A solas ante el Universo

Bienvenidos a México

            Después de un viaje interminable de 12h desde Frankfurt a San Francisco, aterricé de nuevo en EE.UU. “Al menos aterrizo en California”, pensé. El aeropuerto internacional de San Francisco anticipa algo de la ciudad:  mucha comida asiática, un restaurante con “sopas de la abuela”, mucha gente de todos los tipos que camina de un lado para otro, y un aire internacional, que desde luego el aeropuerto de Tucson no tiene. Dentro de poco os hablaré de San Francisco, la ciudad donde viven los más ricos y los más pobres del país. De allí, y después de engullir una “sopa de la abuela”, tomé un último vuelo que me devolvió a Tucson. Ahora sí estaba de vuelta. El desierto me saludó con un puñetazo en forma de aire caliente en cuando salí por la puerta. Y es que aún en septiembre, las temperaturas no bajan de los 40ºC.

La buena noticia es que a los pocos días venía a conocer Tucson, Héctor, un compañero de la facultad, y ese fin de semana nos marchábamos a México junto a unos cuantos amigos astrónomos. Todo gracias a que Rodolfo y Julia, nuestros amigos mexicanos, que nos habían poco menos que organizado un viaje de ensueño.

Yo aproveché que el jefe salió de la oficina para almorzar, y escaparme cuál colegial huye de la clase de religión. Parece mentira que a mi edad me tenga que escapar “a escondidas” del trabajo, ni que el jefe fuera mi carcelero. Pero con él, así se tienen que hacer las cosas. Salimos de Tucson un caluroso viernes por la tarde. Diez amigos distribuidos en tres coches. Aquello iba a ser poco menos que la excusión del colegio.

Tucson está a una escasa hora y media conduciendo por la carretera I-19 en dirección Nogales. Resulta curioso que después de salir de la ciudad los carteles empiezan a indicar kilómetros en lugar de millas, ¡por fin unidades de media normales! El paisaje parece no cambiar mucho durante kilómetros, hasta que de repente vemos un cartel a lo lejos que decía “Bienvenidos a México”. Era la frontera de Nogales, una ciudad dividida por unos barrotes de hierro entre EE.UU. y México.  Después de pasar la aduana, sin ningún problema y ninguna pregunta, salvo, “¿a dónde van?”, cruzamos al otro lado. Fue como entrar en un universo completamente distinto. Si algún día conseguimos viajar a través de agujeros de gusano[1] a universos paralelos, creo que la transición sería algo parecido. En pocos metros, pasamos de conducir por una carretera relativamente bien asfaltada a una carretera llena de agujeros y con obras a cada paso. Desde la carretera se veía la parte mexicana de Nogales. Un contraste gigante con la parte de EE. UU. La ciudad se extiende hasta lo alto de varias colinas, con casitas de colores bastante destartaladas que las escalan. Ya no hay rastro de las típicas cadenas de comida rápida tan representativas de EE. UU., ni de los edificios aislados construidos por todos lados de la carretera como si fueran estaciones de servicio, aunque en realidad puede que sean restaurantes muy finos, clínicas veterinarias o un supermercado. Todo eso se vio sustituido en pocos metros por puestos ambulantes que vendían tamales, frutas, dulces o cualquier otra cosa. Mientras conducíamos por la carretera a no más de 50 km/h, las señoras se acercaban a los coches para vendernos mazorcas de maíz, tortillas de maíz, sombreros, o casi cualquier cosa que nos pudiéramos imaginar. Estábamos en Latinoamérica. Me apuesto que cualquiera de esas cosas que vendían los vendedores ambulantes era más sana que cualquier caca que uno pueda encontrar en las tiendas “refinadas” de las estaciones de servicio de EE. UU.

 

nogales
Nogales, parte de EE. UU. y al otro lado la parte mexicana divididas por el muro

 

Paramos a cenar y a cambiar dólares a pesos en un pueblo cercano a Hermosillo. ¡Nos pusieron una cena espectacular! Tacos, quesadillas, guacamole con nachos… todo tenía un sabor definitivamente diferente a la comida mexicana que había probado antes. De ahí seguimos yendo hacia el sur y atravesamos Hermosillo. ¡Eso sí que es una ciudad! El tráfico era bastante denso y frenético, así que tuvimos que hacer un esfuerzo considerable para no perder a Rodolfo y Julia que nos guiaban a través de aquel tráfico. De ahí nos dirigimos a San Carlos, conduciendo otras 2h más. Teníamos alquilada una casa gigante frente al mar, propiedad de un americano, por supuesto.

