A solas ante el Universo

Pregón de Fiestas 2022

A mis queridos paisanos:

En un lugar de La Mancha, de cuyo nombre me acuerdo muchas veces, hace poco más de 35 años me trajo mi madre al mundo. Como vine un poco de penalti, mis padres se casaron muy jóvenes. Y con una mano delante y otra detrás. Tanto es así, que mi pobre madre se casó con un vestido de novia premamá prestado. Como la mayoría de moteños y moteñas de la época, nací en el hospital Virgen de la Luz de Cuenca. Como era finales de junio, mis tíos y mi abuelo Paco estaban recogiendo los ajos no pudieron venir a conocerme al hospital. En vez de eso, como estaban recogiendo ajos en una tierra en la carretera de Belmonte, a mis padres les pareció muy normal parar en la tierra de camino al pueblo para presentarles a la Elena con un día de vida. Ese fue oficialmente mi primer día de campo.

Antes de que mis padres se pudieran comprar su propia casa de protección oficial en la que aún vivimos, vivimos en seis casas diferentes de alquiler. Pero de la primera casa que tengo memoria, es de vivir ¨anca Coquero¨, en la calle Santiago Martínez. Donde hacía mucho frío en el invierno y mucho calor en el verano. Allí nació mi hermana Ana Belén, y el colegio de El Pilar fue el primero al que fui. Tuve muy buena suerte, ya que mi primera maestra fue la señorita Isabel, que me enseñó algo tan importante en mi vida como LEER. De allí, a mis padres les concedieron de rebote su soñada casa de protección oficial a las afueras del barrio de Santa Rita. Todavía me acuerdo de aquella mudanza en la que mis padres llevaban con el tractor y el remolque los pocos muebles que teníamos en la casa de Coquero. 

Mi casa nueva de la calle El Tejar era lo mejor, y no porque fuera mi casa nueva, sino porque nos mudamos a vivir a una calle aún sin asfaltar, y con un montón de eras alrededor que me permitieron realizar ¨mis primeras labores científicas¨. En las eras en otoño e invierno había un montón de tierra que batir hasta que se hiciera de noche. Había tejas viejas y ladrillos que yo los usaba para construir mis ¨cabañas¨. En primavera salían todas las margaritas, las amapolas, las malas hierbas, los cardos y los bichos. A mi lo que me gustaba era chismorrear todas esas cosas nuevas que la naturaleza de mi era ponía a mi disposición. En fin, como podéis ver, de pequeña yo era, como decía mi abuela Isidra una chicota mu trastosa y mu licenciá. Ay… mis abuelas… de los mejores recuerdos que tengo de niña han sido de los días que pasaba con ellas. Lo reconoceré eso es en parte porque me consentían y me dejaban hacer casi todas las trastadas que quería. Y si no preguntadle a mi abuela Rosario sobre cuando le quemé las fuelles, cuando le corté las cortinas del cuarto de estar o cuando un día le llené la cocinilla de harina diciendo que iba a hacer una llueca… Además de eso, muchas veces estaban también mi hermana y mis primas Gema y Ángela que tampoco se escapaban de mis fechorías. El único sitio donde sí que no me atrevía a liarla mucho era en la escuela. Sabía que si el maestro o la maestra le decía a mi madre que había dado guerra cataba la zapatilla seguro. Así que supongo que por eso decidir que lo mejor era estudiar. Por eso, y por la singular manera que tenía mi padre de motivarme. Pero ya os hablaré de eso más tarde…

En la escuela de Santa Rita tengo particularmente buenos recuerdos. Allí fue donde una tarde de primavera nuestro maestro don Aníbal nos habló por primera vez de la Astronomía en una clase de Conocimiento del Medio de tercero de primaria. Nos contó que el Sol es una estrella igual que las que vemos por la noche en el cielo, sólo que estaba tan cerca que nos alumbraba todos los días y permitía la vida en la Tierra. El único planeta que hasta ahora conocemos con vida. También nos dijo que era posible que hubiera otros planetas alrededor de esas otras estrellas que veíamos en el cielo por la noche, pero que aún no se habían descubierto. Eso eran mediados de los 90. Hoy en día se conocen alrededor de 5000 planetas alrededor de otras estrellas. A mí, la idea de que existiera un Universo fuera de la Tierra, más allá de lo que nunca podría llegar a tocar, me obsesionó tanto, que desde entonces no he podido pensar en otra cosa… Después de ese día, El Universo se convirtió en mi gran fuente de preguntas a las que buscarles respuesta. Las siguientes navidades para los siguientes Reyes mi tío Rafa, que siempre me ha dado alas, me regaló mi primer telescopio. A partir de ahí, no hubo libro de astronomía de la biblioteca del pueblo que no haya leído. Y es que os recuerdo que en los años 90 no había internet. Nuestra mayor fuente de información era la tele y la radio, y si no salía ahí, era porque no existía. Como los astrónomos no hemos sido nunca precisamente estrellas de Hollywood, os podéis imaginar la cara que me puso Vicente (mi padre), el día que le dije que iba a ser astrónoma, con tan solo 10 años. Mi padre, igual que mi abuelo Paco, eran hombres prácticos del campo, y obviamente le preocupaba mucho dos cosas (aunque aquí entre nosotros, que sepáis que no me lo dijo nunca): una que de verdad astrónoma fuera una profesión, y otra que me fuera a dar de comer. Así que yo creo que más bien lo que pensó es ¨ya está otra vez la chicota con sus pájaros en la cabeza…¨, y esperó que un día me viniera el conocimiento y me decidiera a aficionarme por un trabajo ¨normal¨…. Vamos, que por lo que yo creo, a ojos de mi padre, lo de ser astrónoma y lo de que don Quijote fuera un caballero andante eran, pizca más o menos, la misma locura.

Foto del después del pregón de fiestas 2022 de Mota del Cuervo junto con el Alcalde Jacobo Medianero

Esperaros que me acabo de dar cuenta de que no os he hablado de mis veranos… los veranos de mi infancia era mi época favorita del año: me mandaban a Santa María a casa de la abuela Isidra, porque mis padres estaban trabajando en el campo. Allí tenía yo vía libre para hacer todas las trastadas que se me pudieran ocurrir. Me pasaba el verano en la piscina con la tía Maribel, y jugando en la calle por las noches con mis primas segundas a ser la Laura Pausini, a cantar la Macarena, el Tractor Amarillo, o la de ¨Ay, que pena me da que se me ha muerto el Canario¨… Los veranos también me encantaban porque hacía buenas noches y yo podía salir a ver las estrellas al patio de mi abuela. Todos los agostos le daba la brasa a mis padres para que fuéramos a los Molinos a ver las lágrimas de San Lorenzo. Y me llevaban, pero si a los cinco minutos no habíamos visto ni una estrella fugaz a mi padre se le acababa la paciencia y decía: ¨¡vamónos chicota, que aquí no se ve na´ y yo mañana tengo que ir de campo!¨

Luego cuando fui creciendo, el verano de antes de que empezara a ir al instituto, mis padres decidieron que la chicota ya estaba grandecita para echar una mano en la casa y en el campo. Así que ese año me apuntaron a la cuadrilla de cortar ajos de mi padre en la era de enfrente de mi casa…. Allí estaba yo con 12 años intentando hacerme 5 o 6 cajas de ajos al día… a 150 pesetas la caja de ajos, podéis echar la cuenta del dineral que me saqué ese año cortando ajos. 

