A solas ante el Universo

Vacaciones de verano para mi[1]

Desde mi infancia las vacaciones de verano han sido siempre la parte más interesante del año. Bueno, al menos así  fue durante mi infancia, cuando pasaba los veranos en casa de la abuela Isidra, levantándome a las tantas, yendo a la piscina todos los días y aprovechando las noches de verano para jugar con otros niños por la calle del pueblo. Cuando empecé a ser un poco “moceta”[2] el enfoque de los veranos cambió radicalmente, y mis padres decidieron que ya era hora de que empezara a ayudar con el corte de ajos[3] en julio, y en la casa mientras mi madre trabajaba en agosto. ¡Por lo menos durante muchos años me libré de ir a la vendimia en septiembre! Así fueron mis veranos durante mi adolescencia y hasta casi acabar la universidad. El caso es que aunque llevaba muchos años teniendo vacaciones “normales” desde que empecé a valerme por mí misma, hacía muchos años que no necesitaba TANTO las vacaciones como el verano de 2017. Ciertamente ahora tenía un trabajo mucho más cómodo, desde el punto de vista físico, que los trabajos que había tenido en muchos años anteriores, pero ese verano comprobé que no es sólo el trabajo físico el que cansa, también el mental. Eso por no hablar de la tensión psicológica acumulada y el hecho de vivir lejos de casa.

Después de ocho largos meses esperando mi vuelta a España para las vacaciones de verano, llegó el día. Me esperaban tres maravillosas semanas en Europa: dos de vacaciones de verdad, y una de visita para promocionar mi último trabajo en Múnich y en Heidelberg. Aunque fueran visitas de trabajo, al menos podría ver a mis amigos del doctorado, así que estaba entusiasmadísima con mis vacaciones. En el aeropuerto de Madrid-Barajas me esperaban mi hermana y mi madre, ¡cuánto tiempo sin verlas! Apenas pasé 3 días en mi casa cuando ya me tocó ir a Madrid a renovar el visado, el mismo rollo todos los años: madrugar un montón para estar tempranísimo en la embajada de EE. UU. y pasar allí toda una mañana hasta que por fin te dejaban salir, sin pasaporte, eso sí, porque normalmente lo retienen en la embajada para ponerte la pegatina con el visado. Desde mi punto de vista todos mis “deberes” de esas tres semanas estaban finiquitados, y ahora venía lo bueno: mi hermana y yo nos íbamos de viaje a Galicia una semana. Yo quería ir a pasar mis vacaciones a un sitio fresquito, que bastante calor pasé en Tucson el resto del verano. Así que ese mismo día, cogimos la furgoneta y nos fuimos para el norte camino a Vigo. Allí pasamos un par de días, paseando por esa ciudad tan fresquita. ¡Por la noche hacía falta un pantalón largo y chaqueta! Yo estaba ya deseando pasar unas noches en algún sitio donde por la noche hiciera falta una mantita para dormir. De ahí fuimos a ver la isla de Ons un día en barco, y a partir de ahí se acabó mi tranquilidad. Aunque me había jurado que apagaría el teléfono durante esta semana fue imposible, y como consecuencia no pude evitar leer los 20 emails que me mandó la secretaria de mi jefe. Había un problema con mi contrato para el año próximo, porque necesitaban ver el original un papel que yo necesitaba para entrar en EE.UU.  y que la propia universidad me había hecho. ¡Agobio! ¿cómo podían no tener un papel que ellos mismos habían hecho? Sin ese papel no podían pagarme las visitas a Alemania ni el sueldo hasta mediados de septiembre, pero tampoco podía despegarme de él porque lo necesitaba para volver a entrar a EE. UU…. me fastidiaba que me estuvieran molestando por un problema a mis ojos tan estúpido… esos días estuve tentada de mandarlo  todo a la m#¢∞%a y quedarme en España definitivamente. ¡Ya encontraría algo! Al final, la cordura volvió a mí y pensé que lo mejor era enviar a Tucson el bendito papel y rezar para que volviera sano y salvo antes de tener que regresar a EE. UU.

Terminé la semana en Galicia pasando por O Grove, donde vimos a mi amigo Fernando (Fernadillo) y un amigo suyo nos dio una vuelta en barco. Las vacaciones siempre se hacen muy cortas… pasada la semana, mi hermana tenía que volver a Cambridge y a mí me esperaban unos días en el pueblo antes de marcharme a Alemania, lo que fue la recta final de mi viaje a Europa. En el pueblo pude relajarme un poco y disfrutar de la familia. Por supuesto, los días en el pueblo volaron, y un lunes me fui para Madrid para coger un vuelo a Múnich, donde daría mi primera charla, y de ahí en tren a Heidelberg.