Al día siguiente, cuando despertamos, pudimos ver el auténtico paraíso en el que nos encontrábamos: la casa tenía vistas directas al golfo de California. San Carlos es una ciudad pequeña, muy acogedora, y para nada invadida por los bloques de pisos horrorosos que tanto les gustan a los turistas y muy típicos en otros sitios de vacaciones como Puerto Peñasco. Hacía un calor importante, intensificado por la alta concentración de humedad. Además, los mosquitos descubrieron a su fuente de alimento perfecta para esos días: yo. Que me echara repelente o no, no era relevante. Ese día fuimos a pasear por la playa que quedaba cerca del apartamento, y más tarde fuimos a comer unos pescados riquísimos con las obligadas margaritas para acabar con el calor. Por la tarde nos fuimos a una playa cercana a darnos un baño. Era una playa curiosa, llena de paisanos del lugar, que habían decido meter sus rancheras dentro de la playa, para así tener música y cervezas frías todo el rato. A nosotros nos faltó tiempo para meternos en el agua, muy a pesar de mi miedo a las olas. Otro día os contaré la historia. Antes del atardecer nos fuimos al puerto de la ciudad. Allí nos esperaban Rodolfo y Julia que había reservado un yate (¡sí, un yate!), para darnos una vuelta por la costa. Los dueños del yate, acostumbrados a los turistas, tenían todo un repertorio musical (regatteonero) preparado para nosotros. Francamente agradecimos cuando decidieron quitarnos esa música, porque le quitaba romanticismo al paisaje tan impresionante que estábamos presenciando. Finalmente cayó la tarde y salieron las estrellas. ¡Tantísimas estrellas! Un privilegio para un montón de astrónomos de salón que en realidad pocas veces tenían la suerte de contemplar ese cielo. De ahí volvimos a tierra firme, un poco mareados, para ir a cenar. Un sitio muy auténtico con comida tradicional y actuación de una cantante que nos deleitó con unas cuantas canciones típicas mexicanas. Al día siguiente nos volvimos ya de vuelta a EE. UU. Un viaje corto, pero intensísimo. Mi primera toma de contacto con el país. Tiempo después volvería a México, ya a hacer un viaje un poco más de inmersión dentro de lo que realmente es México y cómo se vive allá. Y comprendí por qué la gente arriesga su vida atravesando durante días a pie el desierto de Sonora en busca de una vida mejor. Aunque eso signifique venir a fregar platos a EE. UU. Este país, que para nosotros los Europeos la antítesis de los beneficios sociales, para mucha gente significa, casi literalmente, el paraíso. Así está el mundo[2].

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Agujero_de_gusano

[2] Calle 13 – Pa’l Norte: https://www.youtube.com/watch?v=SBYO1ZfxxSM&frags=pl%2Cwn

A solas ante el Universo

Déjà vuS

La gran mayoría de gente que he conocido en mi vida estaban, igual que yo, casi siempre viviendo más o menos lejos de casa, y lidiando con el hecho de ser extranjero en diferentes ciudades y países más o menos acogedores. Lo más curioso, es que a partir de cierto momento todos añoran retornar a casa, al país que les vio nacer o lo más próximo a él.  Mi caso no es una excepción, por eso volver a Europa me produce un sentimiento melancólico, a la vez que me despierta muchos recuerdos. Especialmente Heidelberg. Sólo pasé allí tres años y nueve meses, pero probablemente fue el periodo de mi vida en el que más crecí y aprendí. No sólo académicamente, sino también como persona. Visto con unos años de perspectiva, cuando llegué a la ciudad era una niña grande con un título universitario y cuando me fui, una persona adulta con sus prioridades, valores y gustos bastante más definidos. Será que las experiencias positivas y negativas que tuve en Heidelberg me obligaron a crecer.

Después de aquel viaje de tres horas en tren desde Múnich, ahora me encontraba nuevamente allí en esta ciudad como si el tiempo no hubiera pasado; aunque realmente hacía más de dos años desde el día que dejé mi viejo apartamento en Bergheimer Straβe [1]133 para dirigirme rumbo a Tenerife. La ciudad realmente no había cambiado tanto: la misma estación de tren, el mismo trasiego de tranvías y de bicis, el mismo olor a otoño, el mismo fresquito durante la noche. Me gustaba estar de vuelta. Fui a dejar la maleta al hotel que me había reservado en el centro. Como ya era tarde, la recepción estaba cerrada. ¡Sí, en Alemania los negocios cierran a cierta hora porque se entiende que la gente debe tener más vida a parte del trabajo! En vistas de la situación, no me quedó más remedio que desempolvar mi alemán y llamar al dueño por teléfono para que me abriera la puerta. Conseguí hacerme entender sin problemas, lo cual me produjo bastante satisfacción. ¡Casi cuatro años estudiando alemán tenían que servir para algo! Una vez hecho eso, me fui a mi restaurante italiano favorito[2] al que solía ir por lo menos una vez a la semana a comerme una de esas lasañas que tanto me gustaban. Después me fui a pasear por el centro, todo seguí igual: Haupstraβe, el río, Universitätsplatz, el castillo…

