A solas ante el Universo

Familia en el lejano oeste

            La primera vez que subió en avión, mi madre tenía 49 años. Fue aquel mayo de 2014 en el que, tras varios meses presionando a mis padres (especialmente a mi padre) por Skype cada domingo, conseguí que aceptaran comprarse unos billetes para venir, junto con mi hermana, a visitarme a Heidelberg.

            Unos cuantos años habían pasado ya desde aquello. A finales de 2017, y bajo unas circunstancias muy diferentes, mi madre y mi hermana se disponían a cruzar el charco y casi todo EE. UU. para venir a verme a Tucson durante las vacaciones de Navidad. Las pobres se esperaban llegar a la primavera en enero con un sol radiante y 25 placenteros graditos, y sin embargo Tucson las recibió con una noche de lluvia, donde el abrigo no estorbaba, sino que era más bien necesario. Menos mal que, como les había dicho, se trajeron desde el abrigo y los guantes hasta el bañador.

            Después de un par de días recuperándose del jet lag, salimos de Tucson en mi super Hunday Elantra de 2005 y con mi Nikon D300 nueva para hacer un tour por el lejano oeste. Salimos en un día soleado hacia Sedona, nuestra primera parada. Sedona es un pueblo pequeño, que vive principalmente del turismo. Sedona tiene un paisaje muy peculiar con macizos de roca estratificada en diferentes colores: naranja, marrón oscuro y claro, formados probablemente debido a la erosión del viento. Estas rocas dibujan formas muy variopintas: una campana, una catedral… También existe un tipo de “turismo” en Sedona en el que hay gente que la visita porque dicen que es un “votex de energía” y viene genial para eso de la “auto-exploración”… Mi madre a priori no parecía muy encantada con el paisaje. Más bien según ella allí no había más que “cuatro riscos”.  Creo que tanto vórtex nos estaba mareando.

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Sedona

            Nuestra segunda parada en el camino fue el parque nacional del Gran Cañon del Colorado. Conforme íbamos viajando hacia el norte, empezábamos a subir en altitud. Antes de llegar a Flagstaff empezamos a ver nieve en las montañas… eso hizo saltar en mi mente las señales de alarma: ¡ostras, nieve! Creo que no llevo ruedas de nieve ni cadenas… un par de horas más tarde llegamos a Tusayán, un pueblo muy pequeño al lado del parque del Gran Cañón. Cuando nos bajamos del coche para dejar las maletas en el hotel nos dimos cuenta de que el viento más bien cortaba la respiración, pero la ilusión de ver el Gran Cañón nos hizo no pensar mucho en ello. Recorrimos los escasos kilómetros que separaban el hotel del parque del Gran Cañón, y aparcamos cuanto antes, intentando no atropellar a ningún turista por el camino, porque ya estábamos deseando bajarnos del coche. Nos dirigimos a buen paso hacia uno de los balcones desde los que se pueden ver los 800 m de profundidad del Gran Cañón. Por fin, mi madre y mi hermana se quedaron alucinadas. En los primeros 10m nos hicimos como 200 fotos, olvidándonos de que aún nos quedaban por andar al menos un par de kilómetros a lo largo del Cañón y ni siquiera nos habíamos preocupado de llevarnos un sándwich para comer. Así que fuimos a pelearnos con otros cuantos turistas para comprar un sándwich y nos sentamos al sol a comérnoslo. Hacía sol, pero hacía mucho viento, lo que reducía mucho la sensación térmica. Según mi madre, “llevaba sin pasar tanto frío desde la última vez que fui a sembrar ajos”. De repente vemos que un par de cuervos, con el plumaje bastante brillante y bien hermosos (creo que cada día le roban el sándwich a un par de turistas), que se acercan sigilosamente hacia nosotras, picoteando en el camino restos de comida. Mi madre ahí si empezó a acordarse de los muertos de todos los pajarracos del mundo y nos empezó a meter prisa para que nos acabáramos el sándwich y nos fuéramos a ver lo que quedaba. Seguimos andando y tomando fotos por el borde del Gran Cañón, nos cruzamos con algún que otro paisano, y mientras la tarde se fue estropeando: empezó a nublarse, el viento soplaba mucho, hacía frío y nosotras estábamos lejos del coche. Después de caminar media hora hasta una para de autobús del parque, la espera se nos hizo eterna. Por fin vino el bus, y nos fuimos corriendo al coche para volver cuanto antes al hotel. Una vez en el hotel mi madre se metió a la ducha caliente en cuanto llegó, y después no paraba de quejarse de los “barrigazos”[1]que le hacen dar sus hijas y que con tanto viento se le iba a caer a cachos la piel de la cara. Después de las respectivas duchas nos fuimos a cenar. Con aquél frío horrible, se nos ocurrió cruzar la carretera para buscar un sitio al otro lado. Creo que no he pasado más frío en mi vida. Al menos la cena mereció la pena, eso sí.

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Gran Cañón del Colorado
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Gran Cañón del Colorado
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Gran Cañón del Colorado

            Al día siguiente, después de una buena noche de descanso, subimos la persiana y ¡sorpresa!, ¡NIEVE! Había como 10 cm de nieve y fuera hacía -6 maravillosos grados. Ahí fue cuando empecé a entrar en pánico con dos cosas: primera, ¿va a arrancar mi pobre coche ahora? segunda, como haya mucha nieve en la carretera nos quedamos en el bendito Tusayán hasta que le dé la gana de irse la nieve. Afortunadamente, con un poco de ayuda, el coche arrancó. Para ir a nuestro siguiente destino, Page, había que pasar por la carretera que bordeaba el Gran Cañón, y por la que no pasa la quitanieves. ¡Ay mami! Aun así, previo aprovisionamiento de comida y gasolina en la Circle K de turno, decidimos comenzar el viaje. Efectivamente la carretera estaba llena de nieve y hielo. Al principio de la carretera había un mirador hacia el Gran Cañón, y teníamos que parar para hacer la mítica foto del Gran Cañón con nieve aunque se nos cayera la nariz por el frío. Después de eso, seguimos el camino. No recuerdo ninguna otra vez, salvo haciendo el examen del carnet de conducir, en el que haya conducido con tanta tensión. El coche se embalaba en cada pequeña cuesta abajo, y cada curva tenía más peligro que una piraña en un bidet. Pero a la media hora ya habíamos salido de la carretera del parque, entrando en otra carretera más amplia por la que sí había pasado la quitanieves. Poco a poco dejó de haber nieve. Y justo después de la hora de comer llegamos a Page. Haciendo la primera parada en Horseschoe bend, una parte del río Colorado con forma de herradura muy bonito. Llegábamos justo para ver el atardecer. Pero eso pensaron otros turistas también. Incluso nos costó encontrar parking. Para llegar a Horseschoe bend hay que caminar unos 15 min por un camino de tierra muy fina que salpica para todos lados. También hacía viento y frío. Mi madre iba acordándose de todos los turistas que al pasar levantaban la arena: “¡de verdad que hemos venido a dar barrigazos!”, no paraba de decir. No dijo lo mismo cuando llegamos al Horseschoe bend. Aunque sí se escandalizó bastante al ver a algunos turistas intentar hacerse la foto en la roca más al borde del cañón: “¡verás como se van a ver con la cara estampá en el fondo del cañón!”. De ahí, justo antes del atardecer, nos fuimos al buscar nuestro hostal para hacer el ritual de todas las noches y tomarnos una buena cena.

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Horseshoe bend
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Horseshoe bend

            Al día siguiente, y penúltimo de la excursión, fuimos a ver el Cañón del Antílope. Unas cuevas cavadas en la tierra por el paso del agua cuando llueve torrencialmente. La cueva dibuja unas curvas extraordinarias en el interior por las que la luz se desliza haciendo formas caprichosas. Para ir a la cueva norte, nos llevaron en unas rancheras tapadas con un toldo que dejaba pasar todo el aire frío del invierno. La guía de la tribu de los Navajos nos iba contando historias de la cueva, cómo se formó y nos decía dónde hacer fotos bonitas. La pena fue que la luz del invierno, a esas horas especialmente, no era la mejor para hacer fotos, aunque a mi cámara nueva no hay nada que se le resista.