A finales de julio mi madre se tenía que ir como todos los veranos a la cooperativa de los ajos a sacarse el jornal, así que mi hermana y yo nos quedábamos en casa. Nuestras tareas eran quitar el polvo, pasar la mopa, tender la ropa y fregar los cacharros después de comer. Y después de eso a repasar un poco para que no se olvide lo que estudiamos el año anterior… vamos, que los tiempos de barra libre de piscina en verano se nos habían acabado. Todos los veranos hasta el primer año que estuve en la Universidad fueron así. Bueno, con el tiempo me empezó a cundir un poco más lo de cortar ajos, y las tareas en casa se iban incrementando: aprendí a poner lavadoras, a cocinar y a todo lo demás. Ya me lo decía mi madre: ¨¡anda, hermosa, cuando te vayas a la universidad a ver quién te va a guisar!¨

Durante el instituto fue en realidad cuando me dio por empezar a comerme los libros. No porque me gustara comer papel, sino porque de verdad me interesaba todo lo que ponía en ellos. En el instituto tuve profesores maravillosos, que siempre me motivaron a alcanzar mi sueño de una u otra manera. Especialmente, a escondidas, disfrutaba los profesores que me ponían su asignatura como un reto. No me atraían las cosas fáciles, ni lo que todo el mundo hace. Me gustaban los retos ¨raros¨ o ¨diferentes¨ que a priori al resto de la gente le imponen… Un día, estando en 4º de la ESO, llega el profesor de Historia a clase, Jose Enrique, muchos os acordaréis de él, y nos dice: ¨bueno, aquí os traigo la información por si a alguno os interesa sobre cómo participar el la Ruta Quetzal con Miguel de la Quadra-Salcedo. Si os dan el premio este año van a la República Dominicana y a Puerto Rico. Pero yo diría que no os molestéis. Es casi imposible que os lo den a ninguno de aquí…¨ Uf, cómo es eso de que no nos molestemos… ¨Reto aceptado…¨. Un par de meses después, y siendo honesta, yo tampoco me lo podía creer, me enviaron una carta gigante con un montón de información diciendo que ese verano iba a hacer la Ruta Quetzal. Y me fui a la República Dominicana y a Puerto Rico con Miguel de la Quadra-Salcedo. Bueno, eso a pesar de que mi padre casi no se lo podía creer, y de que estuvo a punto de no dejarme ir… En ese viaje, que da para un libro entero, era una de las pocas personas que subía a un avión por primera vez… Allí fue donde me surgió la chispa exploradora que hasta hoy en día hace que viva constantemente fuera de mi zona de confort. Pero bueno, que para ser prevenidos y por si acaso se me quitaban las ganas de estudiar, mi padre siempre me recordaba: ¨que si no quieres estudiar no pasa na, hay mucha faena en los ajos…¨

Los dos últimos años que pasé en el pueblo antes de irme a la Universidad fueron duros: clavaba codos como nunca para prepararme para la Universidad. El año de antes, estando ya en 2º de bachillerato y viendo mi padre que yo seguía con la idea de ser astrofísica, intentó convencerme de que hiciera esto otro o aquello, que era mucho más fácil y tenía ¨muchas salidas¨. Mi madre se ilusionaba con que estudiara medicina… el de biología me decía que por qué no hacía biología, la de lengua que estudiara literatura hispánica… En fin, como podéis ver, no le hice caso a nadie, y seguí para adelante con mi idea, a pesar de que en aquél entonces estudiar C.C. Físicas o astronomía parecía que sólo valía para enseñar… como bien sabéis, hoy en día Físicas y Matemáticas son de las dos carreras con la nota de corte más altas, porque resulta que en la era de internet, los físicos y los matemáticos somos muy útiles para las empresas.

A partir de ahí ya sabéis muchos de lo que ha ido mi vida: estudié 6 años en la Universidad Complutense de Madrid, donde me saqué la licenciatura en Físicas y el máster en astrofísica. Durante estos años, los veranos trabajaba dando clases para sacarme unas perrillas para sobrevivir durante el año, porque la beca del Gobierno, aunque ayudaba mucho, no daba para vivir todo el año en Madrid. Cuando terminaba los exámenes de septiembre, me venía a la vendimia con mi padre, porque el dinero en casa nunca ha sobrado, y conmigo y con mi hermana se ahorraba pagar dos jornales. De hecho, me acuerdo el año que me licencié de la carrera… Era septiembre. Me dieron el aprobado de la última asignatura, y corriendo llamé a mi padre para contárselo: ¨papa, papa, que ya he aprobado la última asignatura, ya soy licenciada en físicas!¨. A lo que mi padre contestó: ¨¡venga licenciá, pues vente pa el pueblo que hay que vendimiar!¨.

El año siguiente, una vez acabé el máster, me fui a vivir a Alemania para empezar mi tesis doctoral en astrofísica. Ahora sí empezaba lo bueno. Desde entonces, me han pasado las mejores y las peores experiencias. En Alemania aprendí a ser astrónoma, aprendí alemán… y también aprendí que las mujeres éramos una minoría en la ciencia. Es más, se palpaba en el ambiente que las mujeres no éramos reconocidas igual que nuestros compañeros hombres en este campo. Eso me frustraba mucho, pero también disparó en mi ese gusanillo tan loco que me entra y que me hace pensar lo de ¨RETO ACEPTADO¨. Así que después de acabar mi tesis doctoral, unos años después, y a pesar de que mi director de tesis era uno de los que pensaba que las mujeres no valíamos para hacer ciencia, yo seguí adelante. Eso significó irme de Alemania, dejar a mis amigos de los últimos años y cambiar totalmente de vida. No me fue mal porque me vine a Tenerife, que es un sitio maravilloso. Lo peor es que sabía que casi seguro que en Tenerife no iba a quedarme más de uno o dos años. Es lo que tienen las estancias postdoctorales y la precariedad de los científicos en el sistema español. Ese año 2015, además, como ya sabéis, mi padre se nos fue en un accidente laboral… eso me hizo plantearme muchas cosas: cuando se me acabe el contrato en Tenerife, ¿me voy al extranjero otra vez, y dejo a mi madre sola…? Pero sabía que si me quedaba en España probablemente tuviera que dejar la investigación y la astronomía… Al final pensé, que como bien nos demostró mi padre, uno se puede quedar en el mismo sitio donde va a trabajar todos los días, en cualquier momento y sin previo aviso. Y todo sin salir de tu pueblo…. Así que decidí que iba a comerme el mundo, y a luchar por mi sueño…

Con esa idea en mente, en el verano de 2016 me mudé para EE.UU en busca del famoso ¨sueño americano¨. Me mudé a Tucson, en el desierto de Arizona, a 1 hr de la frontera con México. Mudarse a EE. UU. no fue fácil: otra vez dejar toda tu vida atrás, mi familia justo después de fallecer mi padre, y además los comienzos allí no fueron fáciles. El ambiente en la universidad de Arizona era algo hostil, y además el primer apartamento en el que viví tenía nada más ni nada menos que ¡CHINCHES! Con el paso de los meses y una vez encontré otro apartamento, me fui acostumbrando a vivir allí. Aún así, el trabajo y mi jefe eran bastante demandantes. Tuve que aprender a trabajar a su manera, y a usar las críticas que me hacía en mi propio beneficio. Además, en el equipo entero de unas 10 personas, éramos sólo 2 mujeres… 

A los dos años y medio, de Tucson me mudé a Hawaii después de conseguir mi primer contrato fijo como astrónoma en el observatorio Keck, con dos telescopios gigantes de 10 m. Esto era algo que en Europa era casi imposible de tener con mi edad. Os podréis imaginar Hawaii como un sitio paradisíaco, que lo es, muy parecido a las islas Canarias. La gran diferencia es que está a nada menos que a 14000 km de España. Está en medio del océano Pacífico. Dos días enteros de viaje. El trabajo era de noche, ¡porque soy astrónoma! En Hawaii éramos también 2 mujeres en un grupo de 11… Pronto descubrí que en realidad trabajar por las noches era muy divertido un par de veces al año, pero no para toda la vida, y menos tan lejos de casa. Así fue como en 2020, en plena pandemia, me salió la oportunidad de trabajar con la Agencia Espacial Europea y la NASA en el telescopio espacial James Webb en Baltimore, cerca de Washington D.C. Así que sin pensarlo dos veces, me mudé en plena pandemia a un sitio nuevo. Vida nueva otra vez. Pero no puedo estar más contenta de esa decisión, porque ahora mismo tengo realmente EL TRABAJO DE MIS SUEÑOS. ¡Qué digo! ¡Jamás me pude imaginar algo así! Por eso, el único consejo que puedo daros es que sigáis a vuestro corazón a la hora de tomar decisiones y no tengáis miedo a enfrentaros a los retos de la vida. NADIE sabe mejor que vosotros lo que queréis. Y por supuesto, que siguiendo a vuestro corazón OS LO CURREIS, que déis lo mejor de vosotros, porque os va a merecer la pena.

Hoy espero ser un ejemplo de que si una moteña, si se lo propone y tiene un sueño, puede llegar a conseguirlo. A pesar de venir de una familia donde nunca ha sobrado el dinero. A pesar de no tener referentes a los que seguir. A pesar de que a mi padre no le hacía mucha gracia. A pesar de querer hacer una carrera que en teoría NO ES PARA MUJERES… aquí estoy hoy. 

