Hazte extranjero

Hace poco cumplí 5 años desde que me mudé a EE. UU. Primero a Tucson (Arizona), de ahí a Hawaii, y por último Baltimore, donde estoy ahora. Si no lo has hecho nunca, puede parecer que emigrar a otro país es algo así como lo que hacen los pájaros todos los años, o las ballenas, pero que al final del día es como estar en tu casa, pero “por ahí”, o mejor.

Yo he tenido la suerte de mudarme para perseguir el trabajo de mis sueños, con (casi) todas la facilidades, visado, dinero para la mudanza, y algunos cuantos compañeros en mi lugar de destino que al principio sólo eran conocidos y luego se convirtieron en mi “familia elegida”. Aún así, vivir en un país extranjero no es nada fácil, sobre todo si no hablas el idioma como lengua materna. Antes de venirme aquí llevaba toda la vida aprendiendo inglés, y aún así, y después de 5 años, sigo teniendo acento español, y me siguen pidiendo que repita cosas porque no me entienden. Mis costumbres son totalmente diferentes a las de los estadounidenses: sigo sin cenar a las 7 de tarde, sigo odiando los coches gigantes, comer deprisa, la comida basura, usar y tirar cosas, trabajar todos días del año y no cogerme vacaciones, no decir las cosas claras, y también vivir lejos de mi familia. Una de las cosas difíciles es que en realidad, cuando vives fuera de la Unión Europea, no tienes facilidades para visitar tu país cuando quieras. Al final nuestro trabajo depende de que nos concedan un visado, y hay unas cuantas ocasiones en las que el visado te limita tu facilidad de viajar. Sin ir más lejos, durante la pandemia, restricciones de viaje aparte, muchos llevamos años sin volver a visitar a nuestra familia porque por unas causas o por otras era posible que no pudieras volver al país para continuar trabajando. Al final, no importa cuánto tiempo me quede aquí, que siempre seré de fuera. Como cualquier persona que haya emigrado a otro país.

Durante uno de mis viajes al Monument Valley – Arizona, EE.UU.

No sé si recordáis el famoso anuncio de Campofrío de hace unos años en que una viejita muy simpática, Chus, decía que se iba a hacer extranjera. Salía en una calle como del centro de Madrid donde había muchos puestos de diferentes países que intentaban reclutar extranjeros españoles, y había varios actores españoles intentando decidirse de qué país hacerse. Pero si te haces, es con todas las de la ley, nada de comportarse “como un español”, tienes que hacer las mismas cosas que la gente del país al que te conviertes. Al final, eso es un poco lo que pasa cuando te mudas a otro país con una cultura muy diferente a la tuya, al final tienes que seguir las normas del país y adaptarte a las convenciones sociales de dónde te mudas. Por eso, en EE.UU. no das dos besos cuando acabas de conocer a alguien (tampoco cuando los conocer mucho), tampoco cuentas demasiadas cosas personales en el trabajo, se es extremadamente profesional, se es (extremadamente) políticamente correcto, y procuras contarle tus penas sólo a tu terapeuta, porque hacer amigos íntimos es casi un signo de debilidad. Por eso los emigrados necesitamos tener nuestra pequeña comunidad de “paisanos en el extranjero” para poder comportarnos como somos en realidad, no como toca comportarse en el país en el que has caído. Al final, como dice el anuncio, uno puede irse, pero no hacerse.

A solas ante el Universo

Los veranos que pasaron

Después de una semana trasnochando para adaptarme al horario de noche en preparación a 4 días de observación en el telescopio, hoy que puedo irme a la cama a mi hora no puedo dormir. Así que paso a formar parte de la cohorte de vecinos de Baltimore, como unos cuantos del edificio de enfrente, que pasan hasta las tantas con las luces encendidas sin saber muy bien qué hacer.

Estaba intentando dormir, con algo de calor, cuando me vinieron a la mente recuerdos aleatorios de los veranos de mi infancia y adolescencia. Sí, de cuando tenía veranos que significaban vacaciones, no como ahora, y eran la época del año más interesante.

Mi madre, la pobre como toda mujer de agricultor manchego, se pasaba los veranos trabajando en los ajos. En junio recoger, en julio cortar, y en agosto a la cooperativa a pelar[1]. Por eso, hasta los 11 años, me pasaba los veranos entre semana en el pueblo de mi madre, Santa María, con mi abuela y con mi tía. Allí me pasaba el verano viendo el Equipo A, lavando la ropa a mano con mi abuela en la pila, yendo a las piscinas por la tarde con mi tía, y pasando las noches jugando en la calle “al fresco” con mis primas segundas, que venían al pueblo a pasar el verano. Los viernes mi padre iba a recogerme y pasaba los fines de semana en casa. El garaje de mi casa olía a ajos porque los teníamos allí almacenas después de haberlos cortado, a la espera de que la cooperativa nos comprara la mayoría a un precio más o menos mal pagado. El resto de ajos “de destrío” se repartían para el gasto de la familia. Mi madre salía a las 11 de la noche de trabajar. Normalmente cuando llegaba a casa los platos del almuerzo seguían aún en el fregadero sin lavar. Mi padre, aunque estaba en casa desde antes, entendía que no era su labor lavar los platos, así que más de una vez, sin todavía llegar mucho a la pila, los fregaba yo. Luego íbamos a recoger a mi madre con mi padre y mi hermana, que parecía salir muy contenta de su trabajo. Apuesto a que lo estaba.

Un fin de semana del verano, y sólo uno, que habitualmente coincidía con el final del Tour de Francia, íbamos a pasar el domingo a Las Lagunas de Ruidera. Mi madre hacía el hato con un montón de comida, los bañadores y la colchoneta, y allí nos plantábamos. En agosto, coincidiendo con las fiestas de la virgen de Manjavacas, nos íbamos de vacaciones dos o tres días (como mucho) a la casa de la prima de mi madre a Puerto de Sagunto. Eran los días más esperados del año. Una pena que al tercer día casi siempre mi padre se cansara de “tanto jaleo”, “gastar cuartos” y del “agua salá”, y dábamos por concluidas las vacaciones. En cuanto pasaban las fiestas de Santa María a finales de agosto, de las cuales yo no me perdía nada (ver foto), el verano se daba prácticamente por concluido, porque como ya sabe mi tía Paqui, nunca aprecié mucho a San Agustín[2]. Después de la última fiesta del verano, llega septiembre, con otra de mis épocas favoritas: la de comprar los libros y los cuadernos para el nuevo curso. 

En las fiestas de Santa María hace muchos años con mi abuela, mi tía abuela, y mi prima

Después de los 12 años, mis padres decidieron que ya estaba mayor para ayudar al corte de ajos como los demás “chicotes”, quedarme con mi hermana pequeña, y ayudar a limpiar mientras mi madre trabajaba. Así que hasta ahí podemos decir que llegaron los veranos ociosos de mi infancia. Desde entonces, creo que me libré del corte de ajos el verano que me fui a la Ruta Quetzal, el 2003, hasta que ya estando en la Universidad mi padre decidió dejar de sembrar ajos. Qué descanso. 