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Cañón del Antílope

            Esa misma tarde a la vuelta de la excursión salimos hacia nuestro destino final: el Monument Valley, en la frontera entre el estado de Arizona y de Utah. Si alguna vez has visto películas de vaqueros, ya sabes a lo que me refiero. Es un valle muy extenso de rocas marrón claras que hacen forma de sombrero de copa. Gracias nuevamente a la erosión del viento. Desafortunadamente llegamos ya de noche a nuestro hotel con vistas al valle, con lo cual no pudimos más que cenar y meternos en la cama. Cuando me despierto mi hermana estaba tomando fotos desde el balcón a la impresionante vista del valle. Desayunamos corriendo, y salimos para ver el resto, antes de emprender el camino de vuelta a Tucson. Una imagen vale más que mil palabras, así que os dejo con la foto.

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Monument Valley al amanecer
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Monument Valley

            De vuelta a Tucson, aprovechamos los últimos días antes de que mi madre y mi hermana tuvieran que volverse a Europa para tristeza mía. Pero así es la vida. No volvería a verlas hasta el verano.

[1]Dar barrigazos significa pasar fatigas, manchego profundo.

A solas ante el Universo

La “Europa” de EE.UU.

            La primera vez que recuerdo oír mencionar las Montañas Rocosas fue en unos dibujos animados que me gustaba ver cuando era pequeña: “Rocky y Bullwinkle”, que eran una ardilla voladora rara y un alce un poco despistado. En realidad, casi no recuerdo la historia de esos dibujos animados, pero sí recuerdo que apenas conseguía verlos en algún canal extraño que a veces se veía y a veces no, y a veces se veía entre puntos negros y blancos porque “el aire soplaba mucho”. O eso me decían. Después ya no volví a oír hablar de ellas hasta que me hice mayor y me vine a EE.UU. Ahí volví a oír hablar de las famosas Montañas Rocosas por todos lados otra vez.

 

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Rocky y Bullwinkle

 

En diciembre de 2017 acompañé a Nico durante unos días en su viaje de trabajo a la ciudad de Boulder, en el estado de Colorado, a 2 escasas horas en avión desde Tucson. Justo estaba con un resfriado horrible que no me dejaba respirar, y probablemente la peor idea en ese momento era subirse a un avión. Sobreviví al viaje de ida a Denver, a una escasa hora en coche de Boulder. Aunque aterricé de noche, desde luego, la ciudad se veía ya muy diferente a Tucson, y a Arizona en general: unas autopistas anchas y bien cuidadas, sin baches. No está mal teniendo en cuenta que el salario medio en Boulder es un 20% más alto que en Arizona. Casi todos los coches eran nuevos y la ciudad parecía en general bien cuidada (desde lejos), y ¡había autobuses!. Alquilamos un coche en el aeropuerto, porque, aunque Boulder sea una ciudad estilo “europeo” de EE.UU. no quita que se necesite el coche para todo. Al poco rato de llegar al Airb&b mi garganta empezaba a resecarse por la falta de humedad y la calefacción. ¡Ay, la calefacción! hacía tanto tiempo que no la necesitabade verdad. No porque hiciera “pelete” o “rasquilla”, sino porque ¡o la pongo o me congelo! Probablemente desde que vivía en Heidelberg, hacía ya más de 2 años.

Al día siguiente, previo paso por la farmacia para hacer aprovisionamiento de medicamentos para el catarro, fuimos a tomar un brunch, a un sitio de los recomendados en todas las guías. Efectivamente el sitio parecía muy europeo, ¡hasta tenía croissants! El local tenía mesitas pequeñas y muy monas de madera, muy al estilo francés. Desgraciadamente estaba llenísimo, y después de comprobar que en la cola había más de 15 personas esperando, decidimos irnos al sitio de enfrente. Que total no tenía tan mala pinta. Un sitio también muy hípster, con mesitas de troncos de árbol cortados. La carta no era tan hípster: bacon, bacon, bacon, patatas fritas, huevos revueltos con más bacon y bagels. Es lo que hay. Al lado se nos sentó un grupo de 10 o 15 chicas un poco escandalosas que parecían de una sorority o fraternidad. Todas vestidas con pantalones cortos (¡en pleno diciembre!), y con una sudadera con capucha de la Universidad de boulder, por supuesto. Todas rubias, pelo liso y delgaditas. Si alguna vez vi la clonación, fue ese día. Era curioso que el resto de etnias que existen en EE.UU. no estaban representadas en aquel grupo de niñas de la universidad… sólo una observación, saque sus propias conclusiones.

Para ser el mes de diciembre, nos hizo un día genial de sol. Paseamos por el centro de Boulder, donde hay una o dos calles peatonales abarrotadas de gentre y llenas de tiendas artísticas y librería que me recordaban de alguna manera a Heidelberg. También había un payaso haciendo una actuación en medio de la calle y gente moviéndose en bicicleta por todos lados. Todo esto puede que os suene familiar y hasta “normal”, pero amigos, para mí en aquel momento fue casi teletransportarme a una ciudad europea, teniendo en cuenta que en la gran mayoría de las ciudades de aquí no se puede (¡y a veces no se debe!) pasear por las calles.

Al día siguiente por fin fuimos a visitar las famosas Montañas Rocosas de más de 4000 m de altitud. A mi resfriado no le había sentado muy bien el paseo en el frío del día anterior, pero ¡no podía dejar de ir a las Montañas Rocosas! Había algunas carreteras que estaban cerradas por exceso de nieve, pero no todas, así que llegamos sin problema hasta el centro de visitantes. A partir de ahí podíamos hacer algunas caminatas, aunque hacía un frío y un viento que se te metía por todos y cada uno de los poros de la piel. Caminando sobre varios centímetros de nieve, fuimos a ver un lago, que estaba completamente helado y sobre el que se podía caminar, ¡aunque mejor ni intentarlo! Más abajo había un riachuelo por el que corría el agua, con la superficie también congelada, salvo la parte más central. En un descuido, nos quedamos sin agua. Aunque hacía frío, el ambiente era muy seco y el cuerpo pedía agua constantemente… ¡oh, de nuestra sorpresa cuando vimos que de ninguna de las fuentes ni de los grifos salía agua! ¡todas las tuberías estaban congeladas! No se podía esperar otra cosa en las Montañas Rocosas en diciembre… eso sí, lo que no vimos fue alces y ardillas. ¡En esa época del año espero que estuvieran bien escondidas!

 

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Río helado en el parque de las Montañas Rocosas
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Montañas Rocosas

 

Con tanta aventura mi resfriado fue muy a peor en aquellos días… el vuelo de vuelta a Phoenix es de los peores que recuerdo en los últimos años. Especialmente el aterrizaje y las horas de después, ya que la congestión y la diferencia de presión me había dejado totalmente sorda. ¡Creo que nunca me he sentido más cerca de una persona sorda en mi vida! Afortunadamente, al levantarme el día siguiente ya podía oír otra vez…

A solas ante el Universo

Romper el techo de cristal para tocar las estrellas

            La palabra feminismo tardó demasiado en llegar a mi vocabulario del día a día. Hasta hace cuatro o cinco años estaba casi convencida de que la igualdad entre hombres y mujeres estaba muy cerca de conseguirse. Mundo feliz ese en el que yo vivía. Por supuesto que ya había visto el machismo en mi familia: mi padre era el que traía el dinero a casa, y cuando eran mi padre y mi madre los que trabajaban, aun así el dinero seguía siendo administrado por mi padre. Mi madre sin embargo se encargaba de las tareas del hogar, por supuesto ni pagadas ni agradecidas. Y así fuimos educadas mi hermana y yo: una mujer que se precie tiene que tener la casa como los chorros del oro. Eso era la responsabilidad número uno de una mujer. Luego también podía trabajar, sacarse carreras o lo que quisiera, pero era fundamental no ser una “esmanotada” en la casa. Y finalmente,  por supuesto, lo que decía tu padre iba a misa y como se te ocurriera llevar la contra lo ibas a pasar mal. En mis tiempos mozos, yo pensaba que este machismo ocurría porque yo había nacido en un pueblo, y “es lo que hay”.

En la Universidad fui bastante afortunada, como “ya casi se había alcanzado la igualdad de género”, pues me encontré con casi un 50% de hombres y de mujeres en la facultad de C. C. Físicas. Para mí estaba claro que los tiempos habían cambiado. Es verdad que aún seguía habiendo profesores viejos (y no tan viejos) que la miraban a una de arriba abajo como si nunca hubieran visto gentes, y que a veces oías algún comentario del típico listo de turno diciendo: “joe, es que las tías en Físicas no os arregláis nada, yo me voy a periodismo que ahí las chicas van en tacones y maquilladas”. A lo que yo solía pensar (pero no decir): “yo no vengo aquí a que tú me mires, chaval”. En la orla de la especialidad de astrofísica, figuramos diez licenciados, de los cuales cuatro éramos mujeres. Después de acabar el máster en astrofísica, en el que también éramos casi 50% hombres y mujeres, me marché a vivir a la cabeza de león de la Unión Europea: Alemania, donde todo el mundo sabía las cosas están mejor. Y por supuesto, pensaba yo, son menos machistas que los españoles. Y si no mira a ver si se les ocurre decirte groserías por la calle.