Pero no nos engañemos, uno nunca consigue las cosas solo. Como dijo el gran físico Stephen Hawkins, he llegado donde estoy porque he caminado a hombros de gigantes. Esos gigantes para mí son los siguientes: primero, al sistema público de educación, sin el cuál no podría haberme costeado los estudios. Pero sobre todo fueron  mis padres, por apoyarme a pesar de no entenderme mucho, y por ser un ejemplo de trabajo duro y perseverancia. A mi hermana, por estar siempre ahí. A mi tío Rafa, por darme alas. A mi maestra Pili y tantos otros maestros y profesores que me apoyaron,  y por enseñarme el universo. Y a mis compañeros y amigos que tantos codos clavaron conmigo en la carrera y más allá, especialmente a David, mi hombre del tiempo. Y también a mis jefes, a los buenos y a los malos, porque de todos aprendí algo. Y también a todas las científicas que luchan por visibilizar a las mujeres en la ciencia. Porque la ciencia es de todos y de todas. 

Finalmente decir, que yo sólo puedo ser el ejemplo de una cosa, pero que tenemos muchos moteños y moteñas que son de lo mejorcito en sus campos: ciclistas, nadadores, atletas, periodistas, matemáticos… Visto esto, me gustaría preguntar a nuestros moteños y moteñas más jóvenes: y vosotros, y vosotras, ¿a dónde queréis llegar? Hoy, os animo que, aunque parezca imposible, luchéis de corazón por vuestros sueños…. Porque los límites, al igual que los miedos, a menudo son una ilusión…

Hoy me gustaría acabar con la reflexión que hizo el gran astrónomo y divulgador Carl Sagan cuando vio esta foto de la Tierra, hecha por la Voyager 1 en el año 1990. En esta foto se ve nuestro planeta, diminuto, como una mota de polvo azul:

Imagen de la Tierra vista desde Saturno tomada por la Voyager 1 en 1990 que motivó la reflexión de Carl Sagan

Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. En él, todos los que amas, todos los que conoces, todos de los que alguna vez escuchaste, cada ser humano que ha existido, vivió su vida aquí. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de la moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie, vivió ahí – en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en la vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que en su gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de una esquina del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestras posturas, nuestra importancia imaginaria, la ilusión de que ocupamos una posición privilegiada en el Universo… es desafiada por este punto de luz pálida.

Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Asentarnos, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Quizás no hay mejor demostración de la soberbia humana que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más amablemente los unos a los otros y de preservar y apreciar el pálido punto azul, el único hogar que hemos conocido.

Con esto sólo me queda decir, que aunque no soy mujer de fe, como agradecimiento por darme su apellido diré:

¡Viva la Virgen de Manjavacas!

¡Viva el pueblo de La Mota!

¡Y Viva los moteños, pero sobre todo las moteñas! 

A solas ante el Universo

Un día de Navidad Histórico

He de reconocer que desde que hace muchos años descubrí que Santa Klaus, Papá Noel, o el Viejo Pascuero, no eran más que una quimera lejos de ser físicamente posible, la Navidad para mí redujo a un periodo de muy  esperadas vacaciones. Sin embargo, las navidades de 2021, las segundas en pandemia, han vuelto a ser de ilusión. Todo ello debido a que los astrónomos, particularmente los que hemos estado trabajando en los últimos años en el proyecto, esperábamos con mucha emoción, expectación y nervios el lanzamiento del James Webb Space Telescope (JWST), el telescopio espacial más grande jamás puesto en órbita. La expectación ha ido incrementando exponencialmente desde hace dos semanas o así. De repente retrasan el lanzamiento del 18 de diciembre, al 22. Pero aún así, el lanzamiento se encontraba cada vez más cerca. A falta de poco más de una semana, otro retraso lo sitúa para el día 24 de diciembre. Un par de días antes, cuando ya todo estaba listo en el lugar de lanzamiento, Kourou (Guayana Francesa), la predicción del tiempo para el día de Nochebuena retrasa el lanzamiento al día 25, debido a vientos altos en las capas altas de la atmósfera. Después de tantos años, todos sabemos que no podemos arriesgarnos a que el lanzamiento salga mal, pero hay tantas ganas de poner el JWST en el espacio, que cada retraso nos produce una sensación horrible de frustración. Por otro lado, la variante ómicron del COVID-19 nos acecha por todos lados, y no os olvidéis, los astrónomos y los ingenieros siguen siendo humanos, y no nos podemos permitir tener muchas bajas. Pocos días antes del lanzamiento se cancelan todos los eventos públicos en persona para ver el lanzamiento, con lo cuál nos resignamos a vivirlo en petit-comité desde nuestras casas y con los compañeros más cercanos. 

El día de Nochebuena no pudo ser más distópico: consultando el email, y las noticias compulsivamente y esperando no ver ninguna noticia que ni siquiera implicara de lejos otro retraso. Como el lanzamiento de JWST era a las 7:20 de la mañana, la cena de Nochebuena fue escueta, y rápida. No me iba a la cama tan temprano en Nochebuena desde que de pequeña nos advertían que si no nos íbamos a dormir Papá Noel pasaría de largo por nuestra casa y nos quedaríamos sin regalos. Eso si no se daba cuenta de que en realidad ese año me había portado regular para variar. Puse tres alarmas en tres dispositivos diferentes, por si acaso alguno fallaba y no me despertaba. Me costó conciliar el sueño, de hecho no sé si realmente dormí, porque en mi cabeza no dejaba de visualizar el lanzamiento, la emoción de lo que iba a pasar al día siguiente, y los nervios por si algo no salía como esperado. Me levanté unos pocos minutos antes de que sonara el primer despertador a las 5:30, ¡para qué dormir más en un día como hoy! No me levantaba con tanta ilusión en un día de Navidad desde que era una niña. En 20 minutos estaba lista para salir. Primera parada a las 6:00 de la mañana: el Dunkin Donuts. Lo sé, no es precisamente realfooder (¡aquí no hay churrerías!). Quedé realmente sorprendida de ver que el día de Navidad hay gente a esas horas con ganas de Donuts. De ahí a casa de un amigo y compañero del equipo que gentilmente puso su salón para hospedar el evento.

Amanece con el primer café de la mañana a las 7:00, aunque en realidad hoy no me hace falta café para despertar. Por el ordenador y mientras seguimos el evento que retransmite NASA en inglés, escuchamos en primicia las conversaciones que tienen los ingenieros minutos antes del lanzamiento. Dos minutos antes de las 7:20 de la mañana, el coordinador del equipo hace un llamado a todas las estaciones para confirmar el buen estado de todos los subsistemas: “subsistema X, ¿estás listo para el lanzamiento?”, a lo que el representante responde: “subsystem X is a GO for launch [1]”… Después de éste, el coordinador fue llamando uno por uno a todos los subsistemas de JWST, y uno por uno todos iban respondiendo lo mismo: “subsystem X is a GO for launch”… Entonces el coordinador confirma: “All stations, all stations, we are a GO for launch[2] !….” A partir de entonces, silencio sepulcral. Respiraciones contenidas. 30 s para el lanzamiento… De repente empieza la cuenta atrás en francés: “dix, neuf, huit, sept, six, cinq, quatre, trois, deux, IGNITE!…”  Y veíamos como se encendían los motores de la Ariane 5 con muchísima expectación, con los ojos pegados en la pantalla, deseando por todo el Universo que todo saliera bien a partir de ahora…. La Ariane 5 con el JWST a bordo empieza a subir y desaparece por encima de las nubes de Kourou… El JWST no volverá a la Tierra nunca más. Más de 20 años de trabajo de miles de ingenieros y astrónomos están ahora subidos encima de esa Ariane 5 que sale de la atmósfera terrestre con una propulsión similar a la de 12 Jumbos 747 a plena potencia. 

Foto pocos segundos antes del lanzamiento de JWST escuchando el GO! final

Dos minutos y 20 s después, con el aliento aún contenido, se produce la separación de los boosters, perdiendo el 70% de la masa inicial del propulsor. A los 3 minutos y medio, se desprende el protector o cofia que protege el telescopio ya que ya ha atravesado las capas más densas de la atmósfera terrestre. A los pocos minutos, finalmente por el ordenador oímos que la telemetría de JWST está llegando, lo cuál significa que nos podemos comunicar con el telescopio. Respiramos. Por fin me entra algo en el estómago, así que aprovecho para probar un donut… También atiendo una llamada de Lorena, de la Agencia EFE. 

En el minuto 27 por fin el último propulsor del cohete Ariane 5 se despega del telescopio… y de repente… aplausos, gritos, emoción y lágrimas de alegría. El director de operaciones en Kourou grita: GO WEBB GO….! Por la cámara que instalaron en la última parte del lanzador de la Ariane 5 vemos la imagen del telescopio separándose del lanzador, viajando hacia su destino final, L2[3]…. Al fondo nuestro planeta… ¡Wow! ¡Una imagen para los libros de historia! 