[1]Esos ajos que echas a tu comida llevan un arduo proceso detrás y mucho trabajo mal pagado. Aquí un vídeo que explica el proceso, que es menos bonito de lo que explica en el vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=uFOn6VflipM&list=PL4UcqSEUtuO0JCxHln_7ZvTHtfZ0hrfOc&index=1

[2] La fiesta de San Agustín y la Virgen del Valle es a finales de agosto en mi pueblo. No es que tenga nada en contra de este santo, pero mi tía solía decirme cuando había que desaparecer algún juguete de “la chicota” que San Agustín se lo había llevado. Qué frustración.

A solas ante el Universo

Guía para no tener que celebrar el 11 de febrero, día de la Mujer y la Niña en la ciencia

Hace poco descubrieron en Sudamérica una mujer enterrada  hace 8.000 años con todo un arsenal para cazar grandes animales[1]. Este hallazgo cambia la idea que se ha tenido siempre de que la división de tareas entre hombres y mujeres ha sido así “toda la vida”. Este hallazgo viene a demostrar que antes de que el hombre se asentara en pueblos y ciudades, cuando aún era nómada y vivía en cuevas, los papeles que desempeñaban hombres y mujeres en la sociedad no estaban, al menos, tan divididos[2]. Y es que para cazar no sólo hacía falta fuerza, sino también cerebro.

Entre el 6000 a.C. y el 5000 a.C. se empezaron a formar las primeras ciudades, y el hombre empezó a dedicarse a la agricultura y la ganadería. Esta nueva forma de vida hizo que hubiera más riqueza, cambió la sociedad, y  aparecieron castas. Y a partir de ahí es cuando comienza la división de los roles de hombres y mujeres en la sociedad. 

Desde entonces ya sabemos lo que ha ido ocurriendo: los hombres son los protagonistas de la historia, y de todos los ámbitos de la cultura, el arte, la ciencia, la literatura, el deporte… Si te pones a pensar, seguramente consigas dar con muy pocos referentes femeninos en prácticamente todos los ámbitos culturales y de la historia. Y si das con alguno, muy probablemente lo único que se destaca de ellas es su belleza o su maldad, pero de muy muy pocas su inteligencia, o su sabiduría. Esto ocurre también en disciplinas que actualmente se consideran “de mujeres”, como el arte, la literatura e incluso la cocina. El primer paso para cambiar esta tendencia histórica es sacar a la luz todas esas figuras femeninas sepultadas por una historia escrita por  hombres. Actualmente, hay autoras (más que autores), y organizaciones (de mujeres, más que de hombres) intentando visibilizar estas figuras. Aquí menciono algunas:  No More Matildas (Asociación de Mujeres Investigadoras y Tecnólogas), Invitadas(Museo del Prado), Concilia2Mujeres a seguir. Como autoras que destacan el papel de la mujer en la historia, me gustaría destacar “Nosotras. Historias de Mujeres y algo más”, de Rosa Montero, o “No me cuentes cuentos”.

Ahora que ya conocemos el problema, ¿cómo revertirlo para que dentro de unos años no tengamos la necesidad de celebrar el 11 de febrero, ni el día 8 de marzo (día de la Mujer)? Aquí propongo ocho iniciativas que podrían ayudar a paliar la escasez de la mujer en la ciencia en particular, pero seguramente también en muchos otros ámbitos:

1/ Hacer trainings para concienciar de los sesgos y prejuicios de hombres y de mujeres. Muchas veces no somos conscientes de nuestros sesgos, ya seamos hombres o mujeres. Conocerlos nos ayudará a ser más justos a la hora de valuar objetivamente el trabajo de otras personas.

2/ Hacer que las solicitudes a postdocs u otro tipo de plazas sean anónimos. Se ha demostrado que somos capaces de decir de manera más objetiva cuando no se sabe el sexo, o no se tiene una imagen de la persona que está solicitando una plaza. Un ejemplo famoso es el de John y Jenny, o el de cómo cambió la proporción hombres/mujeres en orquestas cuando se empezaron a seleccionar candidato/as de forma ciega.

3/ Invitar activamente a más mujeres a dar charlas en conferencias, para visibilizar y ayudar a que se den a conocer en su campo tanto como se ayuda a los hombres.

4/ Hacer leyes estrictas que protejan a la mujer del acoso sexual y laboral en el trabajo. Y que se apliquen, obviamente. 

5/ Hacer comités de diversidad que monitoreen las evaluaciones de candidatos/as o de propuestas para proyectos, para asegurarse de que son justas y no se basan en prejuicios.

6/ Ofrecer programas de mentorazgo y coaching para mujeres científicas. Formar un red de apoyo para ayudarnos mutuamente y promocionarnos activamente. Los beneficios de la redes de mentorazgo son innumerables y poderosísimos.

7/ Cambiar el sistema de méritos para conseguir plazas fijas: valorar no sólo los méritos en investigación, sino también en “servicio a la comunidad”, ya sea a través de la divulgación o de la enseñanza de calidad, o promoviendo la diversidad en ciencia. Todo ello también beneficia activamente a la ciencia.

8/ Finalmente y lo más importante, educar desde el hogar, los colegios, y desde los medios de comunicación que las tareas del hogar, y el cuidado de hijos y mayores son tareas responsabilidad de hombres y de mujeres por igual. 

Recuerda que no sólo debemos promover la existencia de mujeres en puestos de liderazgo porque sea nuestro derecho, que lo es, si no porque además se ha demostrado que los grupos científicos más variados son más productivos y tienen idea más originales. ¿Quién quiere contratar a más mujeres en su grupo o en su facultad?


[1] Ver artículo completo aquí: https://elpais.com/ciencia/2020-11-04/las-mujeres-prehistoricas-tambien-cazaban-grandes-animales.html

[2] Artículo completo: https://elpais.com/ciencia/2020-11-13/la-cazadora-que-reescribio-la-prehistoria.html?fbclid=IwAR2wMt4ZsSfiDe-wojwEolOVP2iMhlO7bZ_KjZ70k7bnKp1-tZZXOU0-5do

Viviendo en el Paraíso

Era el día entré de llenó en la treintena, decidí aceptar mi primer contrato indefinido para irme a Hawaii a trabajar de astrónoma. Nada más ni nada menos que para los observatorios W. M. Keck. Hacía poco menos de un mes había estado allí para la entrevista presencial, he de admitir que fue como un viaje a otro mundo o a un sitio muy lejano: me levanté a las 3 de la mañana para no perder mi vuelo desde Tucson, que me dejaría a las 2 de la tarde en Kona, la capital turística de la Isla Grande de Hawaii. Llegar a un sitio con tantas horas de avión en la espalda siempre le da al lugar de destino un tono de irrealidad: la agradable temperatura al bajarse del avión, la brisa marina, la lava que aún se veía reciente. Mentiría si dijera que en mi decisión de irme a vivir a Hawaii no influyeron los paisajes, el mar con un azul cristalino que no había visto en mi vida y la calidez de la gente que conocí. Definitivamente, por mucho que Hawaii lleve varias décadas siendo el estado número 50 de EE. UU., nada tenía que ver con lo que me había encontrado en Mainland (el EE. UU. continental). 