A principios de septiembre Alemania se empieza a teñir de colores grises y días frescos que anuncian la llegada inminente del otoño Alemán. Las buenas noticias es que aún se puede caminar a cualquier hora del día “sólo” con una chaqueta, y a veces un paraguas. En Múnich pasé por la ESO (European Southern Observatory) para dar mi primera charla: había muchas caras familiares de antiguos compañeros del doctorado por allí. Me encantó el ambiente, totalmente diferente al que hay en las universidades americanas: la gente escucha atenta tu charla y luego pregunta simplemente por mera curiosidad preguntan, e intentan dar consejos para mejorar tu investigación. En las universidades de EE. UU. más bien intentan buscar errores o algún detalle rebuscado que quizá no sepas para más bien dejarte en evidencia.

De Múnich cogí un tren para Heidelberg. Echaba de menos la tranquilidad de Alemania y sus trenes, y eso que muchas veces van con retraso. Aún así, los prefiero a conducir durante horas: no más económico, pero sí más ecológico. Después de dos años desde la última vez que estuve en Heidelberg, por fin estaba allí otra vez como si nunca me hubiera ido: esas calles fresquitas y oscuras, los tranvías, las bicis yendo de un lado para otro, la entrada de mi antigua casa… tantos recuerdos despertados en un momento…

[1] La canción de Fórmula V que me inspiró para el título del blog de hoy: https://www.youtube.com/watch?v=0MMQPSH4StY&frags=pl%2Cwn

[2] Moceta, en mi pueblo, se utiliza para denominar a las niñas justo antes de entrar en la adolescencia.

[3] Cómo cortar ajos, más vale un vídeo que 1000 palabras: https://www.youtube.com/watch?v=VK7170fXQLg&frags=pl%2Cwn

A solas ante el Universo

“LA LA Land” y “Hogar, dulce hogar”

            Vivir lejos de casa y de tu cultura es un reto algunas veces, pero si hay algo que me gusta de vivir a 8000 km de casa es tener la posibilidad de conocer lugares que antes parecían remotos por tiempo y por dinero. Una ventaja extra de dedicarse a la investigación es que te brinda la oportunidad de hacer muchos amigos de muchos lugares diferentes, que en el futuro estarán esparcidos por otros rincones de la Tierra, y que siempre serán los mejores anfitriones.

A mediados del verano de 2017 yo vivía contando los días que me faltaban para volver de vacaciones a España. Sentía que nunca antes había necesitado tanto unas vacaciones. Ya me quedaba menos de un mes. Mientras tanto, aprovechando la ausencia de mi jefe y casi del resto  del departamento, me decidí a ir a visitar unos días a mis amigos Eduardo y Albert a Pasadena. Pasadena es una ciudad al lado de Los Ángeles (LA como la llaman los americanos), que tiene una serie de institutos de investigación en astronomía (y otras disciplinas) muy importantes en el mundo (Caltech, Carnegie, JPL, IPAC, etc), y allí tienen la suerte de estar mis amigos.

Desde el avión Los Ángeles es gigante, se extiende más allá del horizonte hasta perderse en todas direcciones, excepto la oeste, donde está el océano Pacífico. Al salir del aeropuerto me dispuse a coger un Uber para que me llevara a casa de Eduardo a Pasadena. La cosa no fue precisamente relajante: una docena de personas se arremolinaba en esa parada para hacer lo mismo, sin olvidarnos del tráfico intenso que hay siempre alrededor del aeropuerto, bueno, en realidad Los Ángeles es un atasco enorme de coches en todas direcciones. Por fin llegó el que parecía mi conductor: un coreano que había vivido en Brasil y que apenas hablaba inglés, ni por supuesto español, sólo coreano y portugués. Por alguna razón, no conseguía ver la dirección a la que quería ir exactamente. ¡Genial! –pensé, ¡ahora estoy en un “taxi” con un raro con el que no me puedo comunicar y en mitad del atasco de Los Ángeles! Como ya estaba en el Uber no podía (o no supe) decirle a aplicación de Uber dónde quería ir. El coreano se pone moños y empieza a gritarme. Yo pensaba: ¿qué hago, le pego un puñetazo para que se calle o intento negociar con él? Finalmente, echando mano de la poca paciencia que me han dado, acordé con el coreano que me llevaba a donde yo le pedía y que le pagaba en efectivo. No sé cómo me las apaño para encontrarme a tantos raros…