Así hicimos posible desde España el lanzamiento del nuevo telescopio  espacial James Webb
Imagen de JWST (izquierda) después de haberse separado de la última fase del lanzador de Ariane 5. Arriba a la derecha, nuestro planeta. Esta imagen irá en todos los libros de historia.

Nosotros abrimos nuestras botellas de champán y brindamos… aun no somos conscientes de cuán histórico es este momento, esta mañana. Ahora JWST viaja camino de su destino final. En los próximos 13 días, JWST se irá desplegando poco a poco, empezando por el parasol del tamaño de una cancha de tenis, y siguiendo por el espejo secundario y el primario. Todos estos pasos son críticos para que el telescopio funcione adecuadamente. 29 días después del lanzamiento llegará a su destino final, desde donde nos enviará datos inéditos del Universo, nunca vistos hasta ahora por ningún ojo humano… ¡cuán emocionante es ver algo nuevo por primera vez! ¡cuántos misterios por descubrir con este nuevo telescopio! Aun no sabemos con certeza cuales van a ser, pero estamos seguros de que van a ser rompedores y de que nuestro conocimiento de El Universo cambiará radicalmente.

Foto con mi amigo y compañero de equipo celebrando el exitoso lanzamiento del James Webb Space Telescope

Todo el esfuerzo, todos los sacrificios, todos los exámenes, todos los madrugones, todas las mudanzas, y todas las despedidas que he hecho a lo largo de mi vida han merecido la pena sólo por vivir este momento histórico del que de alguna manera hoy soy parte. GO WEBB GO!


[1] El subsistema X es un “adelante” para el lanzamiento

[2] Todas las estaciones, JWST tiene el “adelante” para el lanzamiento

[3] L2 es un punto de equilibrio gravitatorio entre el Sol, la Luna y La Tierra donde pueden ponerse satélites en órbita.

Hazte extranjero

Hace poco cumplí 5 años desde que me mudé a EE. UU. Primero a Tucson (Arizona), de ahí a Hawaii, y por último Baltimore, donde estoy ahora. Si no lo has hecho nunca, puede parecer que emigrar a otro país es algo así como lo que hacen los pájaros todos los años, o las ballenas, pero que al final del día es como estar en tu casa, pero «por ahí», o mejor.

Yo he tenido la suerte de mudarme para perseguir el trabajo de mis sueños, con (casi) todas la facilidades, visado, dinero para la mudanza, y algunos cuantos compañeros en mi lugar de destino que al principio sólo eran conocidos y luego se convirtieron en mi «familia elegida». Aún así, vivir en un país extranjero no es nada fácil, sobre todo si no hablas el idioma como lengua materna. Antes de venirme aquí llevaba toda la vida aprendiendo inglés, y aún así, y después de 5 años, sigo teniendo acento español, y me siguen pidiendo que repita cosas porque no me entienden. Mis costumbres son totalmente diferentes a las de los estadounidenses: sigo sin cenar a las 7 de tarde, sigo odiando los coches gigantes, comer deprisa, la comida basura, usar y tirar cosas, trabajar todos días del año y no cogerme vacaciones, no decir las cosas claras, y también vivir lejos de mi familia. Una de las cosas difíciles es que en realidad, cuando vives fuera de la Unión Europea, no tienes facilidades para visitar tu país cuando quieras. Al final nuestro trabajo depende de que nos concedan un visado, y hay unas cuantas ocasiones en las que el visado te limita tu facilidad de viajar. Sin ir más lejos, durante la pandemia, restricciones de viaje aparte, muchos llevamos años sin volver a visitar a nuestra familia porque por unas causas o por otras era posible que no pudieras volver al país para continuar trabajando. Al final, no importa cuánto tiempo me quede aquí, que siempre seré de fuera. Como cualquier persona que haya emigrado a otro país.

Durante uno de mis viajes al Monument Valley – Arizona, EE.UU.

No sé si recordáis el famoso anuncio de Campofrío de hace unos años en que una viejita muy simpática, Chus, decía que se iba a hacer extranjera. Salía en una calle como del centro de Madrid donde había muchos puestos de diferentes países que intentaban reclutar extranjeros españoles, y había varios actores españoles intentando decidirse de qué país hacerse. Pero si te haces, es con todas las de la ley, nada de comportarse «como un español», tienes que hacer las mismas cosas que la gente del país al que te conviertes. Al final, eso es un poco lo que pasa cuando te mudas a otro país con una cultura muy diferente a la tuya, al final tienes que seguir las normas del país y adaptarte a las convenciones sociales de dónde te mudas. Por eso, en EE.UU. no das dos besos cuando acabas de conocer a alguien (tampoco cuando los conocer mucho), tampoco cuentas demasiadas cosas personales en el trabajo, se es extremadamente profesional, se es (extremadamente) políticamente correcto, y procuras contarle tus penas sólo a tu terapeuta, porque hacer amigos íntimos es casi un signo de debilidad. Por eso los emigrados necesitamos tener nuestra pequeña comunidad de «paisanos en el extranjero» para poder comportarnos como somos en realidad, no como toca comportarse en el país en el que has caído. Al final, como dice el anuncio, uno puede irse, pero no hacerse.

A solas ante el Universo

Los veranos que pasaron

Después de una semana trasnochando para adaptarme al horario de noche en preparación a 4 días de observación en el telescopio, hoy que puedo irme a la cama a mi hora no puedo dormir. Así que paso a formar parte de la cohorte de vecinos de Baltimore, como unos cuantos del edificio de enfrente, que pasan hasta las tantas con las luces encendidas sin saber muy bien qué hacer.

Estaba intentando dormir, con algo de calor, cuando me vinieron a la mente recuerdos aleatorios de los veranos de mi infancia y adolescencia. Sí, de cuando tenía veranos que significaban vacaciones, no como ahora, y eran la época del año más interesante.

Mi madre, la pobre como toda mujer de agricultor manchego, se pasaba los veranos trabajando en los ajos. En junio recoger, en julio cortar, y en agosto a la cooperativa a pelar[1]. Por eso, hasta los 11 años, me pasaba los veranos entre semana en el pueblo de mi madre, Santa María, con mi abuela y con mi tía. Allí me pasaba el verano viendo el Equipo A, lavando la ropa a mano con mi abuela en la pila, yendo a las piscinas por la tarde con mi tía, y pasando las noches jugando en la calle “al fresco” con mis primas segundas, que venían al pueblo a pasar el verano. Los viernes mi padre iba a recogerme y pasaba los fines de semana en casa. El garaje de mi casa olía a ajos porque los teníamos allí almacenas después de haberlos cortado, a la espera de que la cooperativa nos comprara la mayoría a un precio más o menos mal pagado. El resto de ajos “de destrío” se repartían para el gasto de la familia. Mi madre salía a las 11 de la noche de trabajar. Normalmente cuando llegaba a casa los platos del almuerzo seguían aún en el fregadero sin lavar. Mi padre, aunque estaba en casa desde antes, entendía que no era su labor lavar los platos, así que más de una vez, sin todavía llegar mucho a la pila, los fregaba yo. Luego íbamos a recoger a mi madre con mi padre y mi hermana, que parecía salir muy contenta de su trabajo. Apuesto a que lo estaba.

Un fin de semana del verano, y sólo uno, que habitualmente coincidía con el final del Tour de Francia, íbamos a pasar el domingo a Las Lagunas de Ruidera. Mi madre hacía el hato con un montón de comida, los bañadores y la colchoneta, y allí nos plantábamos. En agosto, coincidiendo con las fiestas de la virgen de Manjavacas, nos íbamos de vacaciones dos o tres días (como mucho) a la casa de la prima de mi madre a Puerto de Sagunto. Eran los días más esperados del año. Una pena que al tercer día casi siempre mi padre se cansara de “tanto jaleo”, “gastar cuartos” y del «agua salá”, y dábamos por concluidas las vacaciones. En cuanto pasaban las fiestas de Santa María a finales de agosto, de las cuales yo no me perdía nada (ver foto), el verano se daba prácticamente por concluido, porque como ya sabe mi tía Paqui, nunca aprecié mucho a San Agustín[2]. Después de la última fiesta del verano, llega septiembre, con otra de mis épocas favoritas: la de comprar los libros y los cuadernos para el nuevo curso. 