Me mudé a Hawaii a principios de 2019, impresionada por cada uno de los paisajes que Hawaii ofrece, y con muchas esperanzas de que mi trabajo en el observatorio fuera el trabajo de mi vida. Lo primero que más me impresionó (negativamente), fue cuando miré los precios de los alquileres en Waimea, donde tenía que vivir para evitarme al menos 30 min de conducir por las apretadas y serpenteantes carreteras hawaiianas llenas de cabras y cerdos salvales. Resumiendo, no había prácticamente nada por menos de 2000 $. A menos que quieras vivir en un garaje. Sí, hasta los garajes se alquilan para vivir en Hawaii. El segundo susto me lo llevé cuando fui al supermercado y comprobé que el precio de la gran mayoría de productos se duplicaba con respecto al resto de EE. UU. Por ejemplo, el galón de leche (4 litros), que me valía 3$ en Tucson, está a 7$ en Hawaii. O sea que para mí solita, nunca pagaba menos de 100 $ de compra semanal.

En seguida me di también cuenta de que las cosas pasan muy temprano en Hawaii. Debe ser por eso de tener 6 h menos con la costa este de EE. UU., y 12 h menos con España. En lo primero que lo observé fue en los horarios de la piscina perteneciente al colegio privado más caro de Hawaii (40.000 $ al año de matrícula), que abrían de 5:45 a 7:00 de la mañana para que la “comunidad” fuera a nadar. Y lo peor es que según parece siempre están todos los cupos llenos. Menos mal que también había un grupo a mediodía… aunque desapareció con el confinamiento. Después observé también que los vecinos salían a las 5 de la mañana a trabajar. No porque nunca me haya levantado a esa hora, sino más bien aquellos días que mis observadores de MOSFIRE, HIRES o LRIS, el instrumento al que me tocara dar soporte esa noche, me han llamado pidiendo ayuda un poco antes de esa hora… ¿y quién es capaz de irse a dormir después de haber despertado al cerebro para arreglar algún problema urgente de un instrumento en medio de la noche…? Pues yo no.

Viviendo en Hawaii tuve que despedirme también de mis amadas clases de danza del vientre (hasta que llegaron las clases virtuales con el confinamiento). Sólo había encontrado un par de profesoras que daban clases en Kona, a una hora en coche de Waimea, y yo sólo podía ir en fin de semana y si no tenía soporte en el telescopio. Con lo cuál al final era muy difícil encontrar el día y la energía para ir. Además teniendo en cuenta que el galón de gasolina estaba a 4$ (también el doble que en el resto de EE. UU.), mejor me lo pensaba bien. 

A cambio de todo esto tenía el paraíso, que podía disfrutar todos los fines de semana que no estaba por la noche de soporte en el telescopio. Las playas en la Kohala coast son las mejores. Playas de arena blanca, con agua realmente TRANSPARENTE. Si vas a nadar por la mañana es cuando mejor se ve el coral, las tortugas marinas, los peces de colores… y si tienes suerte algún tiburoncillo también. En los casi 2 años que viví allí, hubo al menos un par de ataques de tiburones en la isla. Tenía que elegir entre levantarme para estar a las 5:45 de la mañana en la piscina o ir a nadar entre tiburones… tentador. 

Si tengo que recordar un periodo que nunca olvidaré, es cuando en protesta por la construcción inminente del TMT (Thirty Meter Telescope o Telescopio de 30 m), varias decenas de hawaiianos nativos, incluyendo Kupuna (ancianos) y Keiki (niños), cortaron la carretera de acceso a Mauna Kea, la montaña de 4200 m que corona la isla grande de Hawaii, y diosa hawaiiana, donde están todos los telescopios en la Isla Grande de Hawaii. A esas varias de decenas de personas se unieron otras de todo el mundo que vinieron a apoyar la causa de los nativos llegando a ser miles de personas y dio lugar al movimiento We are Maunakea (Somos Maunakea), que dio lugar incluso a canciones que podías oír en las barbacoas hawaiianas. Solamente este tema me llevaría el resto del blog de hoy, así si quieres saber más sobre lo que pasó, aquí te dejo un par de webs[1]. El caso es que los observatorios estuvieron cerrados durante un mes, y de repente los astrónomos de la isla estábamos, lo quisiéramos o no, en el lado de los malos.

Si hay algo que me llamó la atención, es la separación tan grande que había entre hawaiianos nativos y haoles (blancos, no hawaiianos), desde le punto de vista cultural, por supuesto, pero también a qué escuelas van los niños, a qué playas van, en qué trabajan… yo vivía en un barrio de hawaiianos nativos. Me gustaba ver cómo los niños seguían jugando en la calle todas las tardes aunque lloviera, como solía hacer yo en mi infancia, los vecinos organizaban barbacoas que duraban todo el día e invitaban a 20 amigos, los domingos la gente iba a cazar y se traía a las presas (casi siempre cabras o cerdos salvajes) en la parte de atrás de una ranchera, o también iban a pescar y traían pescados de 1 m, y los gatos de los vecinos eran prácticamente comunales: estaban por la calle y solían saludar a los vecinos. Especialmente Oreo

Mi suerte en Hawaii fue conocer a dos parejas de La Palma, una argentina y otra mezcla madrileña-americana, que se convirtieron en la familia hawaiiana. Sin olvidar por supuesto a las amigas y compañeras de trabajo con las que tan buenas migas he hecho. Si algo he aprendido con tanto viajar por el mundo, es que casi en cualquier sitio a donde vas, puedes encontrar almas gemelas.


[1] https://www.puuhuluhulu.com (en inglés)

https://elpais.com/elpais/2019/07/17/ciencia/1563379750_189461.html (en español)

A solas ante el Universo

El coronavirus nos da una lección de vida

Parecía que siempre íbamos a tenerlo todo. Parecía que el ser humano, como especie, era imbatible. Parecía que el primer mundo era imbatible. Poco nos importaban las escaseces ajenas, de países lejanos al nuestro, porque eso sólo pasa en otros sitios, y nosotros estamos en el primer mundo. Todas esas cosas que durante años hemos dado por sentadas, y que incluso hemos pensado que nos merecemos, todos los bienes materiales que hasta ahora poco habíamos valorado, de repente parecen escasear o desaparecer en cuestión de pocos días: el trabajo de algunos, la posibilidad de viajar a donde queramos, de hacer lo que queramos a todas horas, de salir sin límites, de ir de compras, de ir al gimnasio, o simplemente el hecho de tener papel higiénico en el baño. Todas esas rutinas diarias que hacíamos inconscientemente sin valorar si nos gustaban o no, ni el sentido que tenía hacerlas. De golpe y porrazo, el mundo tal y como lo conocíamos ha dejado de existir. Sí, de existir. Desde hace varias semanas, nuestro presente ha consistido en hacer una vida casera todo el día, con la única excepción de ir al supermercado y a la farmacia. Y ojalá no te toque ir a esta segunda. Pensándolo más en profundidad, esta situación que nos obliga a tener poco o nada de vida social puede que haya dejado al descubierto muchas de nuestras carencias emocionales, especialmente todas aquellas relacionadas con el hecho de que la mayor parte de nosotros no sabe ser feliz por sí mismo y consigo mismo. Y como así es el caso, nos dedicamos a hacer miles de planes sociales y/o a tener ciertos hábitos de consumo únicamente con el fin de buscar el amor/apreciación externo. He aquí un ejemplo: comprarse todos los años mil modelitos de moda en la temporada para sacarlos a relucir en esa quedada multitudinaria con 20 amigos (“amigos”) que pasa el día X de cada semana. Y no se te ocurra repetir mucho un modelito, no vaya a ser que piensen que no tienes dinero para las camisetas/faldas/pantalones del Zaraque en 3 meses habrán sido en cualquier caso engullidos por la lavadora por ser de mala calidad. ¿Para qué te valen hoy los modelitos si no puedes sacarlos de casa? Y los 20 amigos con los que quedabas el día X de la semana, ¿te están escribiendo mucho estos días a ver qué tal llevas la cuarentena y como está tu familia? Y el coche nuevo que te compraste para presumir por el pueblo, ¿quién lo ve ahora? En mi humilde opinión, todas esas cosas que uno no hace para uno mismo, y que no harían si nadie les viera, son las que nos sobran en nuestra vida. Te invito a pensar en otros ejemplos como este.

