con una bata blanca. El observatorio consistía en un escritorio lleno de figuras geométricas y papeles y un maravilloso telescopio muy largo. Entonces, mi maestro don Aníbal, empezó a hablarnos de que la Tierra orbitaba alrededor del Sol, completando una órbita cada año. Pero además había otros “mundos”, distintos a la Tierra, que también orbitaban alrededor de nuestro Sol con diferentes periodicidades: Mercurio, el más cercano al Sol, Venus, el “gemelo” de la Tierra, Marte, el planeta rojo, Júpiter, el planeta más grande del Sistema Solar sólo compuesto por gas, Saturno, el planeta con anillos, y luego ya estaban los dos azules, Urano y Neptuno, y finalmente Plutón. Un planeta lejano, frío y misterioso. ¡Pero eso no era lo único! Además, ¡nuestro Sol estaba dentro de una galaxia, llena de soles como el nuestro y potencialmente con vida! Hasta ese entonces, jamás me había planteado dónde es que la Humanidad realmente vivía, ni mucho menos, todas esas estrellas que entonces podía ver desde mi balcón en la noche, fueran potencialmente los soles que calentaran a otras personas a miles de millones de kilómetros de aquí. Más tarde, mi queridísima maestra Pili, que me enseñó desde los 10 a los 12 años, también contribuyó mucho a alimentar mi curiosidad sobre la astronomía. Desde  entonces, esa idea ha sido la que más me ha fascinado y la que guiado mi vida.

Las siguientes Navidades, mi tío Rafa, hermano de mi padre que vivía en Madrid y que siempre nos traía los mejores regalos, me trajo un telescopio. El pobre no sabía lo que hacía. Nos enseñó a mí y a mi padre a manejarlo: alinearlo, enfocarlo, ver qué pasaba al cambiar oculares… ¡todo esto en pleno mes de enero!\ con este telescopio empecé a descubrir el cielo por mi cuenta: vi la Luna, Venus, estrellas varias que no tenía muy claro lo que eran, me fijé que en ciertas épocas del año había una estela de pequeñas mini-estrellas que cruzaban el cielo (entonces no sabía que esa era nuestra propia Vía Láctea). Muchas veces me pregunto qué debían pensar mis padres de la nueva afición de la niña…

Así siguieron las cosas durante años, hasta que la “niña” creció y llegó la hora de que fuera a la universidad. Por supuesto, yo jamás me había planteado estudiar otra cosa que no fuera Astronomía, aunque en España no existía la carrera en sí misma, sino que era una especialidad de Física. ¿Y qué les parecía a mis padres, especialmente a mi padre, que la “niña” se fuera lejos de casa (a Madrid, ¡a 150 km!) a estudiar una carrera que sonaba tan útil como Astronomía? Pues lo que les parecía, era poco menos que una locura. Pero al final, después de mucho discutir y a sabiendas de que iba a tener que dejarme los cuernos estudiando los próximos 5 años para mantener mi beca universitaria para que mis padres me permitieran seguir mis estudios sin trabas, me marché a estudiar a la Universidad Complutense de Madrid.

Después de 5 pesados años de carrera, me licencié en Ciencias Físicas. Hice 1 año de máster en Astrofísica, también en la Universidad Complutense de Madrid, y al acabar me aceptaron en el programa de doctorado IMPRS, en Heidelberg (Alemania), para hacer mi doctorado en el instituto Max Planck de Astronomía. Cuando me convertí en doctora, me marché a hacer un postdoc de vuelta a España, en el Instituto de Astrofísica de Canarias, y después de eso, con bastante ilusión por hacer ciencia, aunque ya me habían dado razones como para odiarla, me vine a hacer otro postdoc a la Universidad de Arizona, en Tucson, a apenas 114 km de la frontera con México….

\ Hombre, por supuesto, en los años 90 el feminismo no era muy conocido en mi pueblo, ni siquiera hoy lo es.

\ La temperatura mínima media del mes de enero en mi pueblo es de 0.5ºC (fuente: https://es.climate-data.org)