En las fiestas de Santa María hace muchos años con mi abuela, mi tía abuela, y mi prima

Después de los 12 años, mis padres decidieron que ya estaba mayor para ayudar al corte de ajos como los demás “chicotes”, quedarme con mi hermana pequeña, y ayudar a limpiar mientras mi madre trabajaba. Así que hasta ahí podemos decir que llegaron los veranos ociosos de mi infancia. Desde entonces, creo que me libré del corte de ajos el verano que me fui a la Ruta Quetzal, el 2003, hasta que ya estando en la Universidad mi padre decidió dejar de sembrar ajos. Qué descanso. 


[1]Esos ajos que echas a tu comida llevan un arduo proceso detrás y mucho trabajo mal pagado. Aquí un vídeo que explica el proceso, que es menos bonito de lo que explica en el vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=uFOn6VflipM&list=PL4UcqSEUtuO0JCxHln_7ZvTHtfZ0hrfOc&index=1

[2] La fiesta de San Agustín y la Virgen del Valle es a finales de agosto en mi pueblo. No es que tenga nada en contra de este santo, pero mi tía solía decirme cuando había que desaparecer algún juguete de “la chicota” que San Agustín se lo había llevado. Qué frustración.

A solas ante el Universo

Guía para no tener que celebrar el 11 de febrero, día de la Mujer y la Niña en la ciencia

Hace poco descubrieron en Sudamérica una mujer enterrada  hace 8.000 años con todo un arsenal para cazar grandes animales[1]. Este hallazgo cambia la idea que se ha tenido siempre de que la división de tareas entre hombres y mujeres ha sido así “toda la vida”. Este hallazgo viene a demostrar que antes de que el hombre se asentara en pueblos y ciudades, cuando aún era nómada y vivía en cuevas, los papeles que desempeñaban hombres y mujeres en la sociedad no estaban, al menos, tan divididos[2]. Y es que para cazar no sólo hacía falta fuerza, sino también cerebro.

Entre el 6000 a.C. y el 5000 a.C. se empezaron a formar las primeras ciudades, y el hombre empezó a dedicarse a la agricultura y la ganadería. Esta nueva forma de vida hizo que hubiera más riqueza, cambió la sociedad, y  aparecieron castas. Y a partir de ahí es cuando comienza la división de los roles de hombres y mujeres en la sociedad. 

Desde entonces ya sabemos lo que ha ido ocurriendo: los hombres son los protagonistas de la historia, y de todos los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia, la literatura, el deporte… Si te pones a pensar, seguramente consigas dar con muy pocos referentes femeninos en prácticamente todos los ámbitos culturales y de la historia. Y si das con alguno, muy probablemente lo único que se destaca de ellas es su belleza o su maldad, pero de muy muy pocas su inteligencia, o su sabiduría. Esto ocurre también en disciplinas que actualmente se consideran “de mujeres”, como el arte, la literatura e incluso la cocina. El primer paso para cambiar esta tendencia histórica es sacar a la luz todas esas figuras femeninas sepultadas por una historia escrita por  hombres. Actualmente, hay autoras (más que autores), y organizaciones (de mujeres, más que de hombres) intentando visibilizar estas figuras. Aquí menciono algunas:  No More Matildas (Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas), Invitadas(Museo del Prado), Concilia2Mujeres a seguir. Como autoras que destacan el papel de la mujer en la historia, me gustaría destacar “Nosotras. Historias de Mujeres y algo más”, de Rosa Montero, o “No me cuentes cuentos”.

Ahora que ya conocemos el problema, ¿cómo revertirlo para que dentro de unos años no tengamos la necesidad de celebrar el 11 de febrero, ni el día 8 de marzo (día de la Mujer)? Aquí propongo ocho iniciativas que podrían ayudar a paliar la escasez de la mujer en la ciencia en particular, pero seguramente también en muchos otros ámbitos:

1/ Hacer trainings para concienciar de los sesgos y prejuicios de hombres y de mujeres. Muchas veces no somos conscientes de nuestros sesgos, ya seamos hombres o mujeres. Conocerlos nos ayudará a ser más justos a la hora de valuar objetivamente el trabajo de otras personas.

2/ Hacer que las solicitudes a postdocs u otro tipo de plazas sean anónimos. Se ha demostrado que somos capaces de decir de manera más objetiva cuando no se sabe el sexo, o no se tiene una imagen de la persona que está solicitando una plaza. Un ejemplo famoso es el de John y Jenny, o el de cómo cambió la proporción hombres/mujeres en orquestas cuando se empezaron a seleccionar candidato/as de forma ciega.

3/ Invitar activamente a más mujeres a dar charlas en conferencias, para visibilizar y ayudar a que se den a conocer en su campo tanto como se ayuda a los hombres.

4/ Hacer leyes estrictas que protejan a la mujer del acoso sexual y laboral en el trabajo. Y que se apliquen, obviamente. 

5/ Hacer comités de diversidad que monitoreen las evaluaciones de candidatos/as o de propuestas para proyectos, para asegurarse de que son justas y no se basan en prejuicios.

6/ Ofrecer programas de mentorazgo y coaching para mujeres científicas. Formar un red de apoyo para ayudarnos mutuamente y promocionarnos activamente. Los beneficios de la redes de mentorazgo son innumerables y poderosísimos.

7/ Cambiar el sistema de méritos para conseguir plazas fijas: valorar no sólo los méritos en investigación, sino también en “servicio a la comunidad”, ya sea a través de la divulgación o de la enseñanza de calidad, o promoviendo la diversidad en ciencia. Todo ello también beneficia activamente a la ciencia.

8/ Finalmente y lo más importante, educar desde el hogar, los colegios, y desde los medios de comunicación que las tareas del hogar, y el cuidado de hijos y mayores son tareas responsabilidad de hombres y de mujeres por igual. 

Recuerda que no sólo debemos promover la existencia de mujeres en puestos de liderazgo porque sea nuestro derecho, que lo es, si no porque además se ha demostrado que los grupos científicos más variados son más productivos y tienen idea más originales. ¿Quién quiere contratar a más mujeres en su grupo o en su facultad?


[1] Ver artículo completo aquí: https://elpais.com/ciencia/2020-11-04/las-mujeres-prehistoricas-tambien-cazaban-grandes-animales.html

[2] Artículo completo: https://elpais.com/ciencia/2020-11-13/la-cazadora-que-reescribio-la-prehistoria.html?fbclid=IwAR2wMt4ZsSfiDe-wojwEolOVP2iMhlO7bZ_KjZ70k7bnKp1-tZZXOU0-5do

Viviendo en el Paraíso

Era el día entré de llenó en la treintena, decidí aceptar mi primer contrato indefinido para irme a Hawaii a trabajar de astrónoma. Nada más ni nada menos que para los observatorios W. M. Keck. Hacía poco menos de un mes había estado allí para la entrevista presencial, he de admitir que fue como un viaje a otro mundo o a un sitio muy lejano: me levanté a las 3 de la mañana para no perder mi vuelo desde Tucson, que me dejaría a las 2 de la tarde en Kona, la capital turística de la Isla Grande de Hawaii. Llegar a un sitio con tantas horas de avión en la espalda siempre le da al lugar de destino un tono de irrealidad: la agradable temperatura al bajarse del avión, la brisa marina, la lava que aún se veía reciente. Mentiría si dijera que en mi decisión de irme a vivir a Hawaii no influyeron los paisajes, el mar con un azul cristalino que no había visto en mi vida y la calidez de la gente que conocí. Definitivamente, por mucho que Hawaii lleve varias décadas siendo el estado número 50 de EE. UU., nada tenía que ver con lo que me había encontrado en Mainland (el EE. UU. continental). 

Me mudé a Hawaii a principios de 2019, impresionada por cada uno de los paisajes que Hawaii ofrece, y con muchas esperanzas de que mi trabajo en el observatorio fuera el trabajo de mi vida. Lo primero que más me impresionó (negativamente), fue cuando miré los precios de los alquileres en Waimea, donde tenía que vivir para evitarme al menos 30 min de conducir por las apretadas y serpenteantes carreteras hawaiianas llenas de cabras y cerdos salvales. Resumiendo, no había prácticamente nada por menos de 2000 $. A menos que quieras vivir en un garaje. Sí, hasta los garajes se alquilan para vivir en Hawaii. El segundo susto me lo llevé cuando fui al supermercado y comprobé que el precio de la gran mayoría de productos se duplicaba con respecto al resto de EE. UU. Por ejemplo, el galón de leche (4 litros), que me valía 3$ en Tucson, está a 7$ en Hawaii. O sea que para mí solita, nunca pagaba menos de 100 $ de compra semanal.