Finalmente llegué sana y salva a casa de Eduardo. Él y su chica Lucy me esperaban para cenar.  ¡Me encantan los reencuentros de amigos! Al día siguiente fui al jardín botánico de Pasadena con Eduardo. El sitio era maravilloso, muy cuidado, lleno de flores. Aunque hacía algo de calor, para mí, acostumbrada al verano infernal de Tucson, aquello era un tiempo primaveral superagradable. Aprovechamos para ponernos al día con nuestras vidas, ya que llevábamos sin vernos más de 2 años: hablamos de mi frustración con mi jefe, y con la ciencia, y de otros temas típicos de la crisis de los 30… el tiempo no pasa en balde y la sociedad reclama por activa y por pasiva que empecemos a hacer planes de vida más acordes con “nuestra edad”, especialmente, por supuesto, a las mujeres.

Al día siguiente fui con Albert a ver el observatorio Griffith de Los Ángeles[1], desde el cuál se veía toda la ciudad, los rascacielos y  al fondo una capa de contaminación. Como toda atracción turística por esta zona, estaba llena, llena de gente viendo algunos de los shows e intentando sacarse el selfie más fotogénico para el Instagram. Por la tarde, y por empeño mío, convencí al pobre Albert para que me llevara a ver el barrio de Hollywood, ¿cómo me voy a volver a Tucson sin ver dónde se entregan los Óscar y el paseo de la fama? Hollywood estaba lleno de coches, nos costó como media hora poder aparcar. Caminamos unos minutos y me dice Albert: ¡ya estás en Hollywood! Creo que en ese instante mi cara debió ser un poema: lo que tenía delante de mis ojos era una calle atestada de coches y rebaños de gente caminando por el famoso paseo de la fama, intentando no atropellar a los numerosísimos puestos de perritos calientes con olor a frito podrido, y a la cantidad de vagabundos que dormitaban por las aceras a la espera de que algún turista le echara unas monedas. Si tengo que describir el sentimiento que tuve fue de una clara DECEPCIÓN. No podía quejarme, Albert ya me lo advirtió. Ya que estábamos allí, decidimos pasear un rato para por lo menos hacer unas fotos a algunas de las estrellas del paseo de la fama. Hacedme caso, el resto no merecía la pena ni una foto.

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Observatorio Griffith de Los Ángeles. Al fondo se ve el centro de Los Ángeles rodeado de su correspondiente capa de contaminación.

 

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Estrella de Antonio Banderas en el paseo de la fama de Hollywood

Al día siguiente convencí a Eduardo y a Albert para que me llevaran a ver la playa de Santa Mónica, ¡qué ganas tenía de ver otra vez el mar y sentir un poco de brisita salada en la cara! Desde que me fui de Tenerife hacía ya casi 1 año no había vuelto a ver el mar… Después de llevar un rato en el coche, empecé a arrepentirme de haberles pedido este favor… ¡estábamos otra vez en mitad de un atasco en medio de Los Ángeles! ¿A dónde va la gente hoy si es sábado por la mañana? –pensé yo. Probablemente a la playa, como nosotros, o al trabajo, o ¡a saber! Es Los Ángeles, como se podía ver en la película de LA LA Land esta ciudad nunca duerme y es un atasco permanente. Una hora más tarde, por fin llegamos a Santa Mónica, no está mal para estar sólo a 46 km de Pasadena… La espera mereció la pena: kilómetros de playa de arena blanca, justo como sale siempre en las películas. Por supuesto nosotros evitamos la parte más concurrida de la playa donde hay atracciones para turistas y millones de tiendas. Me hubiera dado un soponcio y seguro que os estaría contando cosas menos bonitas…

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Playa de Santa Mónica en Los Ángeles. Una pena que el día estuviera un poco nublado…

Al día siguiente tenía ya que volver a Tucson. Por un lado hubiera preferido quedarme en Pasadena con mis amigos y aprovechar ese aire diferente que tiene California, pero por otro lado apreciaba estar de nuevo en una ciudad más tranquila, donde ir a cualquier parte no signifique chuparse 1 hora de atasco. En realidad, a las 3 semanas de aquello, y después de por fin haber enviado mi pesadilla de artículo a la revista para revisión, ya me encontraba por fin cogiendo ese largo vuelo de 10 h en Phoenix que me traería de vuelta por unas semanas a mi añorada Europa. Llevaba 8 meses esperando aquello, y ahora cada minuto se me hacía una espera eterna para volver a mi hogar, dulce hogar.

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Foto desde el avión cuando aterricé en Madrid el año pasado. Al fondo se ve Madrid.

[1] http://www.viajarlosangeles.com/visitar-observatorio-griffith.php