Alemania me sorprendió en muchas cosas para bien, pero también en alguna para mal. La ganadora de esta última categoría es sin duda las ideas que tienen en materia de igualdad de género. Nunca dirán un piropo a una chica por la calle (yendo sobrios), pero eso no significa que piensen que las mujeres no valen para ciertas cosas (como la ciencia), especialmente si pierden el tiempo en arreglarse un poco. También me sorprendió que el porcentaje de mujeres en mi programa de doctorado era sólo como de un 30%. Las mujeres alemanas eran una minoría, desde luego. Recuerdo que un día le pregunté a una postdoc española-americana que si ella pensaba que la astronomía era machista y me respondió: “didn’t you still get it? This is a boy’s game, baby! Así que prepárate para intentar que no te pisen.” Recuerdo que pensé que exageraba. Y entonces fue cuando llegó ese compañero nuevo a la oficina a hacer la tesis con mi mismo supervisor. Mi supervisor  que ni me saludaba por los pasillos, y se dedicaba a martirizarme cada 3 meses cuando hacíamos la reunión de seguimiento de mi tesis… hubo momentos de mi tesis en que pensé que este hombre se comportaba así conmigo porque yo debía ser una estudiante de doctorado decepcionante… Lo curioso es que con mi compañero recién llegado tenía una actitud completamente diferente: se daban palmaditas en la espalda por los pasillos, hablaban del último partido del mundial, y un día hasta mi compañero apareció con el último Mac Book Pro que había en el mercado que le había comprado el jefe… y yo pensando: “vaya, y yo con el portátil viejo de Linux al que se le caen las teclas si lo vuelcas”. Nunca oí un “enhorabuena” por parte de este hombre. Ni siquiera se despidió de mi cuando me marché de Heidelberg.

De la última etapa del doctorado también recuerdo un par de comentarios de hombres, más o menos apreciados por mí. Uno fue: “¿y por qué no te casa y te dejas de buscar postdocs?”, y el otro fue: “si te marchas de Europa esto se acaba”. Qué entorno más inspirador, teniendo en cuenta que el mercado de la astronomía es ya duro de por sí. Sin embargo, mi sueño seguía siendo el mismo: hacer carrera como astrofísica. Finalmente, después de un montón de rechazos de postdocs, me llega el «sí» de uno. Bueno, del último que podía conseguir ese año. Así fue como llegué de vuelta a España, a Tenerife con un postdoc para un año. Casi pierdo el tren de los postdocs. Ese año, el frenético 2015, estuve a punto de abandonar la ciencia. Sin embargo, gracias a esta pequeña (¡gran!) oportunidad seguí adelante.

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Compañeros del doctorado en Heidelberg, faltan algunos!

Durante ese año estuve trabajando en el commissioning de un espectrógrafo infrarojo que iba a ser instalado en el telescopio GTC de La Palma. Como creo que conté en un post el año pasado (https://elenamanjavacas.wordpress.com/2018/02/11/a-solas-ante-el-universo-6/), aquí el porcentaje de mujeres volvió a mejorar otra vez en nuestro pequeño grupo. Aun así, si contamos los ingenieros y demás, el porcentaje de mujeres volvía a caer empicado otra vez… quizá al 30%.

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Grupo de ingenieros​ y científicos de EMIR, instalado en el telescopio GTC de La Palma.

De ahí me mudé a Tucson (Arizona) en septiembre de 2016. Como una imagen vale más que mil palabras, me limitaré a poner la foto de grupo de este último año para que hagan la cuenta por sí mismos… sólo diré, que la única de las mujeres de la foto dedicada a la investigación era yo. Vuelvo a remitiros al post del año pasado: https://elenamanjavacas.wordpress.com/2018/02/11/a-solas-ante-el-universo-6/, en el que hablaba de lo mismo.

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Foto de diciembre de 2018 con los compañeros de Tucson

Después de vagar por el mundo todos estos años, desde hace un mes vivo en Hawaii (¡sí, a 12000 km de casa!), porque a pesar de las dificultades, ¡tengo una plaza permanente en un sitio de ensueño! En parte gracias al “pequeño postdoc” que me surgió después de acabar mi tesis. Aun así, sigo viviendo en un ambiente puramente dominado por hombres (¡aunque puedo decir que son todos un encanto!). Sin embargo, si yo fuera una niña o una adolescente y viera el panorama, podría pensar que puesto que no hay mujeres, es que quizá no es un trabajo propio de mujeres…

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Grupo de astrónomos de soporte del observatorio Keck, en Hawaii.

Finalmente, mirando atrás, veo todo lo que he tenido que dejar por el camino: en los últimos 4 años he vivido en 3 países diferentes (Alemania, España y EE.UU.) y en 4 ciudades diferentes (Heidelberg, La Laguna, Tucson, y Waimea). Eso quiere decir que he empezado vida desde cero 3 veces en los últimos 4 años. Agotador, como poco. Mucha gente no está dispuesta a vivir así, lo cual es perfectamente comprensible. Pero también es cierto que son muchas menos las mujeres que los hombres las que están dispuestas a vivir así por varias razones (según mi opinión personal), pero la principal es probablemente la falta de apoyos en el entorno familiar. Total, hay que ser muy cabezota para dejar todo y venirse al quinto pino a trabajar en un trabajo un poco hostil[1].

Como habéis podido ver, a lo largo de mi carrera, desde la Universidad hasta ahora, el porcentaje de compañeras ha bajado dramáticamente, gracias al llamado “techo de cristal”. Hay bastantes mujeres que empiezan en ciencia, pero pocas que lleguen a puestos de alta responsabilidad. ¿Por qué? En mi opinión es un problema social relacionado con el patriarcado, combinado con el problema del pésimo diseño de la “academia” (la carrera en investigación). Es un problema social porque a las niñas se nos ha dicho siempre de jugar con muñecas, de estar guapas, de ser obedientes, sumisas y comportarse como señoritas. Las letras son para las mujeres, y las ciencias para los hombres. Igual que la competición. La “academia” es un problema, porque la carrera investigadora significa muchas veces dar la vida entera por ella. No contempla las bajas por maternidad ni por enfermedad, no se puede perder el ritmo de publicar. Así que nada de perder el tiempo por tener hijos ni por criarlos. Tarea a la que se dedica por naturaleza al principio y por patriarcado después,  la mujer.

En resumen, para nuestra desgracia, al contrario de lo que pensaba en mis años inocentes e inexpertos, la igualdad entre géneros está aún lejos de conseguirse. Se han dado pasos hacia delante, pero aún queda mucho por hacer, y aunque las cosas no van a cambiarse de una estacada, cada uno debería aportar su granito de arena para asegurar un futuro más igualitario para el 50% de la población de la Tierra, que son mujeres.

[1]Ver este vídeo de pixar que muestra cómo se siente una mujer trabajando en un ambiente de hombres: https://www.youtube.com/watch?v=B6uuIHpFkuo&t=132s

A solas ante el Universo

Californication

 

            Si hay alguna parte de EE.UU. que unánimemente es vista con buenos ojos por el resto del mundo, esta es California. ¡Ay, California! La parte demócrata de EE.UU. por excelencia, donde son famosos los surferos, las largas playas, Hollywood, Yosemite, Los Ángeles (LA, como dicen ellos), San Francisco, la ciudad más cara de EE.UU. donde se inventa todo. Son los open minded (abiertos de mente) del país, por eso la marihuana es legal… pero, ¿es oro todo lo que reluce? Hace un tiempo ya hablé de cómo fue mi experiencia cuando visité Los Ángeles y Pasadena (LA LA Land), y hoy os contaré cómo fue mi viaje a Santa Cruz para visitar a mis amigos Remco y a Theodora, durante la semana de Acción de Gracias de 2017.