En seguida me di también cuenta de que las cosas pasan muy temprano en Hawaii. Debe ser por eso de tener 6 h menos con la costa este de EE. UU., y 12 h menos con España. En lo primero que lo observé fue en los horarios de la piscina perteneciente al colegio privado más caro de Hawaii (40.000 $ al año de matrícula), que abrían de 5:45 a 7:00 de la mañana para que la “comunidad” fuera a nadar. Y lo peor es que según parece siempre están todos los cupos llenos. Menos mal que también había un grupo a mediodía… aunque desapareció con el confinamiento. Después observé también que los vecinos salían a las 5 de la mañana a trabajar. No porque nunca me haya levantado a esa hora, sino más bien aquellos días que mis observadores de MOSFIRE, HIRES o LRIS, el instrumento al que me tocara dar soporte esa noche, me han llamado pidiendo ayuda un poco antes de esa hora… ¿y quién es capaz de irse a dormir después de haber despertado al cerebro para arreglar algún problema urgente de un instrumento en medio de la noche…? Pues yo no.

Viviendo en Hawaii tuve que despedirme también de mis amadas clases de danza del vientre (hasta que llegaron las clases virtuales con el confinamiento). Sólo había encontrado un par de profesoras que daban clases en Kona, a una hora en coche de Waimea, y yo sólo podía ir en fin de semana y si no tenía soporte en el telescopio. Con lo cuál al final era muy difícil encontrar el día y la energía para ir. Además teniendo en cuenta que el galón de gasolina estaba a 4$ (también el doble que en el resto de EE. UU.), mejor me lo pensaba bien. 

A cambio de todo esto tenía el paraíso, que podía disfrutar todos los fines de semana que no estaba por la noche de soporte en el telescopio. Las playas en la Kohala coast son las mejores. Playas de arena blanca, con agua realmente TRANSPARENTE. Si vas a nadar por la mañana es cuando mejor se ve el coral, las tortugas marinas, los peces de colores… y si tienes suerte algún tiburoncillo también. En los casi 2 años que viví allí, hubo al menos un par de ataques de tiburones en la isla. Tenía que elegir entre levantarme para estar a las 5:45 de la mañana en la piscina o ir a nadar entre tiburones… tentador. 

Si tengo que recordar un periodo que nunca olvidaré, es cuando en protesta por la construcción inminente del TMT (Thirty Meter Telescope o Telescopio de 30 m), varias decenas de hawaiianos nativos, incluyendo Kupuna (ancianos) y Keiki (niños), cortaron la carretera de acceso a Mauna Kea, la montaña de 4200 m que corona la isla grande de Hawaii, y diosa hawaiiana, donde están todos los telescopios en la Isla Grande de Hawaii. A esas varias de decenas de personas se unieron otras de todo el mundo que vinieron a apoyar la causa de los nativos llegando a ser miles de personas y dio lugar al movimiento We are Maunakea (Somos Maunakea), que dio lugar incluso a canciones que podías oír en las barbacoas hawaiianas. Solamente este tema me llevaría el resto del blog de hoy, así si quieres saber más sobre lo que pasó, aquí te dejo un par de webs[1]. El caso es que los observatorios estuvieron cerrados durante un mes, y de repente los astrónomos de la isla estábamos, lo quisiéramos o no, en el lado de los malos.

Si hay algo que me llamó la atención, es la separación tan grande que había entre hawaiianos nativos y haoles (blancos, no hawaiianos), desde le punto de vista cultural, por supuesto, pero también a qué escuelas van los niños, a qué playas van, en qué trabajan… yo vivía en un barrio de hawaiianos nativos. Me gustaba ver cómo los niños seguían jugando en la calle todas las tardes aunque lloviera, como solía hacer yo en mi infancia, los vecinos organizaban barbacoas que duraban todo el día e invitaban a 20 amigos, los domingos la gente iba a cazar y se traía a las presas (casi siempre cabras o cerdos salvajes) en la parte de atrás de una ranchera, o también iban a pescar y traían pescados de 1 m, y los gatos de los vecinos eran prácticamente comunales: estaban por la calle y solían saludar a los vecinos. Especialmente Oreo

Mi suerte en Hawaii fue conocer a dos parejas de La Palma, una argentina y otra mezcla madrileña-americana, que se convirtieron en la familia hawaiiana. Sin olvidar por supuesto a las amigas y compañeras de trabajo con las que tan buenas migas he hecho. Si algo he aprendido con tanto viajar por el mundo, es que casi en cualquier sitio a donde vas, puedes encontrar almas gemelas.


[1] https://www.puuhuluhulu.com (en inglés)

https://elpais.com/elpais/2019/07/17/ciencia/1563379750_189461.html (en español)

A solas ante el Universo

El coronavirus nos da una lección de vida

Parecía que siempre íbamos a tenerlo todo. Parecía que el ser humano, como especie, era imbatible. Parecía que el primer mundo era imbatible. Poco nos importaban las escaseces ajenas, de países lejanos al nuestro, porque eso sólo pasa en otros sitios, y nosotros estamos en el primer mundo. Todas esas cosas que durante años hemos dado por sentadas, y que incluso hemos pensado que nos merecemos, todos los bienes materiales que hasta ahora poco habíamos valorado, de repente parecen escasear o desaparecer en cuestión de pocos días: el trabajo de algunos, la posibilidad de viajar a donde queramos, de hacer lo que queramos a todas horas, de salir sin límites, de ir de compras, de ir al gimnasio, o simplemente el hecho de tener papel higiénico en el baño. Todas esas rutinas diarias que hacíamos inconscientemente sin valorar si nos gustaban o no, ni el sentido que tenía hacerlas. De golpe y porrazo, el mundo tal y como lo conocíamos ha dejado de existir. Sí, de existir. Desde hace varias semanas, nuestro presente ha consistido en hacer una vida casera todo el día, con la única excepción de ir al supermercado y a la farmacia. Y ojalá no te toque ir a esta segunda. Pensándolo más en profundidad, esta situación que nos obliga a tener poco o nada de vida social puede que haya dejado al descubierto muchas de nuestras carencias emocionales, especialmente todas aquellas relacionadas con el hecho de que la mayor parte de nosotros no sabe ser feliz por sí mismo y consigo mismo. Y como así es el caso, nos dedicamos a hacer miles de planes sociales y/o a tener ciertos hábitos de consumo únicamente con el fin de buscar el amor/apreciación externo. He aquí un ejemplo: comprarse todos los años mil modelitos de moda en la temporada para sacarlos a relucir en esa quedada multitudinaria con 20 amigos (“amigos”) que pasa el día X de cada semana. Y no se te ocurra repetir mucho un modelito, no vaya a ser que piensen que no tienes dinero para las camisetas/faldas/pantalones del Zaraque en 3 meses habrán sido en cualquier caso engullidos por la lavadora por ser de mala calidad. ¿Para qué te valen hoy los modelitos si no puedes sacarlos de casa? Y los 20 amigos con los que quedabas el día X de la semana, ¿te están escribiendo mucho estos días a ver qué tal llevas la cuarentena y como está tu familia? Y el coche nuevo que te compraste para presumir por el pueblo, ¿quién lo ve ahora? En mi humilde opinión, todas esas cosas que uno no hace para uno mismo, y que no harían si nadie les viera, son las que nos sobran en nuestra vida. Te invito a pensar en otros ejemplos como este.

