A solas ante el Universo

Una manchega llega al salvaje oeste americano

 

     Empezar desde cero. Eso es sin duda lo que más debemos aprender los científicos, incluso por encima de nuestra ciencia y por encima de los idiomas. Más aún siendo español/a (o del sur de Europa) y si además te empeñas en seguir en investigación. Con más pena que gloria, aunque aún con muchas ilusiones y esperanzas de dar un empujón a mi carrera, un día de finales de agosto de 2016, después de múltiples despedidas de amigos y familiares, me embarco desde la T2 de Madrid-Barajas en un Boing 747 de  Delta. En él cruzaría el océano y gran parte del continente norteamericano con destino a Tucson (Arizona), en busca del famoso sueño americano. Me esperaban más de 10 h de vuelo hasta Atlanta, y ahí tendría que tomar otro avión que me llevaría finalmente a Tucson, después de otro vuelo de más de 4 h. Recuerdo perfectamente aquella corazonada que me atormentaba cuando sobrevolaba el océano Atlántico: “Elena, me da que esta etapa va a ser chunga, pero estoy dispuesta a echarle dos ovarios”. Así que en busca de inspiración, busqué en el repertorio de películas de Delta alguna que me pudiera servir como tal. Finalmente, después de descartar la mayoría de películas comerciales con nulo mensaje de Hollywood, encuentro Joy, el nombre del éxito, y pensé: ¡ÉSTA! Ciertamente inspiradora, pero también retrata la crueldad con la que la sociedad capitalista en la que me disponía a vivir podía tratar la vida y los sueños de las personas de bien. En fin, al final decidí quedarme con el final feliz, soñando con que mi historia también lo tuviera algún día.

     En Atlanta subí a un avión más pequeño que me llevaría a Tucson. Este vuelo sí que se me hizo eterno: después del estrés físico y sentimental de los días anteriores, después de aquel larguísimo vuelo de 10 h y la larga espera en Atlanta, donde cené (o algo así) un sándwich típico americano de capacidades nutritivas dudosas, ahora me encontraba en aquel avión pequeño, en aquél vuelo eterno, cansadísima y con algo de frío. De lo que no me daba cuenta en aquel momento es de que debía aprovechar, ya que no volvería a pasar frío en más tiempo de lo que a mí me hubiera gustado…

    Finalmente llego a Tucson. El aeropuerto era bastante pequeño, por supuesto con el suelo de moqueta por todas partes, lo que no me facilita la tarea de tirar de las tres maletas en las que llevaba empaquetada mi vida. Afuera era ya de noche. Nada más salir por la puerta automática, ¡PLOF! ¡golpe de calor! Y yo pensando: “pero si son las 9 de la noche….” Sin darle muchas más vueltas, busqué un taxi para que me llevara al hotel. El taxista no parecía muy feliz, porque mi hotel quedaba a 5 min del aeropuerto. Pero yo necesitaba llegar ya y descansar…. Finalmente el taxista accedió a llevarme, y por fin llego a mi hotel con mis 3 maletones. Después del check-in, agarro mis maletas y las arrastro por la moqueta del hotel hasta que por fin llego a mi habitación con desayuno incluído. Dios mío, ¡estaba deseando llegar a una cama normal! De alguna manera, deseaba que quizá al día siguiente, al despertarme, estuviera aún en España, en mi cama…

      Pero no, no sucedió así… me despierto, miro el móvil nerviosa pensando que ya debería ser la hora de dejar el hotel, pero no, son las 6:30 de la mañana…puto jetlag, pensé… intenté seguir durmiendo, pero fue imposible. Estaba inquieta por ver realmente dónde estaba, por ver mi futuro apartamento, que lo había reservado desde España, y por ver qué pinta tenía la nueva ciudad donde iba a vivir. Así que después de un rato de dar vueltas en la cama, me levanté a desayunar. Estando en el comedor del hotel, oí cómo una cocinera y una limpiadora hablaban español, eran mexicanas. Siempre reconforta oír que hay gente tan lejos de casa que habla tu mismo idioma… pero el hecho de que fueran las pobres empleadas de aquel hotel me hacía pensar que quizá la comunidad mexicana en Tucson no tenía una vida tan ideal. “Me pregunto qué pensaran ellas del sueño americano”, pensé.