            El avión de la compañía Southwest aterrizaba en el aeropuerto de San José (California)[1]cuando justo me daba cuenta de que me había dejado olvidado el regalo que les traía a Remco y Theodora en el avión que me llevó de Tucson a LA. «Un día voy a perder la cabeza» -pensé. A la salida del aeropuerto el Beasty, como habían bautizado a su Ford blanco Escape XLT, me estaba esperando en la puerta en medio de caos y bocinazos que caracterizan a cualquier ciudad grande y caótica de este país. Dejé la maleta en el maletero y me lancé dentro del coche al asiento trasero ante la insistencia de los otros coches para que nos moviéramos. «¡Hola chicos!», -les saludé. «Se me había olvidado lo que era una ciudad grande»Remco y Theodora eran vecinos míos en el conjunto de apartamentos en el que vivía en Tucson, Mission Palms, creo que en alguna ocasión os hablé de él (Empezando a vivir en Arizona). Theodora y yo habíamos compartido oficina y suplicios relacionados con la investigación desde que llegué a Tucson, así que después de unos meses sin verla (desde agosto), me alegré mucho de poder ponernos al día sobre las eventualidades en la oficina. Especialmente la eventualidad de que el jefe se había ido de sabático, y por fin estábamos todos  a nuestras anchas. El viaje desde San José al pueblo cerca de Santa Cruz[2]donde se habían mudado hace poco, lo pasamos hablando de los viejos tiempos, y de cómo había cambiado su vida académica (para bien), desde que se mudó a hacer un postdoc en la Universidad de Santa Cruz. Aunque el cambió a California también significa perder en otros aspectos, como en poder adquisitivo. En el área de Santa Cruz, no se encuentra ningún apartamento decente por menos de 2000$ al mes, la gasolina vale un 50% más que en Arizona, y por supuesto, California está mucho más poblado, así que casi ninguna mañana (ni tarde), se libra uno de los malditos atascos. Sobre todo en dirección a San Francisco (a 1.5 h de allí). Eso sí, la playa les queda a 15 min (¡andando!) ¡Qué fortuna tan grande!

            Al día siguiente fuimos a pasear por el pueblo. El pueblo muy pintoresco, el típico que en verano debe estar lleno de turistas y de sombrillas… había terracitas mirando al mar en cada restaurante con gente disfrutando de esos 25 grados en el mes de noviembre… sólo echaba de menos el olor a sardinas asándose y casi parecería cualquier pueblo del Mediterráneo. Con la excepción de que el agua en el Pacífico está siempre helada como la llave del cementerio.

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Mojándonos los pies en el mes de noviembre en la playa

            Después de un día de descanso viendo película de Disney tras película de Disney y comiendo palomitas en plan dominguero. Decidimos aprovechar mi último día en la zona para ir a visitar la gran ciudad de San Francisco. Ya tenía ganas yo de ver si la famosa ciudad americana donde se forjan todas las empresas que gobiernan el mundo (Google, Facebook, Apple, Netflix, Linkedin, etc, etc), era de verdad tan maravillosa como salía en las películas.

            San Francisco nos recibió con el atasco de rigor, y eso que era domingo… nuestra primera parada fue el puente Golden Gate. Si hay algún sitio que todo el mundo conoce de la ciudad es ese. La llegada se hizo un tanto complicada, dado que por supuesto todos los turistas van al mismo sitio, y quieren aparcar lo más cerca posible. Con lo cual, aparcamos donde pudimos, y caminamos durante 20 min hasta llegar a la cercanía del puente, donde por supuesto hay una marabunta de turistas sacándose la típica foto con el puente. Bonito, pero, sinceramente, tampoco me vendría a posta desde Europa a verlo. Subimos hasta arriba del puente siguiendo una fila de turistas que por supuesto van hacia el mismo lado, ara sacarse la misma foto para el Instagram. Desde arriba se ve el centro de San Francisco lleno de rascacielos. De hecho, el centro no es la parte más llamativa en sí, sólo se ve bien desde la lejanía. De ahí fuimos al centro de la ciudad, cerca del barrio chino. Este barrio sí era como estar en China. Pintoresco por un lado, y por otro lado me da qué pensar… ¿por qué hay un barrio chino? La respuesta la dejo a cargo del lector… Más allá, caminamos por las típicas calles de casas blancas tan características, subiendo y bajando cuestas gigantes, hasta, después de unas 2h de caminar, llegamos al centro financiero de San Francisco ya de noche. A los pies de los rascacielos dormían unos cuantos “sin casa”… ¿Cómo es posible que habiendo tanto dinero en esta ciudad haya tanta gente que duerme en la calle?

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Golden Gate en San Francisco
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Foto del centro de San Francisco desde el Golden Gate

            Al día siguiente, a las 6 de la mañana me recogió el Uber desde casa de Theodora y Remco para ir al aeropuerto de vuelta a Tucson. Un Mustand bastante lujoso. El conductor de Uber me pregunta que de dónde soy… “de España” –le dije. Se hizo un silencio incómodo…. Me responde: “Ah, OK… ¿y dónde queda España?”. Estoy segura que de haber podido verme la cara seguro que tendría los ojos fuera de las órbitas… “pues, en Europa” –le contesté. El señor, más confundido que antes me pregunta: “¿y… se habla español en España?”. “Ay, madre” –pensé, “este momento tenía que llegar antes o después… pero tenía mejores expectativas de California…” No haré más comentarios.

[1]Ver mapa San José: https://goo.gl/maps/H77dCrmC1mC2

[2]Ver mapa Santa Cruz: https://goo.gl/maps/jRkMD7yWvYK2

A solas ante el Universo

Sueños de la adolescencia

            Recuerdo como si fuera ayer mi primera lección de astrofísica en el colegio. No tenía más de nueve años. No sé por qué razón aquella clase me cautivó tanto, pero como ya sabéis, puso mi primer gran sueño en mi vida: ser astrofísica. De todo lo que don Aníbal nos contó aquella tarde, lo que más me fascinó, fue la idea de que las estrellas que vemos en el cielo son soles como el nuestro, y que potencialmente podrían tener planetas habitables como nuestro Sistema Solar, aunque por aquél entonces, aún no se habían descubierto. La idea de que aquellas miles de estrellas que se veían en el cielo de mi pueblo por la noche fueran soles como el nuestro probablemente con planetas puso a volar mi imaginación de niña.  Me imaginaba seres extraños como esos que salían en algunas películas de ciencia ficción que cada vez me gustaban más, porque alimentaban mi sueño de que había otras criaturas viviendo más allá de lo que en aquellos tiempos se conocía. Cuando pasaron unos cuantos años, ya en mi adolescencia, internet llegó al pueblo. Ya podéis adivinar cuál era mi tema a investigar: la existencia de vida extraterrestre y la idea de que nos visitaran. Fue entonces cuando empecé a leer sobre supuestos encuentros entre humanos y extraterrestres que habían pasado ya hacía tiempo, en los años 40, 50 y 60. Fue durante estos años de mi adolescencia cuando leí la primera vez sobre Roswell. Un pueblo en la mitad de la nada, en Nuevo México, donde supuestamente en los años 40 se había estrellado una nave extraterrestre…

            Cuando empecé a aprender de física, entendí que, por mucha ilusión que me hiciera la visita de seres extraterrestres a la Tierra, era casi casi físicamente imposible. En el Sistema Solar, diversas misiones espaciales ya habían confirmado que, en caso de existir vida en otro planeta del Sistema Solar, sería en el mejor de los casos en forma bacteriana. Si esos seres vinieran, siendo optimistas, desde un planeta alrededor de la estrella más cercana al Sistema Solar, Próxima Centauri, tendrían que pasarse 4 años viajando a la velocidad de la luz para alcanzar la Tierra. Todo esto asumiendo que fueran capaces de viajar a la velocidad de la luz… privilegio que sólo parecía reservado a “cosas” (partículas subatómicas) sin masa… así que mi ilusión de conocer extraterrestres se desvanecía conforme aprendía más y más de física.

            Unos cuantos años después, a finales de 2017, ya viviendo en Tucson y teniendo muy claro que el contacto de humanos y extraterrestre era pura ciencia ficción, surgió la ocasión de ir a visitar el parque de White Sands (arenas blancas) en Nuevo México, a 4 horas de Tucson y Roswell. El parque nacional de White Sands es una zona gigante que está compuesta por dunas gigantes de yeso. Llegamos allí para ver el atardecer. Conduciendo unos pocos minutos por el camino perpendicular que salía desde la carretera principal, uno ya se encontraba inmerso en un paisaje rodeado de dunas blancas, en cierto modo, y a esas horas del día, casi aterrador. Llegamos a lo más profundo del parque después de conducir unos 15 min, y cuál fue nuestra sorpresa al ver media docena de coches allí aparcados, uno de ellos con música reggaetton a toda pastilla. Al bajarnos vimos a un tipo con un gorro de papá Nöel bailando esa música al lado de su coche, quitándole un poco el romanticismo al parque. Ese tipo de elementos que te encuentras algunas veces en lugares inesperados. Bajamos del coche y fuimos a ver el atardecer arriba de una duna, con el reggaetton de fondo… podría haber sido uno de los atardeceres más espectaculares de no haber sido por ese pequeño detalle.