Si hay alguien que desde luego se está beneficiando con la pandemia del COVID-19 es el planeta Tierra: la contaminación de las ciudades ha bajado hasta un 60%[1], porque la gente ha dejado de ir al trabajo, de atender a los miles de planes sociales y de ir de viaje en general. Las zonas de playas se están regenerando y el mar está más limpio. Hasta el punto que en Canarias se han visualizado delfines y ballenas nadando a sus anchas. Algo que probablemente no ocurría desde antes del boom de turistas que empezaron a venir a España buscando sol, comida y fiesta barata[2]. Algo que mucha gente ve como algo irremplazable para la economía española, pero que como bien estamos viendo es pan para hoy y hambre para mañana. Entendiéndose como “mañana” varios escenarios, como por ejemplo: que a los turistas les dé por irse a otros lados que se pongan más de moda, o que gracias al cambio climático, que se viene a marchas desmesuradas España, todo se seque y sea incapaz de proveer de agua ni a los españoles ni a los turistas que quieran venir. Es decir, que el hambre para mañana va a llegar, sea antes o después. En este caso, gracias al COVID-19, ha sido mucho antes de lo que podríamos imaginarnos: YA. Además, como la gente está dejando de consumir ciertas cosas en realidad prescindibles, véase, los modelitos de la temporada de turno, me imagino que hay muchas empresas textiles que están dejando de hacer su agosto y por ende dejando de contaminar (algo al menos). Nada despreciable si tenemos en cuenta que la industria textil es la segunda más contaminante en el mundo después de la petrolera (sí, eso que le hace falta al coche que ya no puedes sacar para andar)[3]. Cuánta cantidad de contaminación le toca tragarse al planeta sólo para que nosotros aparentemos y hagamos tantas cosas en realidad innecesarias… y si lo piensas, estamos tirándonos piedras en nuestro tejado, porque la Tierra es nuestra casa, la de todos los seres humanos, independientemente de dónde vivas, quién seas, cuánto dinero tengas, o de qué color sea tu piel…

Para acabar, os dejo con una reflexión que hizo en 1990 Carl Sagan, el gran divulgador de astronomía americano, cuando vio una foto de la minúscula Tierra hecha por la Voyager desde Saturno. Una reflexión que a pesar de tener ya 30 años, hoy es está más de actualidad que nunca (https://www.youtube.com/watch?v=e9DK_MNlbRw):

“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestros posicionamientos, nuestra supuesta importancia, el espejismo de que ocupamos una posición privilegiada en el universo … Todo eso lo pone en cuestión ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve. En nuestra oscuridad —en toda esa inmensidad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que también forja el carácter. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido.”

Carl Sagan (9 de noviembre de 1934 – 20 de diciembre de 1996)


[1] https://elpais.com/sociedad/2020-03-19/las-medidas-de-confinamiento-tambien-desploman-los-niveles-de-contaminacion-en-espana.html

[2] https://www.laprovincia.es/multimedia/videos/buzzeando/2020-04-01-199175-coronavirus-canarias-ballenas-delfines-atracciones-aguas-canarias-durante-cuarentena.html

[3] https://contrainformacion.es/la-contaminacion-de-la-industria-textil/

A solas ante el Universo

Volver

Volver, como la película de Almodóvar. Esa que ocurre en un pueblo de La Mancha como el mío, y que tan bien refleja la realidad de vida de la parte del mundo en que nací. Desde que llevo en EE.UU., cuando se acerca el fin de la primavera y el inicio del verano, el cuerpo me pide volver a mi tierra natal, y recordar de dónde vengo, así que ningún año perdono las vacaciones de verano (o un intento de). No sé si será por las 30h de viaje, o por el jetlag, pero es curioso cómo mi percepción de la realidad cambia antes del viaje, en los primeros días que estoy allí, y luego ya en los últimos. Antes del viaje me imagino cómo va a ser todo cuando llegue: el aeropuerto de Madrid, el pueblo, mi casa, mi familia, me imagino comiendo jamón todo el día, sardinas fritas 7 veces a la semana, quiero ir a ver todos mis amigos. Total, aunque estén en Holanda, qué más da, ¡eso está a tiro de piedra! ¡Casi lo veo desde mi pueblo! Pero en realidad a la llegada, después de 30h de viaje, casi no reconozco a mi madre porque si me quedo parada de pie me duermo. Las 30 historietas que le tenía preparados a mi hermana también se me han olvidado porque tengo el cerebro KO, y lo de ir a ver a amigos por Europa se me hace misión imposible. El calor me abruma, y llegar al pueblo casi parece un sueño, eso es, estoy soñando y tengo fiebre, por eso tengo esa sensación tan rara. Al día siguiente, a una hora indefinida para mi cuerpo, porque me he despertado varias veces por la noche sin saber qué hora era ni dónde estaba, la realidad se hace más palpable. De alguna manera son las tantas del mediodía y mi cuerpo sigue sin saber bien dónde está, como un pez al que sacan del agua. Después de desayu-comer mi comida favorita que tenía idealizada, me doy cuenta de que aún me acuerdo del sabor de las sardinas, y que en el fondo no las echaba tanto de menos. Al fin y al cabo, el poke de ahí[1] está bastante bastante rico. Después del café, vamos a hacer el plan del verano por excelencia en los pueblos de La Mancha: ir a la piscina municipal. Aquello está de bote en bote: niños, adolescentes, adultos (hombre y mujeres), y personas mayores a tutiplén. Vamos, que encontrar un sitio en el césped a la sombra es todo un reto, y meterte al agua también… Como no sabía en qué día vivía, me imaginé que era fin de semana, pero luego me di cuenta de que ¡era lunes! ¿cómo lo hace la gente para trabajar e ir a la piscina en el mismo día? Eso es algo impensable en Hawaii (ni en ninguna otra parte de EE.UU.), y eso que la playa está a media hora en coche… Lo mejor es cuando por la noche, ese mismo lunes, sales y las terrazas están llenas de gente tomando tapas y cañas hasta las tantas. Otra cosa impensable donde yo vivo. Con lo cuál, los primeros días de mis vacaciones me pregunto que qué hago viviendo tan lejos, cuando la gente vive tan bien por aquí…

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Los Molinos de Viento de mi pueblo 🙂

Recuerdo que los primeros días que estuve en Tucson no tenía seguro médico porque no había empezado a trabajar (sí, ya te puedes imaginar qué pasa en este país cuando te quedas sin trabajo), con lo cuál, lo que más temía era necesitar ir al médico por cualquier cosa. Me sentía de repente desprotegida y eso me producía bastante ansiedad. Luego además me enteré de que aquí no hay remuneración por desempleo, ni jubilación pública, ni pensiones de ningún otro tipo. Y pensé, “¡guau, cualquiera se queda aquí para toda su vida!”. Todas esas cosas que damos por sentadas en Europa, y que pensamos que nada ni nadie nos va a arrebatar. Pero también muchas cosas eran públicas en EE. UU. hace un par de décadas, y ahora no lo son,  lo cuál quiere decir que las cosas cambian, y también pueden ir a peor si votas al partido equivocado.[2]

Después de varios días de vacaciones y después de hablar un poco más con la gente, te das cuenta de que a pesar de que aparentemente en Europa la gente  tiene muchas cosas gratis o casi gratis (salud, educación y pensiones), de que pueden ir a la piscina un lunes, un martes, un miércoles… y salir de cañas a 1€ por la noche todo el verano, hay mucho inconformismo y también infelicidad. Y, ¿por qué? podría preguntarse cualquiera, y el 90% podría decirte que desde porque hace calor, a porque la vecina se ha copiado mi bañador o porque me toca trabajar el día grande las fiestas del pueblo. Lo cuál indica que la infelicidad o/y el inconformismo no dependen tanto de lo que tengas, sino de lo que seas capaz de echar en falta, ahí está la clave. No se trata de conformarse con cualquier cosa, se trata de valorar y agradecer lo que se tiene ahora, y trabajar por conseguir tus objetivos vitales. Nada de eso involucra a nadie que no seas tú mismo.

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Poke

[2] U.S. Health Care from a Global Perspective: https://www.commonwealthfund.org/publications/issue-briefs/2015/oct/us-health-care-global-perspective.

40 years of budgets show shifting national priorities: https://www.washingtonpost.com/graphics/politics/budget-history/?utm_term=.3a91048fb9e3

A solas ante el Universo

La vida es sueño, y los sueños, sueños son

“No puede ser verdad”, -pensaba mientras contemplaba el terreno desértico de diferentes tonos de marrones. Más allá, el océano Pacífico a lo lejos y muy abajo. Estar en la cima de Mauna Kea, a 4200 m de altitud, es como estar en el cielo. “Joer, no pensaba que llegaría tan pronto”- seguía pensando- “sólo tengo 30 años”.

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Cima de Mauna Kea, el volcán más alto de Hawaii, donde se encuentran los telescopios Keck (a la derecha).

Un par de meses antes me había llegado un inesperado email al correo de la Universidad de Arizona con asunto: “Invitation to interview – W. M. Keck Observatory” (invitación a entrevista – W. M. Keck Observatory). Hawaii, -pensé yo- “bueno, para decir no tiempo tengo…” así que decidí hacer la entrevista a ver qué pasaba, sin ser muy consciente de la importancia que podría tener. Cuando llevas tantos años solicitando postdocs o similares casi sin descanso, ya te hartas de esperar paciente e ilusionadamente el resultado de x o y convocatoria. Simplemente, solicitas los postdocs que te resultan interesantes, y si te llaman bien, y si no, a otra cosa mariposa. Como dicen por ahí: “no te preocupes demasiado por la vida que nadie sale vivo de ella”. Eso decidí hacer yo con respecto al tema laboral desde hacía un par de años.

