A solas ante el Universo

Los veranos que pasaron

Después de una semana trasnochando para adaptarme al horario de noche en preparación a 4 días de observación en el telescopio, hoy que puedo irme a la cama a mi hora no puedo dormir. Así que paso a formar parte de la cohorte de vecinos de Baltimore, como unos cuantos del edificio de enfrente, que pasan hasta las tantas con las luces encendidas sin saber muy bien qué hacer.

Estaba intentando dormir, con algo de calor, cuando me vinieron a la mente recuerdos aleatorios de los veranos de mi infancia y adolescencia. Sí, de cuando tenía veranos que significaban vacaciones, no como ahora, y eran la época del año más interesante.

Mi madre, la pobre como toda mujer de agricultor manchego, se pasaba los veranos trabajando en los ajos. En junio recoger, en julio cortar, y en agosto a la cooperativa a pelar[1]. Por eso, hasta los 11 años, me pasaba los veranos entre semana en el pueblo de mi madre, Santa María, con mi abuela y con mi tía. Allí me pasaba el verano viendo el Equipo A, lavando la ropa a mano con mi abuela en la pila, yendo a las piscinas por la tarde con mi tía, y pasando las noches jugando en la calle “al fresco” con mis primas segundas, que venían al pueblo a pasar el verano. Los viernes mi padre iba a recogerme y pasaba los fines de semana en casa. El garaje de mi casa olía a ajos porque los teníamos allí almacenas después de haberlos cortado, a la espera de que la cooperativa nos comprara la mayoría a un precio más o menos mal pagado. El resto de ajos “de destrío” se repartían para el gasto de la familia. Mi madre salía a las 11 de la noche de trabajar. Normalmente cuando llegaba a casa los platos del almuerzo seguían aún en el fregadero sin lavar. Mi padre, aunque estaba en casa desde antes, entendía que no era su labor lavar los platos, así que más de una vez, sin todavía llegar mucho a la pila, los fregaba yo. Luego íbamos a recoger a mi madre con mi padre y mi hermana, que parecía salir muy contenta de su trabajo. Apuesto a que lo estaba.

Un fin de semana del verano, y sólo uno, que habitualmente coincidía con el final del Tour de Francia, íbamos a pasar el domingo a Las Lagunas de Ruidera. Mi madre hacía el hato con un montón de comida, los bañadores y la colchoneta, y allí nos plantábamos. En agosto, coincidiendo con las fiestas de la virgen de Manjavacas, nos íbamos de vacaciones dos o tres días (como mucho) a la casa de la prima de mi madre a Puerto de Sagunto. Eran los días más esperados del año. Una pena que al tercer día casi siempre mi padre se cansara de “tanto jaleo”, “gastar cuartos” y del “agua salá”, y dábamos por concluidas las vacaciones. En cuanto pasaban las fiestas de Santa María a finales de agosto, de las cuales yo no me perdía nada (ver foto), el verano se daba prácticamente por concluido, porque como ya sabe mi tía Paqui, nunca aprecié mucho a San Agustín[2]. Después de la última fiesta del verano, llega septiembre, con otra de mis épocas favoritas: la de comprar los libros y los cuadernos para el nuevo curso. 

En las fiestas de Santa María hace muchos años con mi abuela, mi tía abuela, y mi prima

Después de los 12 años, mis padres decidieron que ya estaba mayor para ayudar al corte de ajos como los demás “chicotes”, quedarme con mi hermana pequeña, y ayudar a limpiar mientras mi madre trabajaba. Así que hasta ahí podemos decir que llegaron los veranos ociosos de mi infancia. Desde entonces, creo que me libré del corte de ajos el verano que me fui a la Ruta Quetzal, el 2003, hasta que ya estando en la Universidad mi padre decidió dejar de sembrar ajos. Qué descanso. 


[1]Esos ajos que echas a tu comida llevan un arduo proceso detrás y mucho trabajo mal pagado. Aquí un vídeo que explica el proceso, que es menos bonito de lo que explica en el vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=uFOn6VflipM&list=PL4UcqSEUtuO0JCxHln_7ZvTHtfZ0hrfOc&index=1

[2] La fiesta de San Agustín y la Virgen del Valle es a finales de agosto en mi pueblo. No es que tenga nada en contra de este santo, pero mi tía solía decirme cuando había que desaparecer algún juguete de “la chicota” que San Agustín se lo había llevado. Qué frustración.