Museo de Roswell

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Parque nacional de White Sands

 

Esa noche la pasamos en un pueblo cerca del parque, Alamogordo. Este pueblo es parecido a los de las típicas películas que ocurren en cualquier pueblo remoto de EE.UU. donde la mitad de sus habitantes están un poco locos. Pueblos un poco desangelados, donde sólo hay coches por las calles y la gente te mira un poco raro al entrar a cualquier sitio, como si hubieran visto que no eres de allí. Al día siguiente tocaba una de mis excursiones soñada secretamente desde la adolescencia: Roswell. Por supuesto que sabía que todo lo que supuestamente ocurrió allí era pura ciencia ficción, pero aun así me hacía ilusión. Después de 2 horas de carretera pasando pueblos remotísimos de Nuevo México mientras subíamos un poco hacia las montañas, nos encontramos con Roswell. La verdad, lo que daba respeto del pueblo era el pueblo. Todo estaba decorado con hombres verdes gigantes por todas partes, había poca gente por la calle. Al bajarnos del coche, nos dimos cuenta de que hacía mucho más fresco que en Alamogordo, y además había un olor raro en el ambiente, como de vacas, pero realmente no habíamos visto vacas por ninguna parte, de hecho, es un sitio bastante seco. Entramos al museo de Roswell, dedicado a explicar lo que ocurrió (supuestamente) el 10 de julio de 1947, en el que supuestamente un objeto volante no identificado se estrelló[1]. La verdad el museo fue bastante decepcionante, y se empeñaba en “probar” una y otra vez, que según diversos testigos “bien cualificados” lo que allí se había estrellado era un OVNI. Después de ver el museo, salimos a pasear por el pueblo, “a ver qué veíamos”. Creo que el pueblo en sí mismo fue lo que más me impactó. La avenida principal estaba llena de tiendas de souvenirs del pueblo, la verdad todos muy feos y baratos. La escasa gente que había, te miraba raro cuando entrabas en las tiendas, cuando paseabas por la calle… como si ese día hubieras salido en pelotas o con monos en la cara. La verdad, al igual que pasó en su día cuando visité Hollywood, Roswell me resultó muy decepcionante. Eso sí, como no hay mal que por bien no venga, cuando volvimos a Tucson apreciamos muchísimo estar de vuelta en un sitio “normal”. Bueno, Tucson no es el paraíso, pero al menos no tiene ese aire entre raro y podrido que definitivamente existe en muchos de los muchos pueblos dejados de la mano de dios en muchas partes de EE. UU… así que por primera vez, me sentí afortunada de volver a Tucson…

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[1]Descripción el caso Roswell: https://es.wikipedia.org/wiki/Caso_Roswell

A solas ante el Universo

¿El sueño americano o vivir para trabajar?

Llevo dos años y tres meses en EE. UU. Recuerdo que cuando le comenté a algunos colegas de profesión que me venía para este país, lo primero que me dijeron es: “uf, pues creo que allí se trabaja mucho…”. En ese momento, en el que yo todavía era joven e inocente, pensé: “bah, no será para tanto. Al fin y al cabo al trabajar en la Universidad, todo el mundo sabe que los horarios y las vacaciones son flexibles, y tampoco pueden hacerme trabajar más de ocho horas diarias”. Efectivamente, cuando le pregunté a mi futuro jefe sobre las vacaciones y las horas de trabajo, su respuesta fue: “mientras vayas haciendo progreso en los proyectos, no hay ningún problema”. Ahora sé que el problema está precisamente en lo que aquí se considera “ir haciendo progreso”.

Hace unos días me llegó la noticia de que a un estudiante de doctorado de nuestro departamento le había dado un ataque cardíaco debido al estrés que llevaba sufriendo un tiempo. Por supuesto la noticia llegó como el rumor que alguien dijo a alguien más, y no como un comunicado especial. Escondamos la basura debajo de la alfombra para hacer como si no estuviera. Alucinada con la noticia, aproveché una de las comidas de los jueves con otros postdocs[1] americanos, para preguntarles por qué la gente trabajaba tanto en este país, en especial en las Universidades. Les dije que yo hice mi doctorado y un postdoc en Europa y que allí los investigadores producen un número similar de publicaciones que en EE. UU. pero todo el mundo se limita en general a trabajar sus ocho horas, y todo el mundo se toma su cuatro o cinco semanas de vacaciones al año. Además de eso, todo el mundo hace una pausa de una hora para ir a almorzar con los compañeros todos los días, cosa que, al menos en este departamento, poca gente hace. La respuesta que me dieron mis compañeros americanos aún me tiene traumatizada. Su respuesta fue que tú eres tu trabajo, sin tu trabajo nada te identificaría. El trabajo es lo más importante que uno tiene, por lo tanto. Trabajar muchas horas te da prestigio, y das muy buena imagen a tus compañeros, porque si no parecería que tu trabajo no te interesa lo suficiente, y nosotros estamos trabajando por conseguir nuestro sueño y por cambiar el mundo. Por eso uno tiene que echar todas las horas de su día en su trabajo y además trabajar los fines de semanas. Irse de vacaciones o mostrar cansancio es signo de que tu trabajo no te interesa lo suficiente. Mi conclusión fue: “vives para trabajar para conseguir tu sueño americano particular, y cuando despiertas (con suerte) tienes 60 años y te das cuenta de que lo único que has hecho en tu vida es trabajar y quizá tener familia, no has viajado ni a la otra punta de tu mismo país, no tienes amigos porque no has tenido tiempo de mantener amistades, y probablemente también tengas mala salud de tanto trabajar”.

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Celebrando el cumple de Rodolfo este año 🙂

El descanso que me queda, es que ya he dejado de preguntarme qué hace la gente de mi departamento los fines de semana. Ahora ya lo sé: trabajar, y quizá ver Netflix. Lo de salir con los amigos y disfrutar de la vida está mal visto. Otro detalle que he observado, es que aunque los colegas y/o incluso amigos se junten para cenar o hacer alguna otra actividad, ahí nadie cuenta sus problemas, porque eso es obviamente un signo de debilidad. Mucho mejor se habla de trivialidades y luego tus problemas reales se los cuentas al psicólogo. Así están las cosas en la academia[2].

Muy a pesar de la opinión del americano medio, si algo he aprendido con esta y otras experiencias a lo largo de mis años como nómada del mundo, es que uno de los pilares sobre los que se fundamenta la buena salud mental humana es tener una red de personas en las que confiar y apoyarse allá donde estés, te vayan las cosas bien, o te vayan las cosas mal.

[1] Investigadores que ya consiguieron su título de doctor y tienen un contrato temporal para seguir haciendo investigación en su campo de estudio.

[2] Recomiendo leer este artículo en español: La tesis doctoral es perjudicial para la salud mental:

https://elpais.com/elpais/2018/03/15/ciencia/1521113964_993420.html o en inglés: Time to talk about why so many postgrads have poor mental health: https://www.nature.com/articles/d41586-018-04023-5

A solas ante el Universo

Bienvenidos a México

            Después de un viaje interminable de 12h desde Frankfurt a San Francisco, aterricé de nuevo en EE.UU. “Al menos aterrizo en California”, pensé. El aeropuerto internacional de San Francisco anticipa algo de la ciudad:  mucha comida asiática, un restaurante con “sopas de la abuela”, mucha gente de todos los tipos que camina de un lado para otro, y un aire internacional, que desde luego el aeropuerto de Tucson no tiene. Dentro de poco os hablaré de San Francisco, la ciudad donde viven los más ricos y los más pobres del país. De allí, y después de engullir una “sopa de la abuela”, tomé un último vuelo que me devolvió a Tucson. Ahora sí estaba de vuelta. El desierto me saludó con un puñetazo en forma de aire caliente en cuando salí por la puerta. Y es que aún en septiembre, las temperaturas no bajan de los 40ºC.

La buena noticia es que a los pocos días venía a conocer Tucson, Héctor, un compañero de la facultad, y ese fin de semana nos marchábamos a México junto a unos cuantos amigos astrónomos. Todo gracias a que Rodolfo y Julia, nuestros amigos mexicanos, que nos habían poco menos que organizado un viaje de ensueño.