El caso es que esta convocatoria para una plaza de astrónomo de soporte del observatorio Keck había salido aparentemente bastante bien, tanto, que hasta me habían invitado a una entrevista “in situ” en la sede del observatorio en la isla de Hawaii (Big Island). Cuando me invitaron a la entrevista en Hawaii no me lo podía ni creer… me subieron los calores, y pensé: “bueno, no te ilusiones, que ya sabes como es la ciencia. Tú vete para allá, hazlo lo mejor que puedas, y en el peor de los casos te has ganado un viaje a Hawaii de gratis, y de paso te escapas de los 40ºC de mayo en Tucson un par de días”.

 

Abay
Anaehoomalu Bay, primera playa que visité en Hawaii. Por cierto, está llena de tiburones…

 

Y allí estaba, después de 12h de viaje, en Hawaii. El primer día de la entrevista fue el más intenso, hablando con todos los peces gordos del sitio. Pero ya había entrenado. En Steward, en la Universidad de Arizona, nos entrenaban a diario para aprender a contestar de manera que parece que estás muy segura a todas las preguntas que te hagan. Pobre de ti si no. Da igual el tipo de pregunta, tanto si es qué comiste ayer, como si es cuánto te ha dado el periodo de rotación del objeto x de masa planetaria, has de responder como si te lo supieras de memoria. Si es más o menos verdad es lo de menos. En cualquier caso, no hizo falta sacar tanto ese tipo de actitud tan normal en el ámbito académico en EE. UU. Eso fue en gran parte lo que me gustó de Keck. Por fin un sitio donde la gente parecía normal, y no se morían por ser los primeros en publicar cualquier descubrimiento que al 99.99999% del planeta se la trae floja.

 

Keck
Visita durante mi entrevista al telescopio Keck II. En la foto se puede vera la fondo el telescopio de 10 m de diámetro compuesto por 36 espejos en segmentos.

 

Así que, cuando al final del segundo día de entrevista, descendiendo Mauna Kea, Randy me dijo que me iban a hacer una oferta, tuve que hacer grandes esfuerzos para no pegar un bote dentro del coche. Al final, esta era la plaza (fija) de astrónoma a la que yo había estado aspirando desde que tengo uso de razón (ver la primera entrada de este blog). Estaba rozando mi sueño con los dedos… un momento sin duda memorable… Una pena que estuviera feo expresarlo. Al fin y al cabo, son americanos, y seguro que eso podría ser visto como un signo de poca profesionalidad o incluso de debilidad. De verdad los pensamientos de esta gente son inescrutables…

A solas ante el Universo

A este lado del muro

El año 2018 auguraba grandes aventuras y grandes cambios para mí. Simplemente lo sabía, lo intuía. Atrás quedaba un 2017 tumultuoso, como muchos altibajos, choques culturales, piedras en el camino, y, sobre todo, mucho aprendido. Sobre mi trabajo, obviamente, pero también sobre EE. UU., y sobre los más y los menos con los que la gente vive en esta parte del mundo.

Empezamos este 2018 que tantos cambios traería, viajando. Este fue un viaje a lo largo de la frontera de EE.UU. con México desde Tucson hasta San Diego. Cogimos la autopista I-10, que lleva a Phoenix, y a mitad de camino entre Phoenix y Tucson dimos un giro al oeste cogiendo la autopista I-8. La I-8 nos llevaría hasta San Diego paralelamente a la frontera con México por uno de los desiertos más áridos del mundo. Hasta la misma entrada de San Diego no se sentiría la cercanía del mar. Primera parada para comer y beber agua. En las carreteras de EE.UU. hay muchos lugares con merenderos, baños y fuentes donde se puede parar a descansar. Eso sí, había un cartel muy claro: “cuidado con la vida salvaje”. Y mostraba el dibujo de una serpiente y un escorpión… Fuimos a beber agua, y ay nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta de que estaba salada… ¡arg! Estamos en el desierto de Arizona, y la naturaleza lucha constantemente para matarte si puede: calor, sequedad, osos, serpientes, coyotes, jabalinas, escorpiones… y un largo etcétera.

Siguiendo el camino hasta San Diego, después de cruzar la frontera entre Arizona y California, donde en verano se llegan tranquilamente a los 50 grados, empezamos a ver dunas a los dos lados de la carretera. No había visto unas dunas tan grandes desde que estuve en el desierto del Sáhara. Mirando hacia el sur, al fondo, se veía el famoso muro que separa México de EE.UU. No podía parar de imaginarme las condiciones en las que tiene que vivir la gente al otro lado, para decidir jugarse la vida intentando cruzar el muro, atravesando a pie este árido y mortífero  desierto durante varios días. Pero de momento, voy a empezar por contarles la historia bonita de cómo es la vida a “este” lado del muro. Dentro de unos capítulos, ya les contaré cómo es la vida al “otro” lado.

dunas
Dunas en la frontera entre EE.UU y México

Después de atravesar unas curvas a través montañas pedregosas durante más de media hora, avistamos San Diego al fondo. Lleno de casitas bonitas en montañas rodeadas por palmeras y por un verdor espectacular. Nos quedaos en un Airb&b en un barrio normalito de la ciudad. 90$ la noche por un estudio mínimo, con una habitación muy básica y un baño mínimo sin puerta.

Al día siguiente fuimos a explorar la ciudad. Hicimos la primera parada en Conrado. Una especie de península conectada por un puente gigante con la ciudad, dentro de la cual se dibujaba la bahía de San Diego. Conrado es un despilfarro de casas ultralujosas mirando a la bahía, o hacia el océano Pacífico, en frente de una playa kilométrica. Fuimos primero a la bahía, desde donde se veían los rascacielos del downtown de San Diego. Había barcos para turistas, gente pescando, aviones volando por encima, pájaros revoloteando y comiéndose las migajas que la gente iba dejando por el suelo… en verdad era como una postal de ensueño.

conrado
Conrado

gaviotas
Playa de Conrado

Por la tarde fuimos a la playa al otro lado de la península, que daba al océano Pacífico[1]. En la playa se celebraba una boda como las de Hollywood. ¿Cuánto habrán pagado para venir aquí a casarse? Menudo negocio el de las bodas, en EE.UU. y en todas partes… y pensar que sólo un par de millas más al sur siguiendo esa playa hay gente en la extrema pobreza que se juega la vida intentando pasar la frontera por el mar…

Al llegar cerca del agua, había gaviotas revoloteando todo el rato, que salían corriendo cuando llegaba una ola. Había otras que durante el vuelo tiraban algo al suelo. Me pareció muy curioso, ¿para qué iban a gastar su energía en tirar cosas mientras volaban? Unos minutos más tarde me di cuenta que lo que tiraban desde el aire eran unas conchas cerradas que recogían de la playa, y lo hacían para romper la cáscara y comerse el pobre bicho que vive dentro. Qué ingeniosas las gaviotas. Esa tarde fuimos a ver la puesta de sol a un acantilado. Abajo había una playa donde algunos surferos con el traje de neopreno intentaban desafiar a las olas. Al horizonte se veían algunas nubes enrevesadas que parecían querer comerse al sol en el horizonte. Creo que en algún momento lo consiguieron, dejando un rastro de sangre en el horizonte.

 

 

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El atardecer de San Diego

 

 

 

surferos
Surferos y el atardecer

 

Al día siguiente fuimos al parque Balboa, donde está el zoo de San Diego. Es un parque espectacular si no has estado en El Retiro de Madrid, si no, es tirando a normalito. Eso sí, había actuaciones de mimos y artistas a cada paso, y una multitud de gente deseando pagar los más de 50$ que vale la entrada al zoo.

Por la tarde fuimos a pasear por La Jolla, donde estuvimos viendo las focas gigantes acostadas en la playa, y las olas que rompían contra el rompeolas. Allí buscamos un café para escribir una entrada de mi blog, concretamente esta: https://elenamanjavacas.wordpress.com/2018/01/14/a-solas-ante-el-universo-2/.

Con eso concluía nuestro viaje exprés a la ciudad fronteriza de EE. UU. que recibe más inmigrantes al día. La vida de este lado parecía idílica: el sol, la temperatura ideal, una ciudad cuidada y verde, millones de atracciones (si tienes el dinero para pagarlas…).

Si me siguen leyendo, en un par de capítulos les contaré cómo es la vida al otro lado del muro. Ojalá les ayude a entender por qué la gente se juega la vida emigrando del país que, con menor o mayor suerte, les fue dado al nacer.

[1]Siempre me pareció un ironía lo de que el océano Pacífico se llame “pacífico”