Si hay alguien que desde luego se está beneficiando con la pandemia del COVID-19 es el planeta Tierra: la contaminación de las ciudades ha bajado hasta un 60%[1], porque la gente ha dejado de ir al trabajo, de atender a los miles de planes sociales y de ir de viaje en general. Las zonas de playas se están regenerando y el mar está más limpio. Hasta el punto que en Canarias se han visualizado delfines y ballenas nadando a sus anchas. Algo que probablemente no ocurría desde antes del boom de turistas que empezaron a venir a España buscando sol, comida y fiesta barata[2]. Algo que mucha gente ve como algo irremplazable para la economía española, pero que como bien estamos viendo es pan para hoy y hambre para mañana. Entendiéndose como “mañana” varios escenarios, como por ejemplo: que a los turistas les dé por irse a otros lados que se pongan más de moda, o que gracias al cambio climático, que se viene a marchas desmesuradas España, todo se seque y sea incapaz de proveer de agua ni a los españoles ni a los turistas que quieran venir. Es decir, que el hambre para mañana va a llegar, sea antes o después. En este caso, gracias al COVID-19, ha sido mucho antes de lo que podríamos imaginarnos: YA. Además, como la gente está dejando de consumir ciertas cosas en realidad prescindibles, véase, los modelitos de la temporada de turno, me imagino que hay muchas empresas textiles que están dejando de hacer su agosto y por ende dejando de contaminar (algo al menos). Nada despreciable si tenemos en cuenta que la industria textil es la segunda más contaminante en el mundo después de la petrolera (sí, eso que le hace falta al coche que ya no puedes sacar para andar)[3]. Cuánta cantidad de contaminación le toca tragarse al planeta sólo para que nosotros aparentemos y hagamos tantas cosas en realidad innecesarias… y si lo piensas, estamos tirándonos piedras en nuestro tejado, porque la Tierra es nuestra casa, la de todos los seres humanos, independientemente de dónde vivas, quién seas, cuánto dinero tengas, o de qué color sea tu piel…

Para acabar, os dejo con una reflexión que hizo en 1990 Carl Sagan, el gran divulgador de astronomía americano, cuando vio una foto de la minúscula Tierra hecha por la Voyager desde Saturno. Una reflexión que a pesar de tener ya 30 años, hoy es está más de actualidad que nunca (https://www.youtube.com/watch?v=e9DK_MNlbRw):

“Mira ese punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Eso somos nosotros. Ahí ha vivido todo aquel de quien hayas oído hablar alguna vez, todos los seres humanos que han existido. La suma de todas nuestras alegrías y sufrimientos, miles de religiones seguras de sí mismas, ideologías y doctrinas económicas, cada cazador y recolector, cada héroe y cada cobarde, cada creador y destructor de civilizaciones, cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada niño esperanzado, cada madre y cada padre, cada inventor y explorador, cada maestro moral, cada político corrupto, cada “superestrella”, cada “líder supremo”, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí: en una mota de polvo suspendida en un rayo de sol. La Tierra es un muy pequeño escenario en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre vertida por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades cometidas por los habitantes de un lugar del punto sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra parte del punto. Cuán frecuentes sus malentendidos, cuán ávidos están de matarse los unos a los otros, cómo de fervientes son sus odios. Nuestros posicionamientos, nuestra supuesta importancia, el espejismo de que ocupamos una posición privilegiada en el universo … Todo eso lo pone en cuestión ese punto de luz pálida. Nuestro planeta es un solitario grano de polvo en la gran penumbra cósmica que todo lo envuelve. En nuestra oscuridad —en toda esa inmensidad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. Dependemos sólo de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, en este momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una experiencia de humildad, y yo añadiría que también forja el carácter. En mi opinión, no hay mejor demostración de la locura que es la soberbia humana que esta distante imagen de nuestro minúsculo mundo. Para mí, recalca la responsabilidad que tenemos de tratarnos los unos a los otros con más amabilidad y compasión, y de preservar y querer ese punto azul pálido, el único hogar que jamás hemos conocido.”

Carl Sagan (9 de noviembre de 1934 – 20 de diciembre de 1996)


[1] https://elpais.com/sociedad/2020-03-19/las-medidas-de-confinamiento-tambien-desploman-los-niveles-de-contaminacion-en-espana.html

[2] https://www.laprovincia.es/multimedia/videos/buzzeando/2020-04-01-199175-coronavirus-canarias-ballenas-delfines-atracciones-aguas-canarias-durante-cuarentena.html

[3] https://contrainformacion.es/la-contaminacion-de-la-industria-textil/

A solas ante el Universo

Volver

Volver, como la película de Almodóvar. Esa que ocurre en un pueblo de La Mancha como el mío, y que tan bien refleja la realidad de vida de la parte del mundo en que nací. Desde que llevo en EE.UU., cuando se acerca el fin de la primavera y el inicio del verano, el cuerpo me pide volver a mi tierra natal, y recordar de dónde vengo, así que ningún año perdono las vacaciones de verano (o un intento de). No sé si será por las 30h de viaje, o por el jetlag, pero es curioso cómo mi percepción de la realidad cambia antes del viaje, en los primeros días que estoy allí, y luego ya en los últimos. Antes del viaje me imagino cómo va a ser todo cuando llegue: el aeropuerto de Madrid, el pueblo, mi casa, mi familia, me imagino comiendo jamón todo el día, sardinas fritas 7 veces a la semana, quiero ir a ver todos mis amigos. Total, aunque estén en Holanda, qué más da, ¡eso está a tiro de piedra! ¡Casi lo veo desde mi pueblo! Pero en realidad a la llegada, después de 30h de viaje, casi no reconozco a mi madre porque si me quedo parada de pie me duermo. Las 30 historietas que le tenía preparados a mi hermana también se me han olvidado porque tengo el cerebro KO, y lo de ir a ver a amigos por Europa se me hace misión imposible. El calor me abruma, y llegar al pueblo casi parece un sueño, eso es, estoy soñando y tengo fiebre, por eso tengo esa sensación tan rara. Al día siguiente, a una hora indefinida para mi cuerpo, porque me he despertado varias veces por la noche sin saber qué hora era ni dónde estaba, la realidad se hace más palpable. De alguna manera son las tantas del mediodía y mi cuerpo sigue sin saber bien dónde está, como un pez al que sacan del agua. Después de desayu-comer mi comida favorita que tenía idealizada, me doy cuenta de que aún me acuerdo del sabor de las sardinas, y que en el fondo no las echaba tanto de menos. Al fin y al cabo, el poke de ahí[1] está bastante bastante rico. Después del café, vamos a hacer el plan del verano por excelencia en los pueblos de La Mancha: ir a la piscina municipal. Aquello está de bote en bote: niños, adolescentes, adultos (hombre y mujeres), y personas mayores a tutiplén. Vamos, que encontrar un sitio en el césped a la sombra es todo un reto, y meterte al agua también… Como no sabía en qué día vivía, me imaginé que era fin de semana, pero luego me di cuenta de que ¡era lunes! ¿cómo lo hace la gente para trabajar e ir a la piscina en el mismo día? Eso es algo impensable en Hawaii (ni en ninguna otra parte de EE.UU.), y eso que la playa está a media hora en coche… Lo mejor es cuando por la noche, ese mismo lunes, sales y las terrazas están llenas de gente tomando tapas y cañas hasta las tantas. Otra cosa impensable donde yo vivo. Con lo cuál, los primeros días de mis vacaciones me pregunto que qué hago viviendo tan lejos, cuando la gente vive tan bien por aquí…