Yo aproveché que el jefe salió de la oficina para almorzar, y escaparme cuál colegial huye de la clase de religión. Parece mentira que a mi edad me tenga que escapar “a escondidas” del trabajo, ni que el jefe fuera mi carcelero. Pero con él, así se tienen que hacer las cosas. Salimos de Tucson un caluroso viernes por la tarde. Diez amigos distribuidos en tres coches. Aquello iba a ser poco menos que la excusión del colegio.

Tucson está a una escasa hora y media conduciendo por la carretera I-19 en dirección Nogales. Resulta curioso que después de salir de la ciudad los carteles empiezan a indicar kilómetros en lugar de millas, ¡por fin unidades de media normales! El paisaje parece no cambiar mucho durante kilómetros, hasta que de repente vemos un cartel a lo lejos que decía “Bienvenidos a México”. Era la frontera de Nogales, una ciudad dividida por unos barrotes de hierro entre EE.UU. y México.  Después de pasar la aduana, sin ningún problema y ninguna pregunta, salvo, “¿a dónde van?”, cruzamos al otro lado. Fue como entrar en un universo completamente distinto. Si algún día conseguimos viajar a través de agujeros de gusano[1] a universos paralelos, creo que la transición sería algo parecido. En pocos metros, pasamos de conducir por una carretera relativamente bien asfaltada a una carretera llena de agujeros y con obras a cada paso. Desde la carretera se veía la parte mexicana de Nogales. Un contraste gigante con la parte de EE. UU. La ciudad se extiende hasta lo alto de varias colinas, con casitas de colores bastante destartaladas que las escalan. Ya no hay rastro de las típicas cadenas de comida rápida tan representativas de EE. UU., ni de los edificios aislados construidos por todos lados de la carretera como si fueran estaciones de servicio, aunque en realidad puede que sean restaurantes muy finos, clínicas veterinarias o un supermercado. Todo eso se vio sustituido en pocos metros por puestos ambulantes que vendían tamales, frutas, dulces o cualquier otra cosa. Mientras conducíamos por la carretera a no más de 50 km/h, las señoras se acercaban a los coches para vendernos mazorcas de maíz, tortillas de maíz, sombreros, o casi cualquier cosa que nos pudiéramos imaginar. Estábamos en Latinoamérica. Me apuesto que cualquiera de esas cosas que vendían los vendedores ambulantes era más sana que cualquier caca que uno pueda encontrar en las tiendas “refinadas” de las estaciones de servicio de EE. UU.

 

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Nogales, parte de EE. UU. y al otro lado la parte mexicana divididas por el muro

 

Paramos a cenar y a cambiar dólares a pesos en un pueblo cercano a Hermosillo. ¡Nos pusieron una cena espectacular! Tacos, quesadillas, guacamole con nachos… todo tenía un sabor definitivamente diferente a la comida mexicana que había probado antes. De ahí seguimos yendo hacia el sur y atravesamos Hermosillo. ¡Eso sí que es una ciudad! El tráfico era bastante denso y frenético, así que tuvimos que hacer un esfuerzo considerable para no perder a Rodolfo y Julia que nos guiaban a través de aquel tráfico. De ahí nos dirigimos a San Carlos, conduciendo otras 2h más. Teníamos alquilada una casa gigante frente al mar, propiedad de un americano, por supuesto.

Al día siguiente, cuando despertamos, pudimos ver el auténtico paraíso en el que nos encontrábamos: la casa tenía vistas directas al golfo de California. San Carlos es una ciudad pequeña, muy acogedora, y para nada invadida por los bloques de pisos horrorosos que tanto les gustan a los turistas y muy típicos en otros sitios de vacaciones como Puerto Peñasco. Hacía un calor importante, intensificado por la alta concentración de humedad. Además, los mosquitos descubrieron a su fuente de alimento perfecta para esos días: yo. Que me echara repelente o no, no era relevante. Ese día fuimos a pasear por la playa que quedaba cerca del apartamento, y más tarde fuimos a comer unos pescados riquísimos con las obligadas margaritas para acabar con el calor. Por la tarde nos fuimos a una playa cercana a darnos un baño. Era una playa curiosa, llena de paisanos del lugar, que habían decido meter sus rancheras dentro de la playa, para así tener música y cervezas frías todo el rato. A nosotros nos faltó tiempo para meternos en el agua, muy a pesar de mi miedo a las olas. Otro día os contaré la historia. Antes del atardecer nos fuimos al puerto de la ciudad. Allí nos esperaban Rodolfo y Julia que había reservado un yate (¡sí, un yate!), para darnos una vuelta por la costa. Los dueños del yate, acostumbrados a los turistas, tenían todo un repertorio musical (regatteonero) preparado para nosotros. Francamente agradecimos cuando decidieron quitarnos esa música, porque le quitaba romanticismo al paisaje tan impresionante que estábamos presenciando. Finalmente cayó la tarde y salieron las estrellas. ¡Tantísimas estrellas! Un privilegio para un montón de astrónomos de salón que en realidad pocas veces tenían la suerte de contemplar ese cielo. De ahí volvimos a tierra firme, un poco mareados, para ir a cenar. Un sitio muy auténtico con comida tradicional y actuación de una cantante que nos deleitó con unas cuantas canciones típicas mexicanas. Al día siguiente nos volvimos ya de vuelta a EE. UU. Un viaje corto, pero intensísimo. Mi primera toma de contacto con el país. Tiempo después volvería a México, ya a hacer un viaje un poco más de inmersión dentro de lo que realmente es México y cómo se vive allá. Y comprendí por qué la gente arriesga su vida atravesando durante días a pie el desierto de Sonora en busca de una vida mejor. Aunque eso signifique venir a fregar platos a EE. UU. Este país, que para nosotros los Europeos la antítesis de los beneficios sociales, para mucha gente significa, casi literalmente, el paraíso. Así está el mundo[2].

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Agujero_de_gusano

[2] Calle 13 – Pa’l Norte: https://www.youtube.com/watch?v=SBYO1ZfxxSM&frags=pl%2Cwn

A solas ante el Universo

Déjà vuS

La gran mayoría de gente que he conocido en mi vida estaban, igual que yo, casi siempre viviendo más o menos lejos de casa, y lidiando con el hecho de ser extranjero en diferentes ciudades y países más o menos acogedores. Lo más curioso, es que a partir de cierto momento todos añoran retornar a casa, al país que les vio nacer o lo más próximo a él.  Mi caso no es una excepción, por eso volver a Europa me produce un sentimiento melancólico, a la vez que me despierta muchos recuerdos. Especialmente Heidelberg. Sólo pasé allí tres años y nueve meses, pero probablemente fue el periodo de mi vida en el que más crecí y aprendí. No sólo académicamente, sino también como persona. Visto con unos años de perspectiva, cuando llegué a la ciudad era una niña grande con un título universitario y cuando me fui, una persona adulta con sus prioridades, valores y gustos bastante más definidos. Será que las experiencias positivas y negativas que tuve en Heidelberg me obligaron a crecer.

Después de aquel viaje de tres horas en tren desde Múnich, ahora me encontraba nuevamente allí en esta ciudad como si el tiempo no hubiera pasado; aunque realmente hacía más de dos años desde el día que dejé mi viejo apartamento en Bergheimer Straβe [1]133 para dirigirme rumbo a Tenerife. La ciudad realmente no había cambiado tanto: la misma estación de tren, el mismo trasiego de tranvías y de bicis, el mismo olor a otoño, el mismo fresquito durante la noche. Me gustaba estar de vuelta. Fui a dejar la maleta al hotel que me había reservado en el centro. Como ya era tarde, la recepción estaba cerrada. ¡Sí, en Alemania los negocios cierran a cierta hora porque se entiende que la gente debe tener más vida a parte del trabajo! En vistas de la situación, no me quedó más remedio que desempolvar mi alemán y llamar al dueño por teléfono para que me abriera la puerta. Conseguí hacerme entender sin problemas, lo cual me produjo bastante satisfacción. ¡Casi cuatro años estudiando alemán tenían que servir para algo! Una vez hecho eso, me fui a mi restaurante italiano favorito[2] al que solía ir por lo menos una vez a la semana a comerme una de esas lasañas que tanto me gustaban. Después me fui a pasear por el centro, todo seguí igual: Haupstraβe, el río, Universitätsplatz, el castillo…

Heidelberg
Vista desde el Philosopheanweg en Heidelberg

Al día siguiente madrugué para ir a mi antiguo instituto, el Max-Planck-Institut für Astronomie, donde tenía que dar una charla para promocionar mi trabajo en la Universidad de Arizona. Bueno, también para “visitar” a mi jefe, el que por cierto tenía el dichoso papel que yo necesitaba para poder entrar en EE.UU. de nuevo. Volver a mi antiguo instituto fue una sensación extraña: por un lado volver a ver aquella montaña preciosa en la que los árboles ya empezaban a cambiar a un color marrón debido al otoño, y por otro lado el olor al entrar al instituto. Tantas veces entré a ese mismo edificio con ese mismo olor obligándome a mí misma para no darme media vuelta y evitar enfrentarme prácticamente sola a mi tesis. Mi director, el que de verdad me dirigía, se había tenido que mudar un año antes de que acabara mi tesis a Estrasburgo, porque el director del instituto, y también mi “principal” director de tesis (en el papel), no le había renovado el contrato. También me recordaba a todos esos comentarios machistas tipo: “¿por qué vienes con zapatos altos a trabajar?” o “¿por qué vienes hoy tan arreglada?” Hoy en día me doy cuenta que, como mujer, ir arreglada al instituto era un acto de rebeldía.