Tucson_1hike
Primer pateo en las montañas de Tucson con tres colegas y mejores amigos hacia las “Seven Falls”

    Después del desayuno, me duché, recogí despacio mis pertenencias y mis tres maletones, y me dispuse a ir a conocer mi nueva casa. En la página web del sitio todo tenía un aspecto maravilloso, habitaciones luminosas, limpias y parecía que tenían bastantes eventos para todos los vecinos (típico americano). Así que pedí un taxi. Por la mañana otra vez un calor desesperante, probablemente 40 grados o más·. Mientras iba de camino a mi nueva casa, observaba las calles de Tucson, pero tenía la extraña sensación de estar siempre a las afueras: calles anchas, con casas de una planta, sólo coches, nadie caminaba por la calle… bueno, sí, algunas personas, pero generalmente gente de color, con no muy buenas pintas, algunos cojos tirando de carritos de la compra… yo seguía pensando que debía estar a las afueras de la ciudad, pero para mi sorpresa, más antes que después, llegamos a mi futura casa. Igualmente, una calle ancha, con árboles típicos del desierto, casas bajas rodeadas de jardines minimalistas, normalmente llenos de cáctus y de malas hierbas… “yo pensaba que esto estaba al lado del campus”, pensé, y lo estaba, lo estaba. Al entrar en la oficina de los apartamentos de este supuesto sitio tan serio, la primera sensación que me dio fue un poco de que me estaban tomando el pelo: la oficina era diminuta, y atendida por dos casi adolescentes muy típicos americanos que me dieron poca sensación de seriedad, aunque intentaban ser serviciales… por fin me dan mis llaves y entro a buscar mi apartamento con mis tres maletones. Nada más atravesar la puerta de la oficina para entrar al pasillo, lo primero que siento es un escalofrío por la espalda… malas vibraciones. Los pasillos sucios, llenos de insectos muertos, las paredes llevaban sin pintar años, todas llenas de roces, pintura caída, algunas bicicletas aparcadas a las que le faltaban partes, o simplemente ruedas abandonadas… Por fin abro la puerta de mi apartamento… y curioso, lo último que quería era entrar. Por supuesto tenía moqueta, que yo tanto odiaba, pero es que además estaba MUY pero que MUY sucia…. Había bolas de pelusas por todos lados, trozos de dulces, chinchetas, y hasta alfileres… los muebles, y el baño estaban más o menos bien. Aún así, lo primero que hago es ir a quejarme por el estado de la moqueta. Los adolescentes de la oficina, muy “serviciales”, apuntan la queja en un post-it para que “mañana” entren a limpiar…

    Después de esta primera decepción, me decido a salir en busca de comida (¡con 40 grados!). Supuestamente el campus está a 10 min caminando, y allí hay sitios donde comer. Me armo de valor, con mi botella de agua pero sin sombrero (cuánto me arrepentí de eso), y me voy a explorar. La primera sensación que tuve, es la de estar en uno de estos típicos pueblos del oeste, como los que salen en las películas de vaqueros, en las que no hay casi nadie por la calle… bueno, sí, sólo coches… al entrar al campus, lo primero que veo era un cartel que decía: “This campus is a weapon free zone”, lo que viene significando “este campus es una zona libre de armas”. En ese momento, algo dentro de mí pegó un salto y pensó en el mismo idioma en que había leído el cartel “WHAT THE FUCK….?”

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Cartel a la entrada de la Universidad de Arizona indicando que el campus es una zona libre de armas…

    El Campus de la Universidad de Arizona estaba bien, muy estilo americano, pero con ese calor, en cuanto comí me volví a mi “casa” para intentar encontrar internet con el que comunicarme con mi familia y mis amigos, y contarles mis últimas andanzas. En Tucson en agosto la noche llega pronto, o mucho antes de lo que yo me esperaba, así que pronto intenté irme a dormir en esa mi nueva cama… la habitación, y la cama en particular no me gustaban, pequeñas, no muy limpias, hacía calor, se oía un tren misterioso de fondo que no paró de pitar en toda la noche… pero al final me dormí, pensando, ojalá mañana tenga suerte… pero lo que no sabía, es que aquello no había hecho más que comenzar y me había dejado olvidada la suerte en España, quizá dentro de esa cama que me vio crecer con tantas ilusiones durante mi adolescencia….

  • La temperatura media en Tucson en agosto es de 36º, la máxima de 44º C.

2 respuestas para “A solas ante el Universo”

  1. Y tampoco se podía fumar en el Campus…aunque quizá eso era lo de menos.
    En esta postal, siento decirte, la verdadera protagonista no eres tú, es la moqueta omnipresente…Por cierto, cada vez que pones lo de Tucson (Arizona) me acuerdo de la canción Get Back de los Beatles que habla de una tal Loretta que deja Tucson para ir a California…
    Besos desde el frío meseteño

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