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Los Molinos de Viento de mi pueblo 🙂

Recuerdo que los primeros días que estuve en Tucson no tenía seguro médico porque no había empezado a trabajar (sí, ya te puedes imaginar qué pasa en este país cuando te quedas sin trabajo), con lo cuál, lo que más temía era necesitar ir al médico por cualquier cosa. Me sentía de repente desprotegida y eso me producía bastante ansiedad. Luego además me enteré de que aquí no hay remuneración por desempleo, ni jubilación pública, ni pensiones de ningún otro tipo. Y pensé, “¡guau, cualquiera se queda aquí para toda su vida!”. Todas esas cosas que damos por sentadas en Europa, y que pensamos que nada ni nadie nos va a arrebatar. Pero también muchas cosas eran públicas en EE. UU. hace un par de décadas, y ahora no lo son,  lo cuál quiere decir que las cosas cambian, y también pueden ir a peor si votas al partido equivocado.[2]

Después de varios días de vacaciones y después de hablar un poco más con la gente, te das cuenta de que a pesar de que aparentemente en Europa la gente  tiene muchas cosas gratis o casi gratis (salud, educación y pensiones), de que pueden ir a la piscina un lunes, un martes, un miércoles… y salir de cañas a 1€ por la noche todo el verano, hay mucho inconformismo y también infelicidad. Y, ¿por qué? podría preguntarse cualquiera, y el 90% podría decirte que desde porque hace calor, a porque la vecina se ha copiado mi bañador o porque me toca trabajar el día grande las fiestas del pueblo. Lo cuál indica que la infelicidad o/y el inconformismo no dependen tanto de lo que tengas, sino de lo que seas capaz de echar en falta, ahí está la clave. No se trata de conformarse con cualquier cosa, se trata de valorar y agradecer lo que se tiene ahora, y trabajar por conseguir tus objetivos vitales. Nada de eso involucra a nadie que no seas tú mismo.

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Poke

[2] U.S. Health Care from a Global Perspective: https://www.commonwealthfund.org/publications/issue-briefs/2015/oct/us-health-care-global-perspective.

40 years of budgets show shifting national priorities: https://www.washingtonpost.com/graphics/politics/budget-history/?utm_term=.3a91048fb9e3

A solas ante el Universo

La vida es sueño, y los sueños, sueños son

“No puede ser verdad”, -pensaba mientras contemplaba el terreno desértico de diferentes tonos de marrones. Más allá, el océano Pacífico a lo lejos y muy abajo. Estar en la cima de Mauna Kea, a 4200 m de altitud, es como estar en el cielo. “Joer, no pensaba que llegaría tan pronto”- seguía pensando- “sólo tengo 30 años”.

Mauna_Kea
Cima de Mauna Kea, el volcán más alto de Hawaii, donde se encuentran los telescopios Keck (a la derecha).

Un par de meses antes me había llegado un inesperado email al correo de la Universidad de Arizona con asunto: “Invitation to interview – W. M. Keck Observatory” (invitación a entrevista – W. M. Keck Observatory). Hawaii, -pensé yo- “bueno, para decir no tiempo tengo…” así que decidí hacer la entrevista a ver qué pasaba, sin ser muy consciente de la importancia que podría tener. Cuando llevas tantos años solicitando postdocs o similares casi sin descanso, ya te hartas de esperar paciente e ilusionadamente el resultado de x o y convocatoria. Simplemente, solicitas los postdocs que te resultan interesantes, y si te llaman bien, y si no, a otra cosa mariposa. Como dicen por ahí: “no te preocupes demasiado por la vida que nadie sale vivo de ella”. Eso decidí hacer yo con respecto al tema laboral desde hacía un par de años.

El caso es que esta convocatoria para una plaza de astrónomo de soporte del observatorio Keck había salido aparentemente bastante bien, tanto, que hasta me habían invitado a una entrevista “in situ” en la sede del observatorio en la isla de Hawaii (Big Island). Cuando me invitaron a la entrevista en Hawaii no me lo podía ni creer… me subieron los calores, y pensé: “bueno, no te ilusiones, que ya sabes como es la ciencia. Tú vete para allá, hazlo lo mejor que puedas, y en el peor de los casos te has ganado un viaje a Hawaii de gratis, y de paso te escapas de los 40ºC de mayo en Tucson un par de días”.

 

Abay
Anaehoomalu Bay, primera playa que visité en Hawaii. Por cierto, está llena de tiburones…

 

Y allí estaba, después de 12h de viaje, en Hawaii. El primer día de la entrevista fue el más intenso, hablando con todos los peces gordos del sitio. Pero ya había entrenado. En Steward, en la Universidad de Arizona, nos entrenaban a diario para aprender a contestar de manera que parece que estás muy segura a todas las preguntas que te hagan. Pobre de ti si no. Da igual el tipo de pregunta, tanto si es qué comiste ayer, como si es cuánto te ha dado el periodo de rotación del objeto x de masa planetaria, has de responder como si te lo supieras de memoria. Si es más o menos verdad es lo de menos. En cualquier caso, no hizo falta sacar tanto ese tipo de actitud tan normal en el ámbito académico en EE. UU. Eso fue en gran parte lo que me gustó de Keck. Por fin un sitio donde la gente parecía normal, y no se morían por ser los primeros en publicar cualquier descubrimiento que al 99.99999% del planeta se la trae floja.

 

Keck
Visita durante mi entrevista al telescopio Keck II. En la foto se puede vera la fondo el telescopio de 10 m de diámetro compuesto por 36 espejos en segmentos.