Heidelberg
Vista desde el Philosopheanweg en Heidelberg

Al día siguiente madrugué para ir a mi antiguo instituto, el Max-Planck-Institut für Astronomie, donde tenía que dar una charla para promocionar mi trabajo en la Universidad de Arizona. Bueno, también para “visitar” a mi jefe, el que por cierto tenía el dichoso papel que yo necesitaba para poder entrar en EE.UU. de nuevo. Volver a mi antiguo instituto fue una sensación extraña: por un lado volver a ver aquella montaña preciosa en la que los árboles ya empezaban a cambiar a un color marrón debido al otoño, y por otro lado el olor al entrar al instituto. Tantas veces entré a ese mismo edificio con ese mismo olor obligándome a mí misma para no darme media vuelta y evitar enfrentarme prácticamente sola a mi tesis. Mi director, el que de verdad me dirigía, se había tenido que mudar un año antes de que acabara mi tesis a Estrasburgo, porque el director del instituto, y también mi “principal” director de tesis (en el papel), no le había renovado el contrato. También me recordaba a todos esos comentarios machistas tipo: “¿por qué vienes con zapatos altos a trabajar?” o “¿por qué vienes hoy tan arreglada?” Hoy en día me doy cuenta que, como mujer, ir arreglada al instituto era un acto de rebeldía.

Después de andar los primeros metros en el instituto conseguí, momentáneamente, deshacerme de esos recuerdos y poner foco en las cosas que debía hacer, así que pasé a ver a mi jefe. Ahí estaba, con su cara de siempre. Está claro que el año sabático no le había ayudado tanto a relajarse. Me arrojó el famoso papel que necesitaba para volver a Tucson a la cara y me dice: “ahora estoy ocupado, ya hablaremos”. “Pa chasco”, pensé yo. Fui a preparar la charla que daba después de la comida, y aproveché para visitar a los pocos estudiantes veteranos que aún quedaban por allí. Después de comer di mi charla ante la atenta y seria mirada de mi jefe. Agradecí que al menos mi antiguo director de tesis y director del instituto no anduviera por allí. “Uno menos que hace preguntas impertinentes”, pensé. La charla salió sin pena ni gloria, creo que fui capaz de fingir cierto entusiasmo por el tema. Hubo varios interesados que me preguntaron después lo que sí me animó un poco más.

Ahí se acabaron mis deberes por esos días, así que aproveché para avisar a los amigos que me quedaban de mi época del doctorado y ahora sí, disfrutar la parte divertida de Heidelberg. Con mis amigos chilenos fuimos a cenar unos Schnitzel [3]. El viernes hicimos cena multitudinaria otra vez en mi restaurante italiano favorito. Los camareros aún se acordaban de nosotros, para bien o para mal, porque más de una vez nos han llamado la atención por hablar o reírnos muy fuerte. Pobres alemanes, con lo que les gusta la calma.  De ahí nos fuimos a recordar los viejos tiempos en Unterstraβe, la calle de los pubs y de bares variados. Atestada de gente como todos esos viernes en los que solíamos frecuentarla. El tiempo también parecía haberse congelado en Unterstraβe. Aunque antes no nos importaba tanto, ahora sí que nos agobiaba un poco entrar en los típicos bares diminutos llenos de gente y de humo.

IMG_5313
Café en la calle principal de Heidelberg, Unterstrasse

Después de unos días maravillosos en los que viví en un déjá vu, era hora de volver a Tucson y enfrentarme al nuevo año académico. Al menos iba a estar en una oficina nueva, heredada de Theodora, y no iba a tener al jefe vigilándome cada paso, algo es algo…

[1] Straβe: calle en alemán

[2] Mi restaurante italiano favorito en Heidelberg, por si algún día os es útil la recomendación: http://www.la-vite-heidelberg.de

[3] Schnitzel: filete de cerdo gigante cocinado de diferentes formas. La más habitual es empanado con un montón de patatas fritas: https://es.wikipedia.org/wiki/Wiener_Schnitzel