Hazte extranjero

Hace poco cumplí 5 años desde que me mudé a EE. UU. Primero a Tucson (Arizona), de ahí a Hawaii, y por último Baltimore, donde estoy ahora. Si no lo has hecho nunca, puede parecer que emigrar a otro país es algo así como lo que hacen los pájaros todos los años, o las ballenas, pero que al final del día es como estar en tu casa, pero “por ahí”, o mejor.

Yo he tenido la suerte de mudarme para perseguir el trabajo de mis sueños, con (casi) todas la facilidades, visado, dinero para la mudanza, y algunos cuantos compañeros en mi lugar de destino que al principio sólo eran conocidos y luego se convirtieron en mi “familia elegida”. Aún así, vivir en un país extranjero no es nada fácil, sobre todo si no hablas el idioma como lengua materna. Antes de venirme aquí llevaba toda la vida aprendiendo inglés, y aún así, y después de 5 años, sigo teniendo acento español, y me siguen pidiendo que repita cosas porque no me entienden. Mis costumbres son totalmente diferentes a las de los estadounidenses: sigo sin cenar a las 7 de tarde, sigo odiando los coches gigantes, comer deprisa, la comida basura, usar y tirar cosas, trabajar todos días del año y no cogerme vacaciones, no decir las cosas claras, y también vivir lejos de mi familia. Una de las cosas difíciles es que en realidad, cuando vives fuera de la Unión Europea, no tienes facilidades para visitar tu país cuando quieras. Al final nuestro trabajo depende de que nos concedan un visado, y hay unas cuantas ocasiones en las que el visado te limita tu facilidad de viajar. Sin ir más lejos, durante la pandemia, restricciones de viaje aparte, muchos llevamos años sin volver a visitar a nuestra familia porque por unas causas o por otras era posible que no pudieras volver al país para continuar trabajando. Al final, no importa cuánto tiempo me quede aquí, que siempre seré de fuera. Como cualquier persona que haya emigrado a otro país.

Durante uno de mis viajes al Monument Valley – Arizona, EE.UU.

No sé si recordáis el famoso anuncio de Campofrío de hace unos años en que una viejita muy simpática, Chus, decía que se iba a hacer extranjera. Salía en una calle como del centro de Madrid donde había muchos puestos de diferentes países que intentaban reclutar extranjeros españoles, y había varios actores españoles intentando decidirse de qué país hacerse. Pero si te haces, es con todas las de la ley, nada de comportarse “como un español”, tienes que hacer las mismas cosas que la gente del país al que te conviertes. Al final, eso es un poco lo que pasa cuando te mudas a otro país con una cultura muy diferente a la tuya, al final tienes que seguir las normas del país y adaptarte a las convenciones sociales de dónde te mudas. Por eso, en EE.UU. no das dos besos cuando acabas de conocer a alguien (tampoco cuando los conocer mucho), tampoco cuentas demasiadas cosas personales en el trabajo, se es extremadamente profesional, se es (extremadamente) políticamente correcto, y procuras contarle tus penas sólo a tu terapeuta, porque hacer amigos íntimos es casi un signo de debilidad. Por eso los emigrados necesitamos tener nuestra pequeña comunidad de “paisanos en el extranjero” para poder comportarnos como somos en realidad, no como toca comportarse en el país en el que has caído. Al final, como dice el anuncio, uno puede irse, pero no hacerse.

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