 

Así que, cuando al final del segundo día de entrevista, descendiendo Mauna Kea, Randy me dijo que me iban a hacer una oferta, tuve que hacer grandes esfuerzos para no pegar un bote dentro del coche. Al final, esta era la plaza (fija) de astrónoma a la que yo había estado aspirando desde que tengo uso de razón (ver la primera entrada de este blog). Estaba rozando mi sueño con los dedos… un momento sin duda memorable… Una pena que estuviera feo expresarlo. Al fin y al cabo, son americanos, y seguro que eso podría ser visto como un signo de poca profesionalidad o incluso de debilidad. De verdad los pensamientos de esta gente son inescrutables…

A solas ante el Universo

A este lado del muro

El año 2018 auguraba grandes aventuras y grandes cambios para mí. Simplemente lo sabía, lo intuía. Atrás quedaba un 2017 tumultuoso, como muchos altibajos, choques culturales, piedras en el camino, y, sobre todo, mucho aprendido. Sobre mi trabajo, obviamente, pero también sobre EE. UU., y sobre los más y los menos con los que la gente vive en esta parte del mundo.

Empezamos este 2018 que tantos cambios traería, viajando. Este fue un viaje a lo largo de la frontera de EE.UU. con México desde Tucson hasta San Diego. Cogimos la autopista I-10, que lleva a Phoenix, y a mitad de camino entre Phoenix y Tucson dimos un giro al oeste cogiendo la autopista I-8. La I-8 nos llevaría hasta San Diego paralelamente a la frontera con México por uno de los desiertos más áridos del mundo. Hasta la misma entrada de San Diego no se sentiría la cercanía del mar. Primera parada para comer y beber agua. En las carreteras de EE.UU. hay muchos lugares con merenderos, baños y fuentes donde se puede parar a descansar. Eso sí, había un cartel muy claro: “cuidado con la vida salvaje”. Y mostraba el dibujo de una serpiente y un escorpión… Fuimos a beber agua, y ay nuestra sorpresa cuando nos dimos cuenta de que estaba salada… ¡arg! Estamos en el desierto de Arizona, y la naturaleza lucha constantemente para matarte si puede: calor, sequedad, osos, serpientes, coyotes, jabalinas, escorpiones… y un largo etcétera.

Siguiendo el camino hasta San Diego, después de cruzar la frontera entre Arizona y California, donde en verano se llegan tranquilamente a los 50 grados, empezamos a ver dunas a los dos lados de la carretera. No había visto unas dunas tan grandes desde que estuve en el desierto del Sáhara. Mirando hacia el sur, al fondo, se veía el famoso muro que separa México de EE.UU. No podía parar de imaginarme las condiciones en las que tiene que vivir la gente al otro lado, para decidir jugarse la vida intentando cruzar el muro, atravesando a pie este árido y mortífero  desierto durante varios días. Pero de momento, voy a empezar por contarles la historia bonita de cómo es la vida a “este” lado del muro. Dentro de unos capítulos, ya les contaré cómo es la vida al “otro” lado.

dunas
Dunas en la frontera entre EE.UU y México

Después de atravesar unas curvas a través montañas pedregosas durante más de media hora, avistamos San Diego al fondo. Lleno de casitas bonitas en montañas rodeadas por palmeras y por un verdor espectacular. Nos quedaos en un Airb&b en un barrio normalito de la ciudad. 90$ la noche por un estudio mínimo, con una habitación muy básica y un baño mínimo sin puerta.

Al día siguiente fuimos a explorar la ciudad. Hicimos la primera parada en Conrado. Una especie de península conectada por un puente gigante con la ciudad, dentro de la cual se dibujaba la bahía de San Diego. Conrado es un despilfarro de casas ultralujosas mirando a la bahía, o hacia el océano Pacífico, en frente de una playa kilométrica. Fuimos primero a la bahía, desde donde se veían los rascacielos del downtown de San Diego. Había barcos para turistas, gente pescando, aviones volando por encima, pájaros revoloteando y comiéndose las migajas que la gente iba dejando por el suelo… en verdad era como una postal de ensueño.

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Conrado

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Playa de Conrado

Por la tarde fuimos a la playa al otro lado de la península, que daba al océano Pacífico[1]. En la playa se celebraba una boda como las de Hollywood. ¿Cuánto habrán pagado para venir aquí a casarse? Menudo negocio el de las bodas, en EE.UU. y en todas partes… y pensar que sólo un par de millas más al sur siguiendo esa playa hay gente en la extrema pobreza que se juega la vida intentando pasar la frontera por el mar…

Al llegar cerca del agua, había gaviotas revoloteando todo el rato, que salían corriendo cuando llegaba una ola. Había otras que durante el vuelo tiraban algo al suelo. Me pareció muy curioso, ¿para qué iban a gastar su energía en tirar cosas mientras volaban? Unos minutos más tarde me di cuenta que lo que tiraban desde el aire eran unas conchas cerradas que recogían de la playa, y lo hacían para romper la cáscara y comerse el pobre bicho que vive dentro. Qué ingeniosas las gaviotas. Esa tarde fuimos a ver la puesta de sol a un acantilado. Abajo había una playa donde algunos surferos con el traje de neopreno intentaban desafiar a las olas. Al horizonte se veían algunas nubes enrevesadas que parecían querer comerse al sol en el horizonte. Creo que en algún momento lo consiguieron, dejando un rastro de sangre en el horizonte.

 

 

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El atardecer de San Diego

 

 

 

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Surferos y el atardecer

 

Al día siguiente fuimos al parque Balboa, donde está el zoo de San Diego. Es un parque espectacular si no has estado en El Retiro de Madrid, si no, es tirando a normalito. Eso sí, había actuaciones de mimos y artistas a cada paso, y una multitud de gente deseando pagar los más de 50$ que vale la entrada al zoo.

Por la tarde fuimos a pasear por La Jolla, donde estuvimos viendo las focas gigantes acostadas en la playa, y las olas que rompían contra el rompeolas. Allí buscamos un café para escribir una entrada de mi blog, concretamente esta: https://elenamanjavacas.wordpress.com/2018/01/14/a-solas-ante-el-universo-2/.

Con eso concluía nuestro viaje exprés a la ciudad fronteriza de EE. UU. que recibe más inmigrantes al día. La vida de este lado parecía idílica: el sol, la temperatura ideal, una ciudad cuidada y verde, millones de atracciones (si tienes el dinero para pagarlas…).

Si me siguen leyendo, en un par de capítulos les contaré cómo es la vida al otro lado del muro. Ojalá les ayude a entender por qué la gente se juega la vida emigrando del país que, con menor o mayor suerte, les fue dado al nacer.

[1]Siempre me pareció un ironía lo de que el océano Pacífico se llame “pacífico”

A solas ante el Universo

Familia en el lejano oeste

            La primera vez que subió en avión, mi madre tenía 49 años. Fue aquel mayo de 2014 en el que, tras varios meses presionando a mis padres (especialmente a mi padre) por Skype cada domingo, conseguí que aceptaran comprarse unos billetes para venir, junto con mi hermana, a visitarme a Heidelberg.

            Unos cuantos años habían pasado ya desde aquello. A finales de 2017, y bajo unas circunstancias muy diferentes, mi madre y mi hermana se disponían a cruzar el charco y casi todo EE. UU. para venir a verme a Tucson durante las vacaciones de Navidad. Las pobres se esperaban llegar a la primavera en enero con un sol radiante y 25 placenteros graditos, y sin embargo Tucson las recibió con una noche de lluvia, donde el abrigo no estorbaba, sino que era más bien necesario. Menos mal que, como les había dicho, se trajeron desde el abrigo y los guantes hasta el bañador.