Después de andar los primeros metros en el instituto conseguí, momentáneamente, deshacerme de esos recuerdos y poner foco en las cosas que debía hacer, así que pasé a ver a mi jefe. Ahí estaba, con su cara de siempre. Está claro que el año sabático no le había ayudado tanto a relajarse. Me arrojó el famoso papel que necesitaba para volver a Tucson a la cara y me dice: “ahora estoy ocupado, ya hablaremos”. “Pa chasco”, pensé yo. Fui a preparar la charla que daba después de la comida, y aproveché para visitar a los pocos estudiantes veteranos que aún quedaban por allí. Después de comer di mi charla ante la atenta y seria mirada de mi jefe. Agradecí que al menos mi antiguo director de tesis y director del instituto no anduviera por allí. «Uno menos que hace preguntas impertinentes», pensé. La charla salió sin pena ni gloria, creo que fui capaz de fingir cierto entusiasmo por el tema. Hubo varios interesados que me preguntaron después lo que sí me animó un poco más.

Ahí se acabaron mis deberes por esos días, así que aproveché para avisar a los amigos que me quedaban de mi época del doctorado y ahora sí, disfrutar la parte divertida de Heidelberg. Con mis amigos chilenos fuimos a cenar unos Schnitzel [3]. El viernes hicimos cena multitudinaria otra vez en mi restaurante italiano favorito. Los camareros aún se acordaban de nosotros, para bien o para mal, porque más de una vez nos han llamado la atención por hablar o reírnos muy fuerte. Pobres alemanes, con lo que les gusta la calma.  De ahí nos fuimos a recordar los viejos tiempos en Unterstraβe, la calle de los pubs y de bares variados. Atestada de gente como todos esos viernes en los que solíamos frecuentarla. El tiempo también parecía haberse congelado en Unterstraβe. Aunque antes no nos importaba tanto, ahora sí que nos agobiaba un poco entrar en los típicos bares diminutos llenos de gente y de humo.

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Café en la calle principal de Heidelberg, Unterstrasse

Después de unos días maravillosos en los que viví en un déjá vu, era hora de volver a Tucson y enfrentarme al nuevo año académico. Al menos iba a estar en una oficina nueva, heredada de Theodora, y no iba a tener al jefe vigilándome cada paso, algo es algo…

[1] Straβe: calle en alemán

[2] Mi restaurante italiano favorito en Heidelberg, por si algún día os es útil la recomendación: http://www.la-vite-heidelberg.de

[3] Schnitzel: filete de cerdo gigante cocinado de diferentes formas. La más habitual es empanado con un montón de patatas fritas: https://es.wikipedia.org/wiki/Wiener_Schnitzel

A solas ante el Universo

Vacaciones de verano para mi[1]

Desde mi infancia las vacaciones de verano han sido siempre la parte más interesante del año. Bueno, al menos así  fue durante mi infancia, cuando pasaba los veranos en casa de la abuela Isidra, levantándome a las tantas, yendo a la piscina todos los días y aprovechando las noches de verano para jugar con otros niños por la calle del pueblo. Cuando empecé a ser un poco “moceta”[2] el enfoque de los veranos cambió radicalmente, y mis padres decidieron que ya era hora de que empezara a ayudar con el corte de ajos[3] en julio, y en la casa mientras mi madre trabajaba en agosto. ¡Por lo menos durante muchos años me libré de ir a la vendimia en septiembre! Así fueron mis veranos durante mi adolescencia y hasta casi acabar la universidad. El caso es que aunque llevaba muchos años teniendo vacaciones “normales” desde que empecé a valerme por mí misma, hacía muchos años que no necesitaba TANTO las vacaciones como el verano de 2017. Ciertamente ahora tenía un trabajo mucho más cómodo, desde el punto de vista físico, que los trabajos que había tenido en muchos años anteriores, pero ese verano comprobé que no es sólo el trabajo físico el que cansa, también el mental. Eso por no hablar de la tensión psicológica acumulada y el hecho de vivir lejos de casa.

Después de ocho largos meses esperando mi vuelta a España para las vacaciones de verano, llegó el día. Me esperaban tres maravillosas semanas en Europa: dos de vacaciones de verdad, y una de visita para promocionar mi último trabajo en Múnich y en Heidelberg. Aunque fueran visitas de trabajo, al menos podría ver a mis amigos del doctorado, así que estaba entusiasmadísima con mis vacaciones. En el aeropuerto de Madrid-Barajas me esperaban mi hermana y mi madre, ¡cuánto tiempo sin verlas! Apenas pasé 3 días en mi casa cuando ya me tocó ir a Madrid a renovar el visado, el mismo rollo todos los años: madrugar un montón para estar tempranísimo en la embajada de EE. UU. y pasar allí toda una mañana hasta que por fin te dejaban salir, sin pasaporte, eso sí, porque normalmente lo retienen en la embajada para ponerte la pegatina con el visado. Desde mi punto de vista todos mis “deberes” de esas tres semanas estaban finiquitados, y ahora venía lo bueno: mi hermana y yo nos íbamos de viaje a Galicia una semana. Yo quería ir a pasar mis vacaciones a un sitio fresquito, que bastante calor pasé en Tucson el resto del verano. Así que ese mismo día, cogimos la furgoneta y nos fuimos para el norte camino a Vigo. Allí pasamos un par de días, paseando por esa ciudad tan fresquita. ¡Por la noche hacía falta un pantalón largo y chaqueta! Yo estaba ya deseando pasar unas noches en algún sitio donde por la noche hiciera falta una mantita para dormir. De ahí fuimos a ver la isla de Ons un día en barco, y a partir de ahí se acabó mi tranquilidad. Aunque me había jurado que apagaría el teléfono durante esta semana fue imposible, y como consecuencia no pude evitar leer los 20 emails que me mandó la secretaria de mi jefe. Había un problema con mi contrato para el año próximo, porque necesitaban ver el original un papel que yo necesitaba para entrar en EE.UU.  y que la propia universidad me había hecho. ¡Agobio! ¿cómo podían no tener un papel que ellos mismos habían hecho? Sin ese papel no podían pagarme las visitas a Alemania ni el sueldo hasta mediados de septiembre, pero tampoco podía despegarme de él porque lo necesitaba para volver a entrar a EE. UU…. me fastidiaba que me estuvieran molestando por un problema a mis ojos tan estúpido… esos días estuve tentada de mandarlo  todo a la m#¢∞%a y quedarme en España definitivamente. ¡Ya encontraría algo! Al final, la cordura volvió a mí y pensé que lo mejor era enviar a Tucson el bendito papel y rezar para que volviera sano y salvo antes de tener que regresar a EE. UU.

Terminé la semana en Galicia pasando por O Grove, donde vimos a mi amigo Fernando (Fernadillo) y un amigo suyo nos dio una vuelta en barco. Las vacaciones siempre se hacen muy cortas… pasada la semana, mi hermana tenía que volver a Cambridge y a mí me esperaban unos días en el pueblo antes de marcharme a Alemania, lo que fue la recta final de mi viaje a Europa. En el pueblo pude relajarme un poco y disfrutar de la familia. Por supuesto, los días en el pueblo volaron, y un lunes me fui para Madrid para coger un vuelo a Múnich, donde daría mi primera charla, y de ahí en tren a Heidelberg.

A principios de septiembre Alemania se empieza a teñir de colores grises y días frescos que anuncian la llegada inminente del otoño Alemán. Las buenas noticias es que aún se puede caminar a cualquier hora del día “sólo” con una chaqueta, y a veces un paraguas. En Múnich pasé por la ESO (European Southern Observatory) para dar mi primera charla: había muchas caras familiares de antiguos compañeros del doctorado por allí. Me encantó el ambiente, totalmente diferente al que hay en las universidades americanas: la gente escucha atenta tu charla y luego pregunta simplemente por mera curiosidad preguntan, e intentan dar consejos para mejorar tu investigación. En las universidades de EE. UU. más bien intentan buscar errores o algún detalle rebuscado que quizá no sepas para más bien dejarte en evidencia.