            Después de un par de días recuperándose del jet lag, salimos de Tucson en mi super Hunday Elantra de 2005 y con mi Nikon D300 nueva para hacer un tour por el lejano oeste. Salimos en un día soleado hacia Sedona, nuestra primera parada. Sedona es un pueblo pequeño, que vive principalmente del turismo. Sedona tiene un paisaje muy peculiar con macizos de roca estratificada en diferentes colores: naranja, marrón oscuro y claro, formados probablemente debido a la erosión del viento. Estas rocas dibujan formas muy variopintas: una campana, una catedral… También existe un tipo de “turismo” en Sedona en el que hay gente que la visita porque dicen que es un “votex de energía” y viene genial para eso de la “auto-exploración”… Mi madre a priori no parecía muy encantada con el paisaje. Más bien según ella allí no había más que “cuatro riscos”.  Creo que tanto vórtex nos estaba mareando.

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Sedona

            Nuestra segunda parada en el camino fue el parque nacional del Gran Cañon del Colorado. Conforme íbamos viajando hacia el norte, empezábamos a subir en altitud. Antes de llegar a Flagstaff empezamos a ver nieve en las montañas… eso hizo saltar en mi mente las señales de alarma: ¡ostras, nieve! Creo que no llevo ruedas de nieve ni cadenas… un par de horas más tarde llegamos a Tusayán, un pueblo muy pequeño al lado del parque del Gran Cañón. Cuando nos bajamos del coche para dejar las maletas en el hotel nos dimos cuenta de que el viento más bien cortaba la respiración, pero la ilusión de ver el Gran Cañón nos hizo no pensar mucho en ello. Recorrimos los escasos kilómetros que separaban el hotel del parque del Gran Cañón, y aparcamos cuanto antes, intentando no atropellar a ningún turista por el camino, porque ya estábamos deseando bajarnos del coche. Nos dirigimos a buen paso hacia uno de los balcones desde los que se pueden ver los 800 m de profundidad del Gran Cañón. Por fin, mi madre y mi hermana se quedaron alucinadas. En los primeros 10m nos hicimos como 200 fotos, olvidándonos de que aún nos quedaban por andar al menos un par de kilómetros a lo largo del Cañón y ni siquiera nos habíamos preocupado de llevarnos un sándwich para comer. Así que fuimos a pelearnos con otros cuantos turistas para comprar un sándwich y nos sentamos al sol a comérnoslo. Hacía sol, pero hacía mucho viento, lo que reducía mucho la sensación térmica. Según mi madre, “llevaba sin pasar tanto frío desde la última vez que fui a sembrar ajos”. De repente vemos que un par de cuervos, con el plumaje bastante brillante y bien hermosos (creo que cada día le roban el sándwich a un par de turistas), que se acercan sigilosamente hacia nosotras, picoteando en el camino restos de comida. Mi madre ahí si empezó a acordarse de los muertos de todos los pajarracos del mundo y nos empezó a meter prisa para que nos acabáramos el sándwich y nos fuéramos a ver lo que quedaba. Seguimos andando y tomando fotos por el borde del Gran Cañón, nos cruzamos con algún que otro paisano, y mientras la tarde se fue estropeando: empezó a nublarse, el viento soplaba mucho, hacía frío y nosotras estábamos lejos del coche. Después de caminar media hora hasta una para de autobús del parque, la espera se nos hizo eterna. Por fin vino el bus, y nos fuimos corriendo al coche para volver cuanto antes al hotel. Una vez en el hotel mi madre se metió a la ducha caliente en cuanto llegó, y después no paraba de quejarse de los “barrigazos”[1]que le hacen dar sus hijas y que con tanto viento se le iba a caer a cachos la piel de la cara. Después de las respectivas duchas nos fuimos a cenar. Con aquél frío horrible, se nos ocurrió cruzar la carretera para buscar un sitio al otro lado. Creo que no he pasado más frío en mi vida. Al menos la cena mereció la pena, eso sí.

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Gran Cañón del Colorado

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Gran Cañón del Colorado

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Gran Cañón del Colorado

            Al día siguiente, después de una buena noche de descanso, subimos la persiana y ¡sorpresa!, ¡NIEVE! Había como 10 cm de nieve y fuera hacía -6 maravillosos grados. Ahí fue cuando empecé a entrar en pánico con dos cosas: primera, ¿va a arrancar mi pobre coche ahora? segunda, como haya mucha nieve en la carretera nos quedamos en el bendito Tusayán hasta que le dé la gana de irse la nieve. Afortunadamente, con un poco de ayuda, el coche arrancó. Para ir a nuestro siguiente destino, Page, había que pasar por la carretera que bordeaba el Gran Cañón, y por la que no pasa la quitanieves. ¡Ay mami! Aun así, previo aprovisionamiento de comida y gasolina en la Circle K de turno, decidimos comenzar el viaje. Efectivamente la carretera estaba llena de nieve y hielo. Al principio de la carretera había un mirador hacia el Gran Cañón, y teníamos que parar para hacer la mítica foto del Gran Cañón con nieve aunque se nos cayera la nariz por el frío. Después de eso, seguimos el camino. No recuerdo ninguna otra vez, salvo haciendo el examen del carnet de conducir, en el que haya conducido con tanta tensión. El coche se embalaba en cada pequeña cuesta abajo, y cada curva tenía más peligro que una piraña en un bidet. Pero a la media hora ya habíamos salido de la carretera del parque, entrando en otra carretera más amplia por la que sí había pasado la quitanieves. Poco a poco dejó de haber nieve. Y justo después de la hora de comer llegamos a Page. Haciendo la primera parada en Horseschoe bend, una parte del río Colorado con forma de herradura muy bonito. Llegábamos justo para ver el atardecer. Pero eso pensaron otros turistas también. Incluso nos costó encontrar parking. Para llegar a Horseschoe bend hay que caminar unos 15 min por un camino de tierra muy fina que salpica para todos lados. También hacía viento y frío. Mi madre iba acordándose de todos los turistas que al pasar levantaban la arena: “¡de verdad que hemos venido a dar barrigazos!”, no paraba de decir. No dijo lo mismo cuando llegamos al Horseschoe bend. Aunque sí se escandalizó bastante al ver a algunos turistas intentar hacerse la foto en la roca más al borde del cañón: “¡verás como se van a ver con la cara estampá en el fondo del cañón!”. De ahí, justo antes del atardecer, nos fuimos al buscar nuestro hostal para hacer el ritual de todas las noches y tomarnos una buena cena.

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Horseshoe bend

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Horseshoe bend

            Al día siguiente, y penúltimo de la excursión, fuimos a ver el Cañón del Antílope. Unas cuevas cavadas en la tierra por el paso del agua cuando llueve torrencialmente. La cueva dibuja unas curvas extraordinarias en el interior por las que la luz se desliza haciendo formas caprichosas. Para ir a la cueva norte, nos llevaron en unas rancheras tapadas con un toldo que dejaba pasar todo el aire frío del invierno. La guía de la tribu de los Navajos nos iba contando historias de la cueva, cómo se formó y nos decía dónde hacer fotos bonitas. La pena fue que la luz del invierno, a esas horas especialmente, no era la mejor para hacer fotos, aunque a mi cámara nueva no hay nada que se le resista.