De Múnich cogí un tren para Heidelberg. Echaba de menos la tranquilidad de Alemania y sus trenes, y eso que muchas veces van con retraso. Aún así, los prefiero a conducir durante horas: no más económico, pero sí más ecológico. Después de dos años desde la última vez que estuve en Heidelberg, por fin estaba allí otra vez como si nunca me hubiera ido: esas calles fresquitas y oscuras, los tranvías, las bicis yendo de un lado para otro, la entrada de mi antigua casa… tantos recuerdos despertados en un momento…

[1] La canción de Fórmula V que me inspiró para el título del blog de hoy: https://www.youtube.com/watch?v=0MMQPSH4StY&frags=pl%2Cwn

[2] Moceta, en mi pueblo, se utiliza para denominar a las niñas justo antes de entrar en la adolescencia.

[3] Cómo cortar ajos, más vale un vídeo que 1000 palabras: https://www.youtube.com/watch?v=VK7170fXQLg&frags=pl%2Cwn

A solas ante el Universo

“LA LA Land” y “Hogar, dulce hogar”

            Vivir lejos de casa y de tu cultura es un reto algunas veces, pero si hay algo que me gusta de vivir a 8000 km de casa es tener la posibilidad de conocer lugares que antes parecían remotos por tiempo y por dinero. Una ventaja extra de dedicarse a la investigación es que te brinda la oportunidad de hacer muchos amigos de muchos lugares diferentes, que en el futuro estarán esparcidos por otros rincones de la Tierra, y que siempre serán los mejores anfitriones.

A mediados del verano de 2017 yo vivía contando los días que me faltaban para volver de vacaciones a España. Sentía que nunca antes había necesitado tanto unas vacaciones. Ya me quedaba menos de un mes. Mientras tanto, aprovechando la ausencia de mi jefe y casi del resto  del departamento, me decidí a ir a visitar unos días a mis amigos Eduardo y Albert a Pasadena. Pasadena es una ciudad al lado de Los Ángeles (LA como la llaman los americanos), que tiene una serie de institutos de investigación en astronomía (y otras disciplinas) muy importantes en el mundo (Caltech, Carnegie, JPL, IPAC, etc), y allí tienen la suerte de estar mis amigos.

Desde el avión Los Ángeles es gigante, se extiende más allá del horizonte hasta perderse en todas direcciones, excepto la oeste, donde está el océano Pacífico. Al salir del aeropuerto me dispuse a coger un Uber para que me llevara a casa de Eduardo a Pasadena. La cosa no fue precisamente relajante: una docena de personas se arremolinaba en esa parada para hacer lo mismo, sin olvidarnos del tráfico intenso que hay siempre alrededor del aeropuerto, bueno, en realidad Los Ángeles es un atasco enorme de coches en todas direcciones. Por fin llegó el que parecía mi conductor: un coreano que había vivido en Brasil y que apenas hablaba inglés, ni por supuesto español, sólo coreano y portugués. Por alguna razón, no conseguía ver la dirección a la que quería ir exactamente. ¡Genial! –pensé, ¡ahora estoy en un “taxi” con un raro con el que no me puedo comunicar y en mitad del atasco de Los Ángeles! Como ya estaba en el Uber no podía (o no supe) decirle a aplicación de Uber dónde quería ir. El coreano se pone moños y empieza a gritarme. Yo pensaba: ¿qué hago, le pego un puñetazo para que se calle o intento negociar con él? Finalmente, echando mano de la poca paciencia que me han dado, acordé con el coreano que me llevaba a donde yo le pedía y que le pagaba en efectivo. No sé cómo me las apaño para encontrarme a tantos raros…

Finalmente llegué sana y salva a casa de Eduardo. Él y su chica Lucy me esperaban para cenar.  ¡Me encantan los reencuentros de amigos! Al día siguiente fui al jardín botánico de Pasadena con Eduardo. El sitio era maravilloso, muy cuidado, lleno de flores. Aunque hacía algo de calor, para mí, acostumbrada al verano infernal de Tucson, aquello era un tiempo primaveral superagradable. Aprovechamos para ponernos al día con nuestras vidas, ya que llevábamos sin vernos más de 2 años: hablamos de mi frustración con mi jefe, y con la ciencia, y de otros temas típicos de la crisis de los 30… el tiempo no pasa en balde y la sociedad reclama por activa y por pasiva que empecemos a hacer planes de vida más acordes con “nuestra edad”, especialmente, por supuesto, a las mujeres.

Al día siguiente fui con Albert a ver el observatorio Griffith de Los Ángeles[1], desde el cuál se veía toda la ciudad, los rascacielos y  al fondo una capa de contaminación. Como toda atracción turística por esta zona, estaba llena, llena de gente viendo algunos de los shows e intentando sacarse el selfie más fotogénico para el Instagram. Por la tarde, y por empeño mío, convencí al pobre Albert para que me llevara a ver el barrio de Hollywood, ¿cómo me voy a volver a Tucson sin ver dónde se entregan los Óscar y el paseo de la fama? Hollywood estaba lleno de coches, nos costó como media hora poder aparcar. Caminamos unos minutos y me dice Albert: ¡ya estás en Hollywood! Creo que en ese instante mi cara debió ser un poema: lo que tenía delante de mis ojos era una calle atestada de coches y rebaños de gente caminando por el famoso paseo de la fama, intentando no atropellar a los numerosísimos puestos de perritos calientes con olor a frito podrido, y a la cantidad de vagabundos que dormitaban por las aceras a la espera de que algún turista le echara unas monedas. Si tengo que describir el sentimiento que tuve fue de una clara DECEPCIÓN. No podía quejarme, Albert ya me lo advirtió. Ya que estábamos allí, decidimos pasear un rato para por lo menos hacer unas fotos a algunas de las estrellas del paseo de la fama. Hacedme caso, el resto no merecía la pena ni una foto.

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Observatorio Griffith de Los Ángeles. Al fondo se ve el centro de Los Ángeles rodeado de su correspondiente capa de contaminación.

 

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Estrella de Antonio Banderas en el paseo de la fama de Hollywood

Al día siguiente convencí a Eduardo y a Albert para que me llevaran a ver la playa de Santa Mónica, ¡qué ganas tenía de ver otra vez el mar y sentir un poco de brisita salada en la cara! Desde que me fui de Tenerife hacía ya casi 1 año no había vuelto a ver el mar… Después de llevar un rato en el coche, empecé a arrepentirme de haberles pedido este favor… ¡estábamos otra vez en mitad de un atasco en medio de Los Ángeles! ¿A dónde va la gente hoy si es sábado por la mañana? –pensé yo. Probablemente a la playa, como nosotros, o al trabajo, o ¡a saber! Es Los Ángeles, como se podía ver en la película de LA LA Land esta ciudad nunca duerme y es un atasco permanente. Una hora más tarde, por fin llegamos a Santa Mónica, no está mal para estar sólo a 46 km de Pasadena… La espera mereció la pena: kilómetros de playa de arena blanca, justo como sale siempre en las películas. Por supuesto nosotros evitamos la parte más concurrida de la playa donde hay atracciones para turistas y millones de tiendas. Me hubiera dado un soponcio y seguro que os estaría contando cosas menos bonitas…

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Playa de Santa Mónica en Los Ángeles. Una pena que el día estuviera un poco nublado…

Al día siguiente tenía ya que volver a Tucson. Por un lado hubiera preferido quedarme en Pasadena con mis amigos y aprovechar ese aire diferente que tiene California, pero por otro lado apreciaba estar de nuevo en una ciudad más tranquila, donde ir a cualquier parte no signifique chuparse 1 hora de atasco. En realidad, a las 3 semanas de aquello, y después de por fin haber enviado mi pesadilla de artículo a la revista para revisión, ya me encontraba por fin cogiendo ese largo vuelo de 10 h en Phoenix que me traería de vuelta por unas semanas a mi añorada Europa. Llevaba 8 meses esperando aquello, y ahora cada minuto se me hacía una espera eterna para volver a mi hogar, dulce hogar.

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Foto desde el avión cuando aterricé en Madrid el año pasado. Al fondo se ve Madrid.

[1] http://www.viajarlosangeles.com/visitar-observatorio-griffith.php