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Cañón del Antílope

            Esa misma tarde a la vuelta de la excursión salimos hacia nuestro destino final: el Monument Valley, en la frontera entre el estado de Arizona y de Utah. Si alguna vez has visto películas de vaqueros, ya sabes a lo que me refiero. Es un valle muy extenso de rocas marrón claras que hacen forma de sombrero de copa. Gracias nuevamente a la erosión del viento. Desafortunadamente llegamos ya de noche a nuestro hotel con vistas al valle, con lo cual no pudimos más que cenar y meternos en la cama. Cuando me despierto mi hermana estaba tomando fotos desde el balcón a la impresionante vista del valle. Desayunamos corriendo, y salimos para ver el resto, antes de emprender el camino de vuelta a Tucson. Una imagen vale más que mil palabras, así que os dejo con la foto.

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Monument Valley al amanecer

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Monument Valley

            De vuelta a Tucson, aprovechamos los últimos días antes de que mi madre y mi hermana tuvieran que volverse a Europa para tristeza mía. Pero así es la vida. No volvería a verlas hasta el verano.

[1]Dar barrigazos significa pasar fatigas, manchego profundo.

A solas ante el Universo

La “Europa” de EE.UU.

            La primera vez que recuerdo oír mencionar las Montañas Rocosas fue en unos dibujos animados que me gustaba ver cuando era pequeña: “Rocky y Bullwinkle”, que eran una ardilla voladora rara y un alce un poco despistado. En realidad, casi no recuerdo la historia de esos dibujos animados, pero sí recuerdo que apenas conseguía verlos en algún canal extraño que a veces se veía y a veces no, y a veces se veía entre puntos negros y blancos porque “el aire soplaba mucho”. O eso me decían. Después ya no volví a oír hablar de ellas hasta que me hice mayor y me vine a EE.UU. Ahí volví a oír hablar de las famosas Montañas Rocosas por todos lados otra vez.

 

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Rocky y Bullwinkle

 

En diciembre de 2017 acompañé a Nico durante unos días en su viaje de trabajo a la ciudad de Boulder, en el estado de Colorado, a 2 escasas horas en avión desde Tucson. Justo estaba con un resfriado horrible que no me dejaba respirar, y probablemente la peor idea en ese momento era subirse a un avión. Sobreviví al viaje de ida a Denver, a una escasa hora en coche de Boulder. Aunque aterricé de noche, desde luego, la ciudad se veía ya muy diferente a Tucson, y a Arizona en general: unas autopistas anchas y bien cuidadas, sin baches. No está mal teniendo en cuenta que el salario medio en Boulder es un 20% más alto que en Arizona. Casi todos los coches eran nuevos y la ciudad parecía en general bien cuidada (desde lejos), y ¡había autobuses!. Alquilamos un coche en el aeropuerto, porque, aunque Boulder sea una ciudad estilo “europeo” de EE.UU. no quita que se necesite el coche para todo. Al poco rato de llegar al Airb&b mi garganta empezaba a resecarse por la falta de humedad y la calefacción. ¡Ay, la calefacción! hacía tanto tiempo que no la necesitabade verdad. No porque hiciera “pelete” o “rasquilla”, sino porque ¡o la pongo o me congelo! Probablemente desde que vivía en Heidelberg, hacía ya más de 2 años.

Al día siguiente, previo paso por la farmacia para hacer aprovisionamiento de medicamentos para el catarro, fuimos a tomar un brunch, a un sitio de los recomendados en todas las guías. Efectivamente el sitio parecía muy europeo, ¡hasta tenía croissants! El local tenía mesitas pequeñas y muy monas de madera, muy al estilo francés. Desgraciadamente estaba llenísimo, y después de comprobar que en la cola había más de 15 personas esperando, decidimos irnos al sitio de enfrente. Que total no tenía tan mala pinta. Un sitio también muy hípster, con mesitas de troncos de árbol cortados. La carta no era tan hípster: bacon, bacon, bacon, patatas fritas, huevos revueltos con más bacon y bagels. Es lo que hay. Al lado se nos sentó un grupo de 10 o 15 chicas un poco escandalosas que parecían de una sorority o fraternidad. Todas vestidas con pantalones cortos (¡en pleno diciembre!), y con una sudadera con capucha de la Universidad de boulder, por supuesto. Todas rubias, pelo liso y delgaditas. Si alguna vez vi la clonación, fue ese día. Era curioso que el resto de etnias que existen en EE.UU. no estaban representadas en aquel grupo de niñas de la universidad… sólo una observación, saque sus propias conclusiones.

Para ser el mes de diciembre, nos hizo un día genial de sol. Paseamos por el centro de Boulder, donde hay una o dos calles peatonales abarrotadas de gentre y llenas de tiendas artísticas y librería que me recordaban de alguna manera a Heidelberg. También había un payaso haciendo una actuación en medio de la calle y gente moviéndose en bicicleta por todos lados. Todo esto puede que os suene familiar y hasta “normal”, pero amigos, para mí en aquel momento fue casi teletransportarme a una ciudad europea, teniendo en cuenta que en la gran mayoría de las ciudades de aquí no se puede (¡y a veces no se debe!) pasear por las calles.

Al día siguiente por fin fuimos a visitar las famosas Montañas Rocosas de más de 4000 m de altitud. A mi resfriado no le había sentado muy bien el paseo en el frío del día anterior, pero ¡no podía dejar de ir a las Montañas Rocosas! Había algunas carreteras que estaban cerradas por exceso de nieve, pero no todas, así que llegamos sin problema hasta el centro de visitantes. A partir de ahí podíamos hacer algunas caminatas, aunque hacía un frío y un viento que se te metía por todos y cada uno de los poros de la piel. Caminando sobre varios centímetros de nieve, fuimos a ver un lago, que estaba completamente helado y sobre el que se podía caminar, ¡aunque mejor ni intentarlo! Más abajo había un riachuelo por el que corría el agua, con la superficie también congelada, salvo la parte más central. En un descuido, nos quedamos sin agua. Aunque hacía frío, el ambiente era muy seco y el cuerpo pedía agua constantemente… ¡oh, de nuestra sorpresa cuando vimos que de ninguna de las fuentes ni de los grifos salía agua! ¡todas las tuberías estaban congeladas! No se podía esperar otra cosa en las Montañas Rocosas en diciembre… eso sí, lo que no vimos fue alces y ardillas. ¡En esa época del año espero que estuvieran bien escondidas!

 

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Río helado en el parque de las Montañas Rocosas

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Montañas Rocosas

 

Con tanta aventura mi resfriado fue muy a peor en aquellos días… el vuelo de vuelta a Phoenix es de los peores que recuerdo en los últimos años. Especialmente el aterrizaje y las horas de después, ya que la congestión y la diferencia de presión me había dejado totalmente sorda. ¡Creo que nunca me he sentido más cerca de una persona sorda en mi vida! Afortunadamente, al levantarme el día siguiente ya podía